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DESDE ULTRAMAR

México-EEUU: la inseguridad como regla

Marcos Marín Amezcua
jueves 20 de octubre de 2022, 19:05h
Actualizado el: 21/10/2022 08:38h

Resulta hasta aburrido si no fuera una verdadera tragedia, reiterar el tema de la relación fronteriza México-EE.UU.. Ya hemos expresado que García Márquez llamó a esa frontera un error de Dios. Ya sabemos que tiene muchas aristas: migración, drogas, comercio, tráfico de armas, en un irrefrenable viaje de ida y vuelta que no puede excluir la responsabilidad de ambos gobiernos por igual, lo que nos recuerda la complejidad profunda de ser vecinos y hace obligado repetirnos que la corrupción que la complica también habla inglés, y mucho, y abunda en impunidad de altos vuelos también en ese idioma.

¿Qué somos un país-problema para EE.UU.? va, es innegable que ellos son nuestra principal fuente de desasosiego y conflicto. Estamos de manera mutua perfectamente, bien correspondidos. Su venta de armas y su drogadicción, nos afectan. Su reciente cambio de reglas para rechazar venezolanos, nos arriesga.

Eso sí, a grandes males, grandes anuncios. Durante los actuales gobiernos de López Obrador y Biden, el tema de seguridad fronteriza ha cobrado una dinámica aún más compleja, gracias a la permanente crisis humanitaria que genera la mala gestión binacional del cruce y retención de migrantes en ambos lados de la línea fronteriza siguiendo parámetros estadounidenses, un país incapaz de resolver país por país, el flujo de origen –el tapón antinmigrante conviene más a Estados Unidos que a México por esa insuficiencia– en tanto que se incrementa el paso de drogas o sus componentes. De la sofisticación de los métodos para conseguirlo y del derroche de poderío económico que empodera a los cárteles, ya ni hablemos. Como es un problema multifactoral y poliédrico, es que no se circunscribe a un solo asunto de una agenda bilateral y no puede abordarse de forma unilateral, como si simplemente se tratase de solo un conflicto comercial o de ida y no de vuelta o de cualquiera otro asunto de mutuo interés, pues todos los temas se empalman con lo migratorio o la seguridad nacional transfronteriza de cada país, pasando por bemoles escabrosos como los migrantes o el consabido tráfico de personas en ambos lados de la frontera, con su ineludible colofón de empleo ilegal en EE.UU., por ejemplo, que abona a crear su riqueza no declarada al recaudador de impuestos. Así, cualquiera se hace rico. Y eso que prevalece la idea mexicana gubernamental de desnarcotizar la agenda bilateral o de no contaminar unos temas con otros; más la realidad lo complica y terminan siendo más de lo mismo.

A diferencia de lo que torpemente expresaba un embajador yanqui, Tony Garza, acerca de que México tenía un problema en “su” frontera norte, dígase que en la actualidad es inevitable hablar no de “su” sino de “nuestra” frontera, de una frontera compartida con sus respectivos problemas compartidos (sí, hay optimistas encandilados con EE.UU. que puntualizan que también va con sus oportunidades compartidas) y ya, afortunadamente, eso de “nuestra” es una referencia más presente en el lenguaje oficial yanqui. Y en esa tesitura, estamos en un clima de toma y daca que solo salpimienta el tema fronterizo con llamadas, aseveraciones de entendimiento y reuniones de alto nivel o viajes de ida y vuelta entre Ciudad de México y Washington, para revisar los avances de la cooperación binacional para poner orden en ella. Sí, es que EE.UU. atiende Ucrania, pero tiene un ojo puesto en su frontera sur, esa norte nuestra que nos da a veces más dolores de cabeza que sus aparentes beneficios de supuesto eterno agradecerse. Ese estira y afloja acaba pariendo rimbombantes nombres a programas “comunes” tales como el Diálogo de Alto Nivel de Seguridad (conocido como DANS) o el pomposamente denominado como Entendimiento Bicentenario que, conmemorando dos centurias de (escabrosa) vecindad y relaciones a tirones y trompicones, pretende matizar las diferencias profundas entre vecinos y que, en conjunto, tales esfuerzos no son sino muestras de la misma gata, nada más que revolcada. Al final, siempre regresamos al punto de partida: sufrimos una frontera complicada y mal atendida.

