En estos tiempos duros, llenos de zozobra, cuando el egoísmo reina en todos nosotros que aún somos capaces de destruir lo conseguido, siempre recuerdo a un Papa santo, a un hombre Angelo Roncalli, que nació en una aldea cerca de la ciudad italiana de Bérgamo, Sotto il Monte, y que supo como Juan XXIII, dar un cambiazo a la Iglesia universal y llevar el amor allí donde hacía falta, a pesar de la Curia de entonces que le puso todas las zancadillas posibles.
Su frase: “He mirado a tus ojos con mis ojos. He puesto mi corazón cerca de tu corazón”, siempre la he tenido y la tengo presente en mi trabajo como periodista, una profesión en la que nos creemos estar por encima del bien y del mal y que en muchas ocasiones nos olvidamos en nuestras informaciones de la caridad, del amor hacia el otro u otros de los que estamos haciendo juicios de valor.

Una frase que espero hayan tenido presentes el cardenal Parolín, secretario de estado vaticano, y Serguei Lavrov, ministro de exteriores ruso, durante su encuentra en la sede de las Naciones Unidas de Nueva York, para hablar, espero, de una posible solución a la guerra en Ucrania y no solo para hacerse una foto de portada. Como espero que también hayan tenido en cuenta otra de las famosas frases del Papa Roncalli:”La justicia se defiende con la razón y no con las armas. No se pierde nada con la paz y puede perderse todo con la guerra”.
Por eso, insisto, hoy más que nunca es necesario el milagro del amor, que tantas veces ha hecho y hace el Papa bueno, como fue conocido san Juan XXIII, y cuya estatua a la entrada de su museo-casa natal en Sotto il Monte, esta desgastada porque todos los visitantes pasan su mano sobre ella a la espera de ese milagro, que se extiende hasta una habitación contigua, en cuyas paredes hay miles de fotografías de niños que esperan ese milagro, ese amor, que les aseguro a los lectores de El Imparcial que se cumple cuando alguien con Fe llega allí y decide entregar su amor a otra persona que sabe que va a compartir la complicada mochila de una niña enferma y cuya fotografía está en una de esas paredes.
Es muy duro pensar que nos hemos olvidado del amor, de la entrega desinteresada a los demás. Hoy es muy fácil hablar de ricos y pobres de bolsillo y de impuestos, que hay que subir o suprimir, y sin embargo es complicado hablar de necesidades básicas, no tanto del cuerpo, que sí, sino del espíritu que vaga sin rumbo en un mar marcado por políticos que no ven más allá de unos próximos comicios.
Unos políticos que hablan muy poco de amor, aunque sus discursos se enmarquen en una falsa entrega, y que no entienden que el milagro de ese amor está muy próximo, muy cercano, por poco que lo pidan. Como sucede con los niños que protege san Juan XXIII y a cuya intercesión acuden personas de todo el mundo que necesitan ese milagro de amor, aunque la mochila posterior sea dura, muy dura.