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TRIBUNA

Impuesto de solidaridad

Juan José Vijuesca
miércoles 05 de octubre de 2022, 19:15h

Hace unos días vi una viñeta humorística –desconozco el nombre del autor– que me pareció de lo más irrefutable respecto de nuestra realidad. Un vocinglero dirigiéndose a unos asistentes al acto: “¡Compañeros!, debemos seguir luchando contra la pobreza, no dejemos pasar esta legislatura sin hacernos ricos”

Quizás los tiempos actuales sean solo eso, el hacerse ricos de manera inmoral. La clase política, sobre todo la que rige nuestros destinos, está sacando lo peor de los momentos actuales para hacer urna y caja y eso nos convierte en peregrinos sin patria ni descanso. Raro es el día en que las muestras gratuitas de este gobierno no contribuyan a ello. Lo que resulta asombroso es que a estas alturas de la película aún sigamos en la fase de la trashumancia, pero ya sabemos que en este país nos afligen más los asuntos rosáceos en donde traidores besos fabrican amores torcidos.

Les cuento esto porque todo es poco alrededor de este gobierno tan heterogéneo y a la vez tan preocupado por los derechos de quien menos gana y más expone. Bienvenida la intención que además apoyo, pero de escaso o nulo el resultado, pues el pobre ya perdió la cuenta así como las ganas de salir de su pobreza, mientras el rico alimenta a los caudillos que agrandan su leyenda a base de repartir Direcciones Generales y Consejos de Administración e incluso tribunas presidenciales, que no en vano los lobbies aliados son la mejor coyuntura para que sus elegidos hagan hacienda. Y así llegamos, una vez más, al ciclo de las falsas promesas, modelo inventado para satisfacción de gobernantes que no solo nos trocean y esquilman, sino que además utilizan el engaño más pernicioso.

Y en esta batalla de los impuestos la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, nos anuncia el descubrimiento del mecanismo del chupete al que han denominado como “Impuesto de solidaridad” o si lo prefieren ustedes en versión ampliada: “En una crisis como la actual es fundamental exigirle un esfuerzo a quienes más tienen". Y yo me pregunto si por más tener se entiende la cantidad de familias en las colas del hambre o que sean miembros del gobierno los que nos adoctrinen en lo de comer y en el qué comprar para llegar a fin de mes, pues a real y media manta. Ahora bien, si por más tener se entienden las pensiones vitalicias de sus señorías por el simple hecho de haber estado en poltrona 7 años y un día, pues viva la demagogia, que no la democracia. Y aquí es cuando viene lo grueso, la sustancia que da sabor al gobierno de la solidaridad. Veamos, el llamado Impuesto de Solidaridad comienza a idéntico instante en el que se aprueba la subida salarial del 3,50 por ciento a sus señorías del Congreso, o sea, ministros, diputados y funcionarios. Por cierto, la Mesa del Senado también se ha subido al carro. A lo mejor por aquello de la tan cacareada igualdad.

Uno, en su hondo pesar, tiende al cálculo de estas medidas tan nada lustrosas para el contribuyente y descubre que este gobierno tiene una única intención: convertir en virtud sus propias mentiras. Mire usted, señora ministra de Hacienda, no hace falta que le diga cuan generosos somos los contribuyentes de este país con todos ustedes; ahora bien, llegados al punto ese de exigirnos un mayor esfuerzo por una crisis que nosotros, los de abajo, no hemos provocado y que venimos padeciendo desde la Edad Media, le diré que para conseguir el auténtico impuesto de solidaridad hay que dar ejemplo desde la cúspide, lugar que como sabrá es el hábitat natural de la apoltronada clase política más selecta de nuestro país.

Llegado a este punto cimero lo primero que deben hacer ustedes es admitir a trámite esa Iniciativa Legislativa Popular que el Congreso de los Diputados rechazó en su día desatendiendo las más de 500.000 firmas de ciudadanos españoles en demanda de eliminar las prebendas de la clase política cesada y sin cesar. Así son ustedes los políticos de generosos y de igualitarios. Es más, para una mejor comprensión de lo que es la solidaridad bien entendida se podría contar con una ley que reformara el Congreso, o sea, una enmienda a la Constitución que hiciera de sus señorías unos cualificados trabajadores, eso sí, asalariados solo durante su mandato y además sin las provechosas brevas de las que ahora gozan. Y recalco lo de cualificados por aquello de mejorar el nivel actual de educación primaria que exhiben algunos de nuestros representantes.

No voy a entrar en detalles de las infinitas gangas que ustedes disfrutan, las doy ya por sabidas o suficiente imaginadas. Tampoco lo haré respecto al vergonzante e ignominioso número de partícipes que conforman la nómina y gastos de explotación de tal entramado; pero se antoja una extraña ecuación cuando los gastos superan a los ingresos, o sea, a los impuestos, y esto no es ciencia difusa, es de preescolar. Mi escaso conocimiento en números me dicta que a lo mejor reduciendo los gastos propios y ajenos de sus señorías tal vez suene la flauta por casualidad; pero claro, hay que sembrar urnas para recoger votos de favor.

En fin, se me antoja que ante una crisis como la actual es fundamental exigirles a sus señorías, no un esfuerzo, sino una renuncia colectiva de todas sus veleidades económicas que con cargo a nuestros desahuciados bolsillos se vienen ustedes saciando como vampiros en noche de luna llena. A lo mejor con eso cuadran las cuentas. Lo digo por simple solidaridad, no vayan a creer.

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