Y sí, es que no hay manera de que las cosas vayan a mejor. En tanto no se frene, evitándola, no reprimiéndola, esa migración desde los países pobres hacia los espejismos de los ricos, y que de momento no registra tanto a mexicanos como sí de otras nacionalidades aledañas, el asunto no cesará y su complejidad siempre estará presente en grado de conflicto. No irán a menor los cárteles mexicanos si no se evita el tráfico de armas hacia México y se suspende ese millonario negocio de venta de armas cual caramelos, que los empodera y que coloca en plan de hipócritas y embusteros a los yanquis al clamar por el sometimiento de tales delincuentes traficantes, cuyas armas les venden y a su droga les compran. Son dos países condenados a convivir, aunque no necesariamente a entenderse.

Cárteles que permiten recordarle al gobierno estadounidense que sus esfuerzos por reducirlos chocan con su encubrimiento cómplice de la mano de la Asociación Nacional del Rifle que financia a tanto político de ese país y les vende armas a esos que dicen execrar. Y sus lágrimas de cocodrilo, sus reclamos y lamentos de que la violencia en México es irrefrenable y les preocupa, se quedan en nada. Ya se les ha respondido acertadamente, con sendas demandas legales a tales empresas para que cesen de lucrar con la violencia en México; y que mientras no dejen de vender armas como caramelos, tal y como lo hacen, solo reforzarán a tales agrupaciones que hipócritamente dicen que les quitan el sueño, mientras hacen caja los yanquis vendiendo armas en jugosos negocios y se atascan de las drogas que bien se meten, les reciben y robusteciendo sus sistemas financieros con su lavado de dinero. Eso sí, los yanquis no se ahorran discursos, pese a que en sus escuelas sigan las balaceras por la misma causa por las que las hay en México: ese ilusorio control de su venta de armas, amparados estúpidamente en la Segunda Enmienda de su constitución, que su irresponsabilidad sostiene y es condenable como su desfachatez. Ahorrarse el condolerse. Pueden ponerle remedio. No se puede decir bonito todo esto, porque lo que sucede no es bonito.

Y claro que su importancia es crucial. Y por supuesto que es un tema que llevó a los más encumbrados funcionarios mexicanos otra vez a Washington, donde el secretario de Relaciones Exteriores, el presidenciable Ebrard, se ha entrevistado recién con su homólogo, el muy avejentado Blinken –menudo cadáver, que nos recuerda el añito que lleva a cuestas desde la invasión a Ucrania– y entre avances y recriminaciones veladas, la cosa parece cambiar lentamente, mientras permanece igual. Tal y como la hemos oído mentar por décadas. Eso sí, reconozcamos desde México que los yanquis parece que se involucran un poco más en el combate antidrogas y de tráfico de armas, aunque sigan culpando a México. No falta el orate que lanza tonterías como hizo el impresentable gobernador texano Abbott, que busca llevar agua a su molino en periodo preelectoral, declarando como terroristas a los cárteles mexicanos. Pues bien, una medida ruidosa e inútil como arrojarle sopa de tomate al cuadro de Van Gogh, so pretexto de combatir el cambio climático, pero medida igual de estéril para conseguirlo; total, que procederes sin fines loables y una vez hecho lo cual ¿qué sigue después de tan estrambótica idea del descerebrado texano? A seguirles consumiendo la droga. Hipócritas, con sus inútiles aspavientos y calentones de boca que a nadie impresionan, espetados por el descarriado gobernador alienado.

No ayuda a la seguridad binacional el monumental hackeo perpetrado a la Secretaría de la Defensa Nacional de México (Sedena, por sus siglas), que ha evidenciado nuestra vulnerabilidad y un mal manejo de técnicas de resguardo de información; ha demostrado si no poseer inútiles sistemas de seguridad y de encriptamiento de información cifrada deficientes, sí que no contaba con los mejores y, acaso, nos preguntamos si se invirtió en ello, porque parece ser que no. Carretadas de dinero invertidas en la Defensa, sexenio tras sexenio para llegar a este megahackeo escandaloso y vulnerados sus escudos, el llamado Sedenaleaks, evidenciándola vergonzosamente vulnerable. El golpe asestado por la organización criminal Guacamaya, es doble: a) por sí mismo y b) porque esa información ha ido a parar a los opositores de López Obrador. ¿De qué sirve? para explotar el golpeteo político a sus anchas. Tal hackeo debilita a México y a sus sistemas defensivos. En ello estriba su gravedad. Solo abona a que campee la inseguridad regional en Norteamérica y ponga excelentes pretextos para el intervencionismo yanqui en México, que de por sí no halla la forma de empujar las puertas para meterse por doquier. Fatal.

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