La tensión en el Gobierno de coalición se acrecienta por el sectarismo de unos y el empeño de otros en complacer a sus socios y aliados. Irene Montero prosigue con su ridícula batalla por ser la más feminista, por asumir las muchas y, a menudo delirantes reivindicaciones del llamado colectivo LGTBI; la ley Trans es su último invento. Supone un despropósito, por ejemplo, que el Ministerio de Igualdad proponga permitir, si no animar, a los niños de 14 años a someterse a una irreversible operación de cambio de sexo. Y, como era de esperar, muchos dirigentes socialistas, con Carmen Calvo a la cabeza, han mostrado su rechazo a semejante propuesta. Pero Podemos quiere hacer bandera de ello y presiona a Pedro Sánchez para que la ley sea aprobada, tal cual, antes de fin de año. No admite la pachorra del presidente del Gobierno en su intento de echar balones fuera.
También los barones socialistas están indignados con la posibilidad de que el Gobierno ceda ante ERC y reforme el Código Penal para rebajar las penas por los delitos de sedición y rebelión. Podría suponer que Puigdemont volviera a España en olor de multitudes y que Junqueras y compañía se presentaran como candidatos a las futuras elecciones. Sin duda, la reforma perjudicaría notablemente a los candidatos municipales y autonómicos del PSOE que se presentan a los próximos comicios.
De momento, Pedro Sánchez evita pronunciarse. No parece preocuparle ni la guerra interna del PSOE ni las amenazas de Podemos. Espera los consejos de su equipo de asesores de marketing político de Moncloa para tomar una u otra decisión. Porque, al presidente del Gobierno, poco le importa que los niños de 14 años se sometan a operaciones de cambio de sexo ni que los delitos de sedición y rebelión se reduzcan al mínimo. Solo le importa lo de siempre: mantenerse en el poder la entera legislatura y ganar las próximas elecciones. Desconoce, sin embargo, que ceder a las exigencias de sus socios y aliados para seguir en La Moncloa puede perjudicarle en las urnas.