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Relatos

Gonzalo Hidalgo Bayal: Hervaciana

domingo 19 de septiembre de 2021, 22:13h
Gonzalo Hidalgo Bayal: Hervaciana

Tusquets. Barcelona, 2021. 272 páginas. 18’50 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Concha D’Olhaberriague

Desde que en 2019 leímos con fruición La escapada, excelente y melancólica novela madrileña que narra el paseo por una ruta cercana a la de Max Estrella de dos viejos amigos que se reencuentran casualmente, y entrevera sugestivas reflexiones sobre el hacer literario, los lectores de Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, 1950) aguardábamos su siguiente libro. Persona discreta en la acepción clásica y moderna de esta voz, Hidalgo Bayal es parco en declaraciones, y no es fácil verlo en los lugares que frecuentan otros colegas suyos ni tener noticias de él entre libro y libro.

No obstante, en marzo de este año, gracias a la iniciativa de la revista Turia que dedicó un Cartapacio al escritor extremeño, leímos un texto suyo escrito ad hoc: Las lágrimas de Miguel Strogoff, preciosa miniatura, evocación y ficción de la primera infancia y del descubrimiento de la lectura en su pueblo natal. Pues bien, hace unos días, llegó a las librerías Hervaciana, compilación de trece relatos, inspirados en el recuerdo de tipos, vivencias y penas de los tiempos en que el escritor estuvo interno en el colegio de los curas diocesanos de Plasencia, en el lenguaje de su mundo literario El Real Colegio de San Hervacio de Murania. Trece fueron también los ensayos recogidos en Equidistancias, que publicó la desaparecida Del Oeste Ediciones (1997).

No es la primera ocasión en que nos encontramos con lances y personajes que nos trasladen a aquella atribulada época escolar. Así sucede, principalmente, en la novela corta Campo de amapolas blancas (1997), y en su hermana mayor, la monumental y extraordinaria El espíritu áspero (2009), en tanto que los padres hervacianos, su pedagogía áspera y renuente a la lectura, sus bienes inmuebles y su santo epónimo con ermita y romería forman parte del paisaje de otras novelas: Amad a la dama (2002) o La sed de sal (2013).Tampoco se trata del primer libro de relatos publicado por el escritor. En 2011 vio la luz en Tusquets, su editora actual, Conversación, que reúne cinco cuentos de gran intensidad, alguno con porte de novela corta, sin ningún vínculo temático que los enlace, aunque sí guardan una cierta relación con el título del volumen en la medida en que exigen un lector a la escucha atenta de lo que se narra. Y en 2017 se recuperó La princesa y la muerte

Hervaciana es muy distinto en propósito, elaboración, tono y estilo al antaño famoso y prohibido libro satírico de denuncia y testimonio del internado jesuita de Carrión de los Condes, A.M.D.G.: La vida en los colegios de jesuitas (1910), de Ramón Pérez de Ayala, al que se alude con pertinencia en La cólera de Isaías (p.91). En los relatos bayalianos el componente biográfico es tan indudable como la primacía de la ficción, el punto de vista múltiple y el sesgo experimental de un estilo posvanguardista.

Abre Hervaciana el cuento titulado “Adames”, apellido del muchacho rememorado por el narrador, al cual deslumbró en los años escolares por las dotes poéticas que lucía, pese o quizá a causa de su tartamudez. El motivo de la vocación desatendida o los virajes del destino no es nuevo en Bayal. Igual que otros personajes suyos, Foneto, de La escapada, filólogo que regenta un quiosco, o Petrus, del relato Aquiles y la tortuga (Conversación), filósofo convertido en boyante empresario textil, Adames, presumiblemente, no acabó dedicándose a aquello para lo que parecía predestinado.

No debemos pasar por alto que el apellido Adames da pie al escritor para regalarnos un certero palíndromo, figura de ingenio en la que es maestro, como acreditan el personaje de Saúl Olúas -a quien conocemos por un par de novelas y el antedicho Aquiles y la tortuga- Noé León, singular policía de La sed de sal, y los nombres de dos de sus obras -la recién mencionada y Amad a la dama-, amén de los palíndromos con los que nos sorprende en sus novelas. El mismo narrador confiesa su afición palindrómica (p.20). “Adames” fue publicado en 2013 por la revista Quimera. La unidad temática de fondo junto con la primera persona refuerzan en Hervaciana la apariencia de libro de memorias. No en vano, en los prolegómenos, a la dedicatoria a tres compañeros de clase le sigue una cita de El mundo de ayer de Stefan Zweig.

