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ABIERTO DE EEUU

Alcaraz, el número uno del tenis mundial más joven de la historia

Alcaraz, el número uno del tenis mundial más joven de la historia
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lunes 12 de septiembre de 2022, 04:31h

El español se proclama campeón de su primer 'Grand Slam' en Nueva York y se convierte en el jugador más precoz en alcanzar la cima del tenis.

Ganar su primer Grand Slam y cumplir el sueño de convertirse en el número uno del mundo. Casi nada. Ese era el reto que desafiaba a Carlos Alcaraz cuando se despertó este domingo en su hotel de Nueva York. A sus 19 años, este jugador de estilo alegre, que ha enamorado al tenis internacional, aterrizó en el estadio Arthur Ashe antes de las 10 de la mañana, seis horas antes de la final que le enfrentaría a Casper Ruud. Para aclimatarse y domar los nervios de la primera vez. Pues bien, ya en el atardecer neoyorquino hizo sonar el himno español porque se proclamó campeón del US Open.

El jugador murciano doblegó al noruego por 6-4, 6-2, 7-6 (1) y 6-3, en tres horas y 20 minutos de esfuerzo. Físico -llegaba a esta cita tras encadenar tres duelos de cinco sets- y, sobre todo, mental. De hecho, 'Carlitos' (como pide ser conocido) hubo de sacar adelante uno de esos baches de sensaciones que cuestan campeonatos. Le ocurrió entre el segundo y el tercer set. En ese lapso sufrió la remontada de su rival y evidenció su incomodidad a gritos y con gestos ofuscados, rasgos poco familiares con respecto a la contención y concentración que le caracterizan.

Le tocó poner el lazo a la efusividad emocional que en un juvenil como él, y en una tesitura semejante -ante la pista con el aforo más grande y ruidoso de este deporte-, parece inevitable. Juan Carlos Ferrero, su entrenador, se mostró menos comunicativo porque entendió que debía dejar a su pupilo aceptar la situación y gestionarla en solitario. Para seguir cuidando de su crecimiento sin interrupciones ni intervenciones. Y este fenómeno tenístico se sacó del hoyo en el que se había metido para reconectarse con un tie-break asombroso (7-1) y determinante. Para alzar el trofeo anhelado desde pequeño.

El duelo por el título del Abierto de Estados Unidos, que transformaría a uno de los finalistas en el mejor jugador del planeta, arrancó confirmando los análisis previos. Se trataría de una confrontación entre la genialidad arriesgada de Alcaraz (4º del circuito masculino, 50 victorias y nueve derrotas en 2022) y la constancia rocosa de Ruud (23 años, 7º de la ATP, 44 triunfos y 15 pérdidas en este año). Y en ese esquema se movería mejor de inicio el español. Jugó con ánimo atacante -las primeras oportunidades de rotura le llegaron en el primer juego- y aprovechó el excesivo respeto oponente para tomar vuelo.

Impuso su ritmo abrasivo el tenista nacido en El Palmar, haciendo hincapié en la presión sobre el endeble segundo servicio noruego. Además, ante la posición muy en el fondo de la pista de Casper, el diestro nacional salpicó su repertorio buscándole las cosquillas con dejadas y subidas a la red. Así estrenó la cuenta de breaks (1-2). Quería acortar los puntos, frente a la voluntad de alargar los juegos que reflejaría un guerrero de Oslo que sabía del cansancio acumulado que arrastraba su contrincante. Se desplegaron, también, defensas pegajosas entre estos dos nuevos astros del tenis que se habían visto las caras en la final de Masters 1.000 de Miami -con victoria para 'Carlitos'-.

