El Ministerio de Trabajo, a propuesta de Más País, anda a vueltas con un recién bautizado “Estatuto de los Trabajadores del siglo XXI”, que consiste, principalmente, en la reducción de cinco días de trabajo a cuatro. Todo el mundo sabe que donde manda patrón, no manda marinero, figuras actualísimas de la gran noche profesional y laboral que es España. Y es que el actual texto es de marzo de 1980, según el modelo industrial de entonces, con sus largas jornadas y sus frías noches de invierno, porque las cosas en este país van de cuarenta en cuarenta años, que es lo malo de legislar, que algunas leyes, normas y estatutos van pesando tanto que se olvidan de que hay que actualizarlas.
Yo estuve en una empresa que no tenía representantes de los trabajadores, porque mandaban los de arriba y punto. Y si no obedeces a la patrona o al patrón, te jodes como Herodes o te vas a la puta calle, en plan vertical y autocrático, que se lleva mucho. Ahora el nuevo estatuto dice en su segundo título que la representación de los trabajadores en la empresa será obligatoria, así como la negociación colectiva, que es el tercero. El primero se refiere al contrato individual. La Ley de Protección de Datos Personales y la garantía de los derechos digitales también tienen su importancia. Supongo que este corpus normativo tendrá en cuenta los problemas de aplicación, porque si no, sería un nuevo capítulo de “Cómo pensé arreglar las cosas y se quedó en nada”, que es la gloria inmediata, la que busca todo ministro, ya se trate de Díaz, Escrivá o María Jesús Montero, que igual da. Porque se han cometido muchos abusos, las empresas han modificado las condiciones contractuales a placer y los jueces han dictado sentencias contradictorias con los expresado en los artículos 14 y 15, en especial en lo tocante a las razones esgrimidas por el empresario para pulirse al trabajador por razones “económicas, técnicas, organizativas o productivas”, a las que habría que añadirles la envidia, la insidia, la calumnia, la crueldad, el complejo de inferioridad en definitiva, por decir algunos motivos más. A mí la empresa, así en global, me dice poco, y siempre me fijo en sus capitostes, en su mezcla de vanidad, endiosamiento y absurdo complejo con respecto a sus más que dudosas capacidades y sus criterios sexuales o directamente propios del nepotismo más cortijero. La enfermedad del hombre moderno nace y termina en la empresa, que es tan surrealista en muchas ocasiones porque mezcla a partes iguales la irresponsabilidad con los brotes de histeria colectiva. Yo me he topado con mucho imbécil, poco o escaso talento y pozos de ambición. Pero eso dará para una “non fiction novel” a lo Truman Capote o Tom Wolfe a su debido tiempo.
En el estatuto que quieren aprobar habría que recoger el derecho a la huelga –que tiene una regulación de 1977–, el régimen salarial –que es de 1973– o la Ley de trabajo a distancia, que después de la pandemia se ha vuelto cercanía toda. El trabajo es la oficina, el jornal, lo que definitivamente le resuelve la vida al personal. Y el trabajador ese ser vagamente constituido en los años setenta y olvidado después, indeterminado por el desdén de los sucesivos ministros de centro, de izquierdas y de derechas, circunstancial en su consideración a cargo de los llamado recursos (in)humanos, con una legislación inactual que lo defienda escasamente. La vida de una persona y su realización y desarrollo, afortunadamente, no dependen de la patronal, ni de un puñado de politicastros de conveniencia, sino de la cargazón interior de cada uno: su ética, su cultura, su educación y su capacidad de resistencia y de respuesta. El modelo empresarial actual y su obsoleto marco laboral ofrecen la desvariante prueba de que el consabido triunfo de lo arbitrario reina entre las S.L. y las S.A., con esa grácil obscenidad de lo que todos esconden. Por eso, la alegre protesta de los trabajadores en cada otoñada, nos demuestra que la vida es pugnaz hasta en el último rincón de un departamento. Y que el consenso político, sin las urgencias de miles, millones de familias vociferadas por sus representantes, no será, señor ministro.