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Novela

Juan Ramón Santos: La muerte del Pinflói

domingo 18 de septiembre de 2022, 21:12h
Juan Ramón Santos: La muerte del Pinflói

Baile del Sol. Madrid, 2022. 194 páginas. 15 €.

Por Concha D’Olhaberriague

Juan Ramón Santos es un solvente escritor placentino que cuenta en su haber con libros de poesía, relatos y cuatro novelas anteriores a la que presentamos: La muerte del Pinflói, cuyo título suscita la duda de si el sonoro nombre propio provisto de artículo será un antropónimo, un nombre canino o tal vez un topónimo.

Plasencia, además de ser una ciudad muy bonita, es tierra de escritores tan notables como el poeta Álvaro Valverde y el novelista afincado allí hace tiempo Gonzalo Hidalgo Bayal, uno de pocos, que diría Ortega. Alguna huella bayaliana, rítmica, ambiental y denominativa, hemos advertido al leer La muerte del Pinflói.

Así, por ejemplo, las trazas involuntarias que por afinidad humorística y admiración discipular quedan en la prosa del autor de La muerte del Pinflói. Porque cosa distinta es el guiño que Juan Ramón Santos dedica a otro grandísimo escritor extremeño, cuando el narrador y maestro de Labriegos, Constante, habla de “ los juegos de la edad tardía” que ocupan a la pareja de protagonistas, formada por él mismo y su compañero de averiguaciones, el Endocrino, lector empedernido (p.80) y figura de una novela anterior del autor. Guiño es también la condición de “querentes” que el narrador atribuye a ambos indagadores de la muerte del Pinflói recuperando un irónico término muy relevante de la primera novela de Bayal: Mísera fue, señora, la osadía (1988).

Sin embargo, a partir del momento en que la madre del desdichado Pinflói -conocedora de los mermados esfuerzos que aportará el comodón sargento Blázquez a la investigación- les encarga descubrir quién mató a su hijo, el dúo inspector abandona la condición amateur y voluntaria de “querentes” para convertirse, en palabras de Constante, quien oficia de subordinado del Endocrino, en “auténticos inspectores privados” (p.36).

Ratifican el discipulado bayaliano confeso y seguramente llevado con orgullo por Juan Ramón Santos sendas citas de inicio y colofón sumamente oportunas. H, el protagonista ausente y rememorado de Campo de amapolas blancas(1997) -hermoso relato de Bayal, extractado en los prolegómenos de La muerte del Pinflói-, se abisma en el mundo estupefaciente con resultados fatales, como le sucede al Pinflói, aunque cada uno de los dos llegue a su fin de manera diferente. Por su parte, la cita aforística y un punto witgensteniana que cierra el libro: “Si no hay nada que aportar, mejor callarse” es una iluminadora abreviatura de la renuencia a la palabrería y la querencia por la palabra justa que practican maestro y discípulo, como comprobará el lector atento de La muerte del Pinflói.

Pues bien, en una primera lectura apresurada y somera pensaríamos que estamos ante una novela policial donde, como es de rigor, se trata de averiguar los pormenores de la muerte del Pinflói de la que se nos informa en la primera línea: su cuerpo aparece a orillas del pantano, descalzo y con las manos cruzadas sobre el vientre, como suelen ponerlas los empleados de las pompas fúnebres.

Pero luego vemos que el recurso de índole detectivesca resulta un buen soporte a partir del cual se tejen sutilmente otras tramas y se indaga en los pliegues de la personalidad de quien primero fue Paulino Gómez, monaguillo que pudo haber entrado en el seminario, en palabras de Adela, su madre; después, al regreso de la mili en Melilla y tras seguir los pasos de tantos desdichados damnificados por las movidas de los años 80 con sus peligrosas incursiones, adquirió el macarrónico remoquete del Pinflói por sus fervores rockeros y devoción por el grupo Pink Floyd y, en tercer lugar, recibió el apodo de Aquarius por un par de razones diversas que ya descubrirá el lector.

En el malhadado y maleable Paulino, “fascinado por lo oculto” (p.178), hombre primario, dejaron su impronta los estrafalarios rockeros que se personaron en su entierro aportando al cortejo funeral una nota jocosa con sus gestos y sus maneras tribales; mas también influyeron en él la Biblia y La rama dorada de Frazer, estudio sobre la genealogía y los sincretismos de los rituales religiosos que leía con fruición Kiko, compañero del centro de rehabilitación donde paró el Pinflói. A fin de cuentas, eran ocupaciones que llenaban el tiempo y el desasosiego del Pinflói. De forma similar, la noticia de su muerte dio pábulo al cotilleo de los lugareños que acudieron en tropel -como “peregrinos de una romería”, rezonga el sargento Blázquez- a contemplar “la dormición”.

Porque en el ambiente rural aletargado y lleno de desconchones, como la casa-cuartel de Aldeacárdena, Labriegos y la comarca en que transcurre la historia, una de las claves es el tedio que aqueja en general a todos y en particular a los varones que por la mañana, a las once, “revolotean por la casa sin nada que hacer”(p.31). Ni el polígono industrial ni el secadero de tabaco sirven ya, si es que alguna vez lo hicieron, para las funciones que denotan sus nombres.

La muerte del Pinflói es en suma una novela muy recomendable por el tono mesurado y ágil de la narración, el sutil manejo del humor y la sagacidad para pintar a los personajes, individuales y colectivos, y especialmente al hombre elemental Pinflói cuyo sacrificio suscita múltiples preguntas que nos confrontan, según el sagaz Endocrino, con las interrogantes que desde tiempo inmemorial lleva formulándose el hombre.

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