Pero Hervaciana puede considerarse, asimismo, una novela confesional de aprendizaje, plasmada en cuadros sin ligazón lineal, que articula con armonía y sin fisuras la narración de las peripecias y el comentario luminoso acerca de los vocablos, las expresiones verbales que van devanando el relato y los resortes caprichosos e ingobernables (una máquina de escribir o un nombre a modo de magdalena) que desencadenan el proceso de la remembranza: “Supongo que este recuerdo es un montaje posterior de la memoria, y ni siquiera sé si es un recuerdo real, si alguna vez se produjo una escena así en el metro o si es más bien una invención, una argucia retórica, una metáfora del desconsuelo, antes de que todo se fundiera definitivamente en negro”, leemos en el párrafo final de “Pluma 22”, cuento en el que reaparece como perturbadora figura de fondo y elemento cohesionador del libro el jactancioso muchacho llamado Calderón, antipático protagonista de “El signo del león”.

Los héroes de Hervaciana son mayoritariamente adolescentes que no se acomodan en el grupo o poseen una peculiaridad o don que los diferencia y enaltece, menoscaba o ambas cosas a la par. Aunque también tenemos un cuento cuya figura central es un fraile hervaciano de grato recuerdo que acaba exclaustrado y frecuentando los ambientes madrileños de los entonces llamados cines de arte y ensayo.

El libro termina con “Cancerbero”, homenaje a un hombre malhadado que cabría encuadrar en las pobres gentes dostoievskanas, guardián de la portería del colegio y de su equipo de fútbol, quien provoca la burla cruel de algunos alumnos por sus deficiencias y su habla primitiva. En el seno de la comunidad escolar del internado masculino, los signos de la timidez tales como el carácter apartadizo y el apocamiento pueden acarrear, -así en “La condena”- que se acabe siendo reo de injusticia manifiesta merced a las ansias del ofendido de turno por hallar a su ofensor sea como fuere.

Sin embargo, se trata siempre de caracteres llenos de matices, con riqueza psíquica y, sobre todo, una manera poco previsible -más propensos al temple ataráxico que al colérico- de afrontar la adversidad, las vejaciones y la humillación, lo cual los aleja de los prototipos del perdedor o el marginado de una pieza. La actitud serena y de autocontrol frente a la ira desaforada de quien abusa del poder desarma y sume en la perplejidad al verdugo, al tiempo que cuestiona la condición de víctima del afrentado. Así en “La cólera de Isaías”, impresionante dramatización de la iniquidad y el desamparo, y uno de los relatos más redondos y conmovedores del conjunto.

En el complejo mundo moral bayaliano no imperan ni la ecuanimidad ni la razón. Hay que contar inevitablemente con el azar o la fatalidad -así el nombre que a cada uno le hayan dado-, lo paradójico y ciertos sucesos que escapan a cualquier lógica interpretativa y se atienen al absurdo o a nebulosidades mentales lindantes con lo fantástico. Tal, “Calle del Codo” y su “Coda”.

La mirada del escritor es prudentemente compasiva con el maltratado, y cada quien es hijo de sus obras, tanto el detestable alumno militante en la baladronada como el fraile canalla que descarga su saña despiadada en un alumno desvalido, prevaliéndose de su posición dominante. El lector que se acerque por vez primera a un libro de Hidalgo Bayal hallará un estilo recio y preciso, de palabra ajustada, moroso y serpenteante, con incisos y querencia por la retrospección y la glosa, diversidad compositiva y una lengua culta con alusiones literarias de pasada y a menudo títulos escritos en minúscula, ya que no los suscita un afán erudito, sino el deseo de ambientar, evocando las lecturas de una época.

Hervaciana, es, en fin, un libro ameno y reflexivo, magníficamente escrito, que deleita e incita por igual si se lee con el tempo adecuado -y mejor aún en voz alta- con el fin de captar las paronomasias y demás figuras acústicas de prosapia barroca tan características de la prosa de Bayal. No faltan tampoco los toques de humor ácido, jocoso o paródico -visibles incluso en los títulos de varios relatos- que realzan o atemperan la tristeza ontológica, huésped estable en el mundo del escritor. No obstante, en este libro -quizá por su factura fragmentaria, tal vez por el marco narrativo o por ambos motivos- lo sentimental y lo intelectual se reparten con más equidad que en otras obras, donde predomina la razón intelectual, como ha declarado en alguna entrevista Hidalgo Bayal.

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