“Al competir, mientras se está en la lid o en la cancha, nadie es más que nadie. Gana el mejor, el primero, el que tiene más mérito. Son todos absolutamente idénticos en virtud del honor. Y si corrieron o saltaron bien, el perdedor no existe. Quien ganó lleva indeleblemente la única corona, pero los participantes (ennoblecidos por el ejercicio mismo) se presentan como afines y hermanos. No hay falsa bondad ni modestia ridícula. Quien triunfó porta el cetro, pero el participar es ya una distinción, una manera de ser similar en la dignidad. Un auténtico compañero. En el deporte existe el mejor, pero no clase social ni privilegios. ¿Hay moral más apetecible? Enseñando la igualdad y la diferencia, el ejercicio es signo además de hedonismo sabio y de pasión, de aprecio por la intensidad y riqueza del instante. Pero muestra –aún- que triunfo, e incluso placer, requieren un previo esfuerzo: la gloria del sudor y del cansancio físico. Así que epicureísmo y estoicismo al tiempo, como postulaban los antiguos romanos. Revulsivo contra los límites y restricciones del cuerpo, el deporte atlético es una subversión contra la medianía, una manera de torna hermosura el estímulo. Por todo ello es un humanismo, y debiera enseñarse –con el latín- no como elementalidad, sino en el más alto grado de refinamiento educativo”.
Los enemigos de este humanismo son los perezosos, los procrastinadores, los que envidian a los mejores y les llaman elitista porque no tienen la de sí mismos, que es poca: multitudo non est sequenda, no hay que seguir a esa legión despectiva que dice “a mí no me vengas con latinajos”, la lengua de nuestros mayores, que ignora que los curas no saben latín. No me venga con latinajos, no me venga con helenismos… ¿con qué te vengo, con “los y “las”?
La cultura del esfuerzo es la única que merece llamarse tal y la única que puede llegar a serlo. No hace falta ganar, sino participar, pero dándolo todo. Para quien no da más de sí, basta con haberlo querido: est nobis voluisse satis, y saber aplaudir a los mejores, ponerles la corona de laurel, admirarles sanamente. Sin admiración sana sólo queda rencor insano, amor decadente, ceniciento, y luego la nada roedora. Sin embargo, para los menos conformistas no basta con haber querido querer mucho. Rechazo, por lo tanto, la frase “todos somos necesarios, pero ninguno es imprescindible”, porque si se es necesario se es también imprescindible, y si no se es imprescindible no se es necesario, sino innecesario.
No pocos intelectuales noístas, que cifran su iluso supremacismo en rechazarlo todo, son la más viva y patética estampa de la incapacidad. De este modo pasean la cola de lamé de su vestido de noche por el sucio serrín del suelo; yo digo con Wilde: One should always be a little improbable, uno debería ser siempre un poco improbable. Frente al colectivismo uniformista romo, sólo el atleta puro puede consagrarse a la inutilidad y terminar en el fracaso, pues para él perder es el último acto de ganar, the gente art of making enemies.
El devorado por la envidia roedora se especializa en evitar el propio esfuerzo desgranando un interminable rosario de prohibiciones a las que tiene la desvergüenza de llamar ortodoxia, no siendo más que un puritano cuyo puritanismo es abstracto e impuro. Para estas tristes almas, el atleta olímpico es un peligro. Son almas paralizadoras, tardías en sus flácidas deposiciones, que al parir sus minúsculos ratones oyen el rugido de la montaña: sólo en meter en el infierno a los mejores son ellos mismos los mejores. En su cobardía, ponen a tórculo risitas simpáticas a quienes juzgan impostores, juzgan demasiado y demasiado injustamente: “Permítame hoy ser sincero con usted”, dice el honesto. “No, le ruego que no lo sea, temo que pondría su buena educación en apuros” responde el indecente irónico.
Aunque no lo parezca, estos envidiosos escocidos tienen su prolongación por contraposición en los bárbaros. Los bárbaros son una solución para los enemigos del fair play. Sin otra compensación que la de hinchar sus músculos, no son atletas; la juventud poderosa es un tesoro que no debiéramos dejar en manos de los adolescentes, y menos aún si son zafios y violentos, es decir, si son jóvenes bárbaros que transforman un concierto de rock en un basurero de latas de cerveza, escupitajos, papelinas de droga y bullangas repletas de alaridos, como corresponde a la desgracia de gentes que sólo se someten a los dómines de los gimnasios, a la violencia y el mosqueterismo, poniendo en los músculos la principalía de sus valores insípidos. Lástima que nadie les diga que la verdadera diversión es la que no acaba de llegar ninguna noche.
No pueden competir quienes creen ser lo que no son por culpa de su super ego, pero su cerebro está hecho de neuronas homoeróticas, paganizantes, excéntricas incluso para el propio underground (son el underground del underground y también por lo mismo su ocaso): contrarias a la idea cristiana de la persona, gustan el fango con paladar de príncipe. ¿Quién como el bárbaro? Sería un error competir con el bárbaro, porque el bárbaro embiste, no le han enseñado a transformar por elevación su fuerza y su vigor biológicos. Sin embargo, la cultura humana no consiste en transformar al toro que embiste en ave de corral, sino en ser capaz de mutar su plumaje de buitre en valentía para el bien, que siempre vuela más alto: la vida es inalcanzable en la vida.