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TRIBUNA

Tinta azul (en la muerte de Javier Marías)

lunes 12 de septiembre de 2022, 20:06h

Siempre que un escritor comienza a generar interés, más allá del propio placer obtenido de la lectura de sus obras, y uno decide acercarse a su biografía, su figura, su lado más mundano y próximo, su persona incluso, quienes nos conocen nos advierten que tengamos cuidado. Que no vayamos a defraudarnos por la expectativa. Que con los referentes, si vivos, aun creciendo con gusto nuestro aprecio, es mejor no tener trato.

Ha muerto el escritor madrileño Javier Marías a los setenta años, y uno, lamentablemente, no pudo tener el trato con él que hubiera deseado. En mi caso, los encuentros se produjeron como lector que acudía puntualmente a sus publicaciones, a los días de firmas y presentaciones en librerías, en centros comerciales que las imitan con sus espacios de lectura, en los días de la Feria del Libro del Retiro, donde debíamos aguantar autor y público filas kilométricas, horarios abrasantes y aguaceros que amenazaban con destrozar los ejemplares que alegraban el cometido una vez volvíamos sobre nuestros pasos, ojeándolos con su dedicatoria, aprovechando el garbeo para releer los párrafos que más nos dijeron. Hubo también un intento de entrevistarle, pero quedó en el aire, en ese mismo en el que nos fijamos si paseando, si nos perdemos un tanto en la perturbación de lo remediable, de lo que pueda cumplirse sin certezas más adelante. Ese aire.

Uno se ha visto en muchas de esas, y en ocasiones rozando la, digamos, desmedida pasión. Me fui alejando progresivamente de todos esos actos y volvía únicamente a las páginas, tantas, de sus novelas, relatos, artículos, ensayos, antologías, traducciones, títulos de su editorial Reino de Redonda, tan cuidada como rara y exquisita. Una obra que Marías hizo con mano de sombra debido a lo laboriosa, elegante, sinuosa y misteriosa que fue siempre.

Quedarse en la relevancia ―la fue teniendo, la tuvo, la tiene, la tendrá― dentro de la historia de la literatura reciente de nuestro país, en su obcecación por no dejar de escribir a máquina ―ahora parece hasta un toque dandi, un aferrarse a un mundo que más y más fue siendo un postergado ayer―, en la quiniela eterna del Nobel, en las opiniones lacerantes de sus columnas (que no lo eran tanto, sino tan sinceras como escritas a su gusto), en las rencillas con otros escritores ―algo inherente a la corrala literaria; más, y mejor, cuando se demuestra carácter― es superficial. Lo que importa está, en opinión propia, entre los años 1986 y 2007. El periodo de mayor creatividad de Marías, entre El hombre sentimental y la tercera parte de Tu rostro mañana: Veneno y sombra y adiós. Quien todavía no haya tomado una de sus novelas, mi consejo es que empiece entre las que comprenden ese periodo, sin miedo a encontrarlo aceptable, sublime, farragoso, alumbrante, descorazonador, certero, presuntuoso, divertido, inocuo, penumbroso. No lo duden y comiencen. Todo adjetivo será aceptado. Luego dictará el sentimiento.

Cuando esto escribo, tengo ante mí algunas de las que han sido las preferidas. Están dispuestas para poder observar minuciosamente sus cubiertas, que Marías supervisaba y elegía según la edición. Y este ejercicio, que en momentos pasados hizo las veces de entrenamiento y alimento para las ensoñaciones de lo que pudiera llegar a conseguir con mis intentos, hoy no hace sino crecer un desaliento, una pena que podría avergonzarme, pero no demasiado. Los huecos vacíos en el estante, a donde volverán tras ser saludadas, evidencian la estima que he mantenido desde un fijarme silencioso y constante en su trayectoria, el lugar que en las horas de uno ha ocupado.

No sé en qué detenerme por cumplir con los elogios evidentes de su literatura. Los inicios de varias novelas que adquirieron fama. El mundo oxoniense y fantasmal. El Madrid contemporáneo sitiado por pesquisas, tormentas que confieren luz gótica. Los artículos sobre cine. Los apellidos sonoros y persuasivos de sus protagonistas (Custardoy, Manur, Ruibérriz de Torres). Los libros de lance y las vidas que se agazaparon, incluyendo un peñasco recóndito en el mar, esperando a que lo literaturizasen y lo nombraran reino y a sus duques. Los títulos tomados de Shakespeare. Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí, Negra espalda del tiempo. El temblor inigualable, inolvidable, que sentí al leerlos y el resto. Las primeras y enésimas ediciones que tengo de ellos. La amistad que demostró a los suyos: Elide Pittarello, Luis Antonio de Villena, Agustín Díaz Yanes, Manuel Rodríguez Rivero, Félix de Azúa, entre otros. Lo que celebró, lo que polemizó, lo que tachó, lo que ironizó. El trato con Juan Benet, el recuerdo que no se borraba ―de muestra, su artículo Vals―. Las lecturas de William Faulkner, de Vladimir Nabokov, de Robert Louis Stevenson, de Laurence Sterne. La importancia capital de Thomas Bernhard. El rumor de Joseph Conrad. De él, hace años, me envió un ejemplar de El espejo del mar, cuya página de cortesía tenía unas generosas palabras recomendándome leerlo por contarse entre sus traducciones predilectas. Un ejemplar de bolsillo, con la tinta azul de su estilográfica, trazo zurdo pero sin mancha, como tantas veces le vi hacer.

Se ha ido dejando quién sabe qué por escribir, con lo doloroso para nosotros de impedirnos conocer cómo hubiera sido. El veneno del adiós imprevisto, sin capacidad de reaccionar. Se ha ido un autor valioso en mi vida. Se ha ido un escritor que, no obstante, consideraba que el hecho de serlo no te hacía mejor ciudadano. Lo pensaba como una suerte de tahúr, barajando y paciente a la repartición que el azar hiciese, y sin quejas. Se ha ido para dejarnos pensativos, al igual que su prosa, y así cerraba en una ocasión un capítulo de Tu rostro mañana. 1 Fiebre y lanza: ‘Yo soy el río, soy el río y por tanto un hilo de continuidad entre vivos y muertos al igual que los cuentos que nos hablan de noche, me asemejo a los tiempos y también a los hechos, soy el río. Pero el río es el río. Y nada más’.

Nada más, estimado Marías. Este agradecimiento por tu mitad en mi memoria.

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