Los máximos mandatarios de la Junta de Andalucía han delinquido, e inmediatamente, como un resorte, se han levantado más de cuatro mil voces en favor de la petición de indulto; desde distintos frentes, todos a una, acuden como Fuenteovejuna a defender a las ovejas negras de su propio rebaño. Confieso que, pese a saberlo, nunca pensé que algunos de los “abajofirmantes” estuviesen tan sustancialmente unidos por la impostura raíz subterránea, pero al fin han dado la cara.
Algunos personajes de la lista no sorprenden a nadie, empezando por don Felipe González, que clama piedad por si acaso algún día la historia le sitúa entre los necesitados de indulto de indulto por el enterramiento en cal viva de algunos etarras. Puro pragmatismo.
De él abajo, y no por fuero de galantería, están los políticos de su cuerda: el señor Guerra (ahora Paz en la Guerra) y demás familia, hasta Susanita la sucesora de Griñán, la casta Susana, que salieron ricos y poderosos como los gobernantes de las repúblicas bananeras. No indultan sino para justificar aquel guiñapo en el que se han convertido ellos mismos después de su paso por el poder.
Después vienen los sindicalistas, no pocos de ellos coludidos en la malversación de fondos públicos, hoy sumisos genuflexos subvencionados por el poder, incapaces de organizarse sindicalmente entre los parados más devastados, vergüenza por tanto de la historia del movimiento obrero. Señoritos con fular, burócratas del sufrimiento ajeno, el indulto que pedís os retrata, porca miseria, mondo cane. Es pensar en vosotros y ponerme una pinza en la nariz.
Están luego los que fueron corazón duro con sus “Panfletos contra el todo”, lo divino y lo humano, que, cansados de dinamitar, se han convertido en tiernos e indulgentes, en benévolos abuelitos que piden como lo hace don Fernando Savater, la joya de la corona. A cuántos tontos engañaste, amigo. Lo que hay que ver: antiguos comecuras devenidos agentes de pastoral humanitaria.
No muy lejos de este tipo de personajes están los laudatores temporis, los de la vihuela fácil acostados a los pies de su amo, la farándula de cantautores de operetas lírico-bailables, entre los cuales luce el Miguel Ríos (me extraña no ver la firma de Ana Belén y demás familia), cantamañanas de la trova felipista que tanto han gozado de la mamandurria, y que como felpudos sin dignidad lloriquean arañando el féretro del amo corrompido. “Ahí están, ahí están” poniendo su huella digital, en la puerta de Alcalá, porque de cultura andan muy flojos. A todos los cerdos les llega su San Martín, y perdón por los cerdos, lo digo por fuero de galantería comparada.
Rectores y profesores universitarios a los que conozco, entre ellos Amelia Valcárcel, la ultrafeminista “empoderada”, José Álvarez Junco (aunque lo lamento en su caso), o el bueno de Fernando Vallespín, son los higos y los hijos de la Academia. Son la vergüenza del búho de Minerva y los jueces de Sócrates, no han aprendido a vivir, sino a pontificar sentenciosamente.
De los juristas temo su juro y su perjuro, sus patrañas, sus enmiendas, y me espero siempre lo peor. Pero esta vez han superado con creces mis aprioris personajes como José Antonio Martín Pallín, tan progre y engallado, la apura disidencia, don Elías Diaz –lo siento, amigo- maestro del Estado de derecho que rodando y rondando ha mutado hasta llegar a firmar la muerte del derecho con su apoyo al indulto ignominioso, Virgilio Zapatero, el topo más agazapado de las cloacas del derecho franquista.
Del gremio del periodismo, item más. Suele causarme vómito, razón por la cual las excepciones honrosas como las de Iñaki Gabilondo me dejan perplejo. ¿Qué necesidad tienes, Iñaki, de poner tu firma en este breviario de podredumbre? Conoces demasiada gente, claro, eres un caballero de la moderación, un enemigo del exabrupto, un patriarca de la equidad, pero ¿cómo podrías explicar tu complicidad con los sátrapas de Andalucía, los gobernantes de los pobres, alegando humanitarismos malolientes? ¿Tan poco respeto te merecen los andaluces de Jaén? Demasiados años en la SER, sin ser.
Menos aún me esperaba firmando esta petición al resto de Israel de los demócrata-cristianos como don Eugenio Nasarre. Ya que no fueron capaces de indoctrinar en vida a sus compañeros de poder (alternar el poder es compartir el sillón), ¿es don Eugenio un nuevo mercedario de la Orden de Predicadores, dedicado a liberar a los cautivos? ¿O después de tanto dormir en el lecho del poder se han vuelto comprensivos con el buen ladrón? ¿Por cristiana caridad? ¿Por ser auténticos samaritanos, sin que todavía nos hubiésemos dado cuenta? ¿O por su condición de humanitaristas pamplineros en corrimiento hacia el azul del espectro?
En fin, me faltan dedos acusadores, porque el pueblo comparte en líneas generales dos axiomas: “practica para ti la amnistía que no quieres para los demás”, “para los amigos, indultos; para los demás criminales, penas de muerte”. Perro viejo ladra sentado. No es menester tocar poder para comprobar que a más poder más corrupción; basta con desearlo, por eso hay quien nace corrupto. Y el que esté libre, que arroje la primera piedra. Así que tan sólo osaré musitar estas hipótesis generalistas, que para mí al menos son axiomas:
Llamo tiranía al ejercicio del indulto por el poder.
Cuando el poder se indulta a sí mismo deviene poder ilegítimo.
No existe razón jurídica que pueda permitirse indultar a unos sin indultar a todos.
Todos los seres humanos sufren, no sólo los gobernantes. La apelación al sufrimiento como motivo de la exoneración de la pena debería, en todo caso, universalizarse.
Los delitos generan también sufrimiento en los otros. Perdonar a los unos dejando sufrir a los que han padecido la injusticia de los otros sería inequitativo.
Si el indulto se practica caprichosamente, entonces ningún sistema penal se justificaría, debiendo procederse en ese caso a la abolición de las cárceles. Para evitar esa medida desmedida habría que hacer del régimen carcelario un lugar de compasión y de rehabilitación.
Odiar el delito y compadecer al delincuente no debe hacer olvidar que no hay delito sin delincuente, y que ambos son el haz y el envés de lo mismo. La responsabilidad del agente es indesligable de sus actos.
La sociedad, aunque tuviera el suficiente grado de madurez para llevarlo a cabo, no es sujeto de indulto, ni siquiera los particulares damnificados por el injusto. No existen los abstractos penales.
Existen los males históricos (ecocidio, etc) que no pueden ser perdonados en el tiempo limitado del derecho penal. Nunca se cumplen del todo determinadas penas cósmicas.
Hay delitos sociales que no pueden ser conmutados nunca, pues su pregnancia lesiona a la entera humanidad, y no sólo los tan citados de Adolph Hitler.
Nada de esto impide que, en la medida en que pueda, el delinquido perdone individualmente al delincuente. Esto pertenece al terreno de lo religioso, el de la justicia eterna.