Se quedaría en un 52% de primeros saques Ruud, hecho decisivo en un set que se desnivelaría porque el español se manejó bien con su saque para salir de situaciones complejas (6-4, en 49 minutos). No obstante, Alcaraz se adelantó pero sólo ganó tres puntos más que el jugador noruego. Su superioridad no le dio para dominar y con el marcador a favor, el murciano se desordenaría. Dejó de presionar el segundo saque de un aspirante consistente, que aumentó su agresividad y se despojó de la tensión previa. Creció en tenis de Casper y recibió un espaldarazo a su convicción al anular una bola de break con 2-2. A partir de ahí despegó.

Un intercambio de 12 golpes, primer punto de exclamación de la noche -con dejadas, un globo, un passing y una volea excelente- insufló soltura en Ruud y descentró a un competidor nacional al que le entraron las dudas, pues no conseguía deshacer la extraordinaria defensa desde el fondo de su rival. Asimismo, le fue negada la efectividad de sus dejadas, restándole una de sus soluciones preferidas cuando vienen curvas. En consecuencia, tras neutralizar varias bolas de rotura, firmó un par de breaks y empató el global con contundencia (2-6).

Tardaría todavía 'Carlitos' en reaccionar a esa crisis de fe. Los puntos largos y espectaculares no le pertenecían; se redujo su ratio de winners y se ensanchó el de errores no forzados; y se manejaba, en su peor momento, en un pobre 1/6 en oportunidades de rotura del saque ajeno. En este intervalo se pudo ver la versión más frustrada del murciano que se recuerda, exteriorizando sus demonios. Precipitado, impaciente, anhelaba acabar rápido los peloteos, suerte en la que se sentía impotente para tumbar al muro noruego. Con todo, su calidad le granjeó un break (0-1), porque es muy bueno. Mas, la confianza discurría en esta altura en el otro lado de la red y le endosaron tres juegos seguidos para el poco halagüeño 3-2.

Volvía a no poder certificar las pelotas de rotura, en un cisma interior entre su talento técnico y su impaciencia juvenil por mandar en su raqueta. Tenía, simplemente -muy complicado, más bien-, que tranquilizarse y volver al plan. El aplomo de Ruud, todo un metrónomo, le estaba quemando. Eso sí, sobreviviría (4-4) en este brete crucial. Aunque el alumno de la academia de Rafa Nadal siguiera apuntándose los puntos más bellos -como uno de 17 golpes, por ejemplo-, poco a poco iría rellenando su energía y claridad de ideas el español. Comenzó a encontrar hueco para disfrutar con su derecha y siguió remando. Ya con el aire más a favor.

Ambos tenistas conocían lo trascendental de este parcial. Con 5-5 en el tercer set, Ruud conectó su primer 'ace' para escapar y colocarse con 6-5, en una muestra de personalidad. Contra las cuerdas, y señalándose como una figura de carácter irreductible, 'Carlitos' respondió con valentía. Con más gallardía que nunca. Aplicó la fórmula del saque y volea para salvar una bola de set. Moriría matando. Y le salió bien el órdago, en un tramo de plenitud tenística de los dos obreros. Salvó otra pelota de set y decretó un tie-break en el que dio el golpe de legitimidad a su renacer: ganó 7-1 (6-7) y se adelantó de nuevo. Quedó a una manga de la historia.

Finalmente, con el viento soplando hacia sus intereses, se despojó Alcaraz de todo nerviosismo. A pesar de que Casper, fiable en su estilo industrial, se colocara 0-30 a las primeras de cambio, el español ya era otro. Mezclaba con lógica paciencia y arrestos. Combinaba la imposición de presión a su oponente con un intento por esperar más al fallo de un jugador de Oslo al que le urgía finalizar rápido los puntos. Afiló su servicio -embocó tres 'aces' en el 3-2- y se gustó, al fin. Se apuntó el último intercambio brillante del evento, gobernador del desenlace. Y puso el broche con otro break decisivo (en el 4-2) y tres saques directos más (6-3). Para añadir el US Open a su ilustre currículum y confirmarse como el nuevo ídolo del tenis internacional.

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