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TRIBUNA

Nos han construido la ceguera porque queremos ser ciegos

lunes 12 de septiembre de 2022, 20:08h

La ciudadanía ha vuelto a la duda como forma de vida, a la duda metódica. Defender la asertividad se ha vuelto de derechas, dogmática, intransigente, anything goes: cualquier cosa vale. Sin embargo, esto es una verdad mentirosa (postverdad) porque todos afirmamos y defendemos cosas, y digo cosas.

En efecto, si todo vale lo mismo, nada vale más que nada ni menos que nada: licencia para matar, y lavatorio de manos ante lo que debería de ser.

Cuando hoy decimos de algo que es complicado, en lugar de difícil, es que no tiene solución, o sea, que es irresoluble, un auténtico oxímoron como hierro de madera. En cierto modo lo complicado ha sustituido a lo complejo, pues lo complejo exige más esfuerzo por desentrañar su sentido. Por eso “lo complicado” funciona como una solución adecuada especialmente a los más perezosos, ¡qué complicado es, puff!

Suelen atraernos más nuestras certezas (a veces inciertas) que las verdades objetivas. Hasta el extremo de que llegamos a negar la verdad objetiva para salvar la parte chamuscada de nuestra subjetividad incierta o falsa. Lo in-vero-símil, etimológicamente, es lo no parecido a lo verdadero (in-vero-similis). Lo inverosímil, pues, es lo falso. Solemos amar lo inverosímil más que lo verdadero, siempre y cuando lo inverosímil sea nuestro: la herida narcisista.

Tanto las certidumbres como las in-certidumbres nos esclavizan frente a la verdad que debiera liberar. Cuando lo que libera es incierto tenemos una liberación incierta. Entonces no hay verdades verdaderas, sino intercambios de cromos, o gritos para taparle la boca al otro, o pegarse etiquetas confortables. El caso es soltar el rollo, caiga quien caiga.

En la certeza subjetiva de cada uno puede haber incertidumbre o falsedad, pero en la verdad no pude haber falsedad cuando la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. ¿Fue Hitler de verdad un monstruo? Respuesta del que tiene fobia a la verdad objetiva: “Sí, con toda certeza, pero eso no lo puedo decir con veracidad objetiva. Me basta con saber en mi fuero interno (certeza) que Hitler fue un monstruo en su comportamiento”. Pero la certeza no es objetiva ni universal, aunque sea lo más verdadero del mundo para quien la tiene. Quien está particularmente seguro de que Hitler fue un monstruo por las cosas que hizo, pero no necesita argumentarlo, puede cambiar de opinión, y de este modo se sitúa entre los subjetivistas por encima de la veracidad objetiva de los hechos, en la medida en que prefiere la propia opinión antes que a la razón universal, en la que no termina de creer. De estos escrúpulos no suele estar demasiado lejos la llama ardiente del irracionalismo.

No hay que juzgar a los monstruos, se dice, hay que ser tiernos de corazón: esa ternura es el silencio de los corderos. Y de este modo, para no juzgar a la persona del monstruo Hitler, se toleran sus monstruosidades, por si acaso el monstruo soy yo también un poco. Justificado mi propio monstruo, queda justificado el monstruo ajeno.

Los comportamientos verdaderamente monstruosos son intolerables para la humanidad. Y, por tanto, han de ser punibles. Ahora bien, una sociedad monstruosa suele presumir de tolerante: el miedo guarda la viña de los monstruos. Bien venidos, pues, los guardianes del orden monstruoso, que al defender a los monstruos se autodefiende: Leviatán es el rey de la legión.

Los relativismos de las mayorías son absolutismos de difícil conjugación comunitaria. La correctness de todos suele ser la incorrección de cada uno. La seguridad de todos puede cimentarse sobre la inseguridad de cada uno, pues nada une más que los miedos. De este modo la seguridad y firmeza de cada uno puede convertirse en carencia de firmeza o enfermedad (in-firmitas) de todos.

De esto fueron y siguen siendo maestros los escépticos, para los cuales sólo hay verdades que “cuelan” (sintácticas) y verdades “que sirven” (pragmáticas), aunque carezcan del mínimo valor de verdad que correspondería a la verdad misma. Entonces las verdades pasan a ser negociables, un negocio que consiste en dar la razón a la sinrazón del otro siempre que lo pague bien es un buen negocio, con su “ética de mínimos”.

Sin embargo, hasta el budismo tiene su riguroso sistema y su código de verdad frente a falsedad. Un budismo inasertivo no es budista: ni siquiera existe, que es de lo que se trata para ciertos budistas.

En resumen, es el gigantesco poder de la sofística, el trilema de Gorgias: nada es; si es, no puede decirse; si se dice, no puede ser demostrado. Tú tienes lo que no has perdido, tú no has perdido los cuernos, luego tú tienes cuernos. Cuando Gorgias da valor de verdad a la mentira está mintiendo al decir la verdad y está diciendo la verdad al mentir: te digo la verdad, te estoy mintiendo; te estoy mintiendo, te digo la verdad. Los sofistas no pasan de ser cretinos de alto nivel, porque nos han construido la gran ceguera, y nosotros la pagamos a precio de oro.

Con hábitos semejantes es posible hacer creer que los buenos son los rusos y los malos los americanos, o a la inversa. Resultado: que llevo desde julio dos meses solicitando una rehabilitación médica que aún no me han concedido, ni sé si me van a llegar a conceder. ¿Será esto verdad, o las mentiras son para el verano?

Todo está bien, pero todo está mal. La gente feliz y festiva está ahogada en deudas y en lágrimas, y su normalidad no les da para llegar a fin de mes. Esa es su falsa verdad. Disculpen, si les he fastidiado el día.

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