El reconocimiento generalizado de la figura de Isabel II ha suscitado una reflexión doble que, de una parte, enmarca a la soberana en el tiempo turbulento que ha vivido, pero, de otra, permite trascender esta dimensión histórica a un plano más general, preguntándose por el juego de la monarquía como forma política de nuestros días.
Si, como hago yo, se elige la segunda perspectiva, uno se encuentra con analistas que recuerdan nombres como el de Walter Bagehot, Ernst H. Kantorowicz o George Orwell. Bagehot, que escribe su English Constitution en 1867 adscribía a la monarquía al componente dignified (simbólico) de la misma, frente al efficient (efectivo) donde incluía a los Comunes o el Gobierno. O sea que la monarquía se refería a la parte espiritual del Estado, que tiene que ver con la integración, cuyos contornos son difusos, a los que no viene bien la claridad del día, decía Bagehot, y que quedan en la sombras de la magia de los ceremoniales y el mito. Lo que ocurre es que estos planteamientos no son de recibo hoy en día y sus fundamentos, en buena parte religiosos, que ven al monarca como ungido, no tienen sentido en una sociedad plenamente secularizada. Hoy solo el 2 % del pueblo británico asiste a los servicios religiosos de la Iglesia anglicana. Si el atractivo de la reina dependiese de Dios, la monarquía habría sido abolida hace décadas, como alguien ha apuntado maliciosamente. Sin duda, por lo demás, resulta patente el carácter ideológico del punto de partida de Bagehot que posiblemente era también claro para el mismo: en un contexto elitista el argumento funcionaba como un medio para mantener felices a las masas mientras la clase dirigente hacía su trabajo.
Parece más apropiado para entender el significado del reinado de Isabel II, y desprender algunas lecciones para las formas monárquicas de la actualidad, recurrir a las categorías de Kantorowicz. Este autor hablaba, como es bien sabido, de los dos cuerpos del rey: el político, que, diríamos, tiene que ver con la posición del monarca en el orden constitucional del Estado, como uno de sus elementos esenciales y permanentes; y el cuerpo natural, esto es, la condición mortal del rey sujeto al sufrimiento y la decadencia física de los humanos. Lo que explicaría el éxito de Isabel II sería su capacidad para desempeñar su rol constitucional de reina y a la vez su testimonio como persona concreta asumiendo el coste del duro oficio y las vicisitudes de su larga existencia como madre, hasta cierto punto, de todos, como Betty y no Elizabeth. Era su humana simpatía natural, y no el temor religioso, lo que la hizo parecer especial: se trataba de una simple Betty, no la ungida de Dios.
El significado impagable de la reina resulta de su mera presencia: es su duración en el trono por tantos años,70, lo que traslada la idea de la permanencia del Estado. Mientras, ha desaparecido el Imperio, reducido ahora a las islas Malvinas y algunos paraísos fiscales, la sociedad se ha transformado, exagerando su multiculturalidad, y se ha producido el abandono de Europa tras el Brexit. Si todavía puede sostenerse una apariencia del esplendor y gloria del pasado, por no hablar de la unidad del Reino, es porque ella estaba ahí.
Los británicos reconocen en la hora de la despedida de su reina, que ella ha hecho honor a su compromiso de dedicación absoluta a su oficio, como lo anticipó en su discurso radiado el día de su veintiún cumpleaños, cuando dirigiéndose a toda la Commonwealh, declaró: “dedicaré a vuestro servicio toda mi vida, sea larga o corta.. Que Dios me ayude a cumplir mi promesa”. La reina es la cabeza tanto del Estado como de la nación (García Pelayo) y aunque las obligaciones en este segundo plano son más difíciles de atender, pues no se fijan en las leyes y convenciones del derecho, sino en la ética y la opinión, Isabel II atendió a sus obligaciones constitucionales con una eficiencia sobresaliente. Recientemente el historiador A. N. Wilson se refería al asombro que a los ex-primeros ministros les podía causar que una mujer como ella, sin preparación escolar u universitaria especial, tuviese los conocimientos que la reina poseía acerca de temas internacionales o domésticos. Harold Wilson reveló su embarazo cuando le ocurrió que ella había leído algunos documentos del gobierno que él había pasado por alto. Su utilidad por resituar al Reino Unido en el universo postimperial es bien conocida. Sabido es que ella se alineó con la Commonwealth contra Margaret Thatcher en lo que respecta a Sudáfrica, para imponer sanciones al régimen hasta que se acabase con el apartheid y Nelson Mandela fuese puesto en libertad, para recibirlo finalmente en Londres en 1996. En 2012 estrechó la mano en Irlanda del Norte de Martin McGuinness. En 2011 la Reina inclinó en Dublín la cabeza respetuosamente ante el monumento a los que dieron sus vidas por la libertad de la patria.En una vista de estado en 1961 bailó con Kwame Nkrumah primer president de Ghana y antiguo prisionero politico. Así, apunta The Economist, señalaba a los ghaneses que eran soberanos y a los británicos que los tiempos habían cambiado.
Su digna compostura queda bien reflejada, cuando, dice en la New York Review of Books Finton O´Toole, el pueblo británico pudo contemplar la imagen de su Reina en la pandemia de la Covid, sentada sola en el funeral de su marido, el día después de las fiestas bien regadas de alcohol que tuvieron lugar en Downing Street. No se trataba de una imagen de majestad sino de fragilidad: la otra cara de la realeza con la que la mayoría de la gente simpatizaba todavía más.
Aún otra cosa. Me ha llamado la atención la referencia que algunos ,al establecer la significación de la monarquía, hacen a la reflexión de George Orwell, que la consideraba una válvula de escape del sistema político. En tiempos de transformación como los que ha experimentado el Reino Unido en la vida de la Reina, la continuidad de la monarquía ha ejercido una influencia moderadora, sacando el patriotismo, como emoción bruta o sin decantar, de la política en la que el amor a la nación, puede pudrirse en intolerancia. Los imperios en decadencia son peligrosos. El declinar británico ha sido mucho menos traumático que lo que podría haber sido, concluye, creo que con razón, The Economist .