Pesa, y pesa mucho, regresar a la plaza de las Ventas, una vez avistados los cosos de toda la geografía nacional. Incómoda, mugrienta y se cae a cachos. Y Abellán paseando su chulería por el callejón. Claro, sólo por el callejón, porque el albero se ha vuelto intransitable. ¿Acaso podemos comparar la experiencia de Morante con 95 tardes acartelado esta temporada con la de un tipo que calienta los sillones de la Comunidad de Madrid?
Lo de hoy en las Ventas fue una tarde más. Las ganaderías de siempre: Fuente Ymbro y Puerto de San Lorenzo (6º). Los diestros esforzándose para dar lo mejor de sí. Miguel Ángel Perera abrió la tarde. Levítico (1º) salió abanto, con el pisar fuerte y lento. Iba desperezándose, esquivando la montura o mirando para otro lado. Curro Javier se dio buena cuenta del mal genio que traía el torete, salvándose de una colada. Juan Leal hizo un quite de frente por detrás. Javier Ambel se desmonteró por los pares. El toro tenía mucho nervio, acudía al cite y silueteaba los pases circulares por ambos pitones cuando encontraba la muleta a su altura. A medida que se cansa, el morlaco se deshace en tarascadas. Miguel Ángel sortea las dificultades y logra una faena de mucho aguante, un desplante incluido. El acero entró entero, un poco trasero, pero de buena ejecución. La petición mayoritaria sin respuesta del palco. Rebueno (4º) tuvo sus prontos, mejor dicho, extraños. No iba franco, zigzagueaba, pero Perera lo paró con el capote. El varilarguero por querer hacerlo bien, se agarró al palo y fue descabalgado y casi se derrumbó sobre las astas. Vicente Herrera sacó la vergüenza torera al corregir enseguida un par que se cayó. Curro Javier se desmoteró. La faena fue bastante corta: el bocidorado se resentía mucho de los cuartos traseros. Perera quiso amoldarse a la circunstancia, pero no fue posible. La estocada entera y de buena ubicación. Descabelló a la primera.
Juan Leal puso su sello a la tarde. Levantisco (2º) escarbó y supo ingeniárselas para quitar el hierro de la primera vara. El público respondió al brindis con cariño. Los estatuarios recordaron a Roca Rey. La composición de la figura lo es todo para estos toreros. El toro que se acople. Y si no, aquí tenemos otra faena que quita el hipo a todos los protagonistas. El más perjudicado fue Levantisco que se ha llevado varios sustos y ya no sabía cómo evitar el bulto que le perseguía con insistencia fanática. Dicho de otro modo, Juan Leal descompuso la embestida del torillo, plantándose entre las astas, de tal manera que el bicho no podía arrancar ni moverse sin llevar al diestro por delante. El “ymbreño” tuvo la paciencia de Santo Job y fue fulminado por un estocada baja. Un aviso y ovación. Caso contrario fue Mimoso (5º). Otro ejemplar de buenas hechuras y de mala leche. Vicente González recibió un gran aplauso por las varas de geométrica precisión: el castaño vaciló mucho si acudir o no, buscó refugió en los chiqueros, pero acabó colaborando en el buen tercio, recibiendo un castigo considerable. El toro no humilló, al contrario, saltaba cada vez más alto y cabeceando. No hubo cambio entre un pitón y otro. El bruto no sabía ya qué trastada inventar para superarse. Juan Leal tuvo el material propicio para su toreo de cariz temerario: se metía entre los pitones, el toro iba a por él, el público desconcertado. Un pinchazo hondo y buen descabello le puso fin.
Alvaro Lorenzo, quien en vísperas salió a hombros en Villarejo de Salvanés, repitió con Hostelero (3º) y Faraón (6º) el toreo dominador, que hacía resbalar a los bichos por el albero. Hostelero buscaba salvación mirando al callejón, pero regreso a la brega y sembró cierto caos. Se fija en el picador que guarda la puerta y sale huido de la segunda vara. Andrés Revuelta y Fernando Sánchez cuajaron un buen tercio. Las tandas de la faena fueron aupados por el público, excepto un pequeño sector obsesionado por “el pico”. Un pinchazo y una estocada baja, atravesada. Aplauso al arrastre. Una ovación. No hubo entendimiento entre Faraón (6º, Puerto de San Lorenzo) y el varilarguero: picó en los tercios sin dar distancia y el astado se empleó y estuvo a punto de echarlo por tierra. La faena de dominio pudo con toro: se rindió al recibir un insignificante pinchazo. No hubo manera de levantar al agotado animal para ejecutar la suerte suprema en condiciones. En cuanto, Lorenzo ajuste los tiempos al aguante del toro, se acabarán los pinchazos y avisos.