Hace algún tiempo inventé las palabras ratántropo y antropomúrido, y ya están aquí las cosas, siempre detrás de las palabras; a ver si de paso me dan algún premio de consolación por la invención de tantos otros palabros. El caso es que –según informa la prensa cualificada de hoy- un equipo de investigadores de la Universidad de Stanford (California) ha logrado injertar un organoide cerebral humano, una especie de minicerebro elaborado a partir de células madre in vitro en los circuitos neuronales de los roedores recién nacidos, influyendo de este modo en su comportamiento. Hoy, como lo advirtieron los famosos cuplés de doña Sarita Montiel y de otras tonadilleras, las ciencias adelantan que es una barbaridad, que es una barbaridad.
Han sido muchos los experimentos anteriores para engendrar animal-humanoides, recuérdense especialmente los llevados a cabo en China con monos hace más de medio siglo, afición que han seguido cultivando –según es fama- hasta lograr los bichitos de la pandemia. Lo que pasa es que ahora las neuronas de los organoides han crecido muchísimo, seis veces más que antes, en los laboratorios hasta cubrir un tercio del hemisferio del cerebro de la rata. Las células del organoide en cuestión se han desarrollado dentro de la rata a distinto ritmo que el humano; si para desarrollar la corteza de una rata hacen falta 11 once días, para la corteza humana se precisan 146. Parece que las ratas tienen prisa.
Como ejemplo de lo dicho, gracias a la técnica “optogenética” se puede influir enormemente en la búsqueda de recompensas de las ratas que estaban siendo entrenadas para lamer un surtidor y obtener una recompensa de agua. Además de eso, en el proceso de aprendizaje de las ratas, amén de la activación de sus lametazos, también se potencia la inteligencia que hay en sus grandes bigotes. En llegando aquí ocúrreseme una pequeña maldad: ¿por qué no hacer dos inventos al precio de uno y aplicárselo especialmente a las focas?, ¿y cómo habría llegado a ser la potencia cognitiva del ADN de los espectaculares bigotes de Federico Nietzsche? Bueno será también ir poniendo los propios pelillos suprabucales a remojar, ahora que los suyos vemos pelar. Si nos tocaran los bigotes (dejando de enfatizar el “no me toques las pelotas”), y de tal guisa funcionase el cerebro más exitosa y placenteramente, ¡cuánto psiquiatra inepto iría al paro! ¿Dónde, pues, hay que firmar para que nos rati-fiquen (nos conviertan en ratas) aunque nos rectifiquen?, ¿no podríamos solucionar también de paso los problemas de la elección de género, con un simple retoque de los bigotes?
Esto va a ser un bombazo. De paso, los investigadores también están cultivando dichos organoides en personas con síndrome de Timothy, una rara enfermedad neurológica causada por la mutación de un gen que provoca arritmias cardiacas y trastornos del comportamiento similares a los del autismo. A ver si de ese modo mejoramos nuestra complicada relacionalidad, que tanta falta nos hace: ¿acaso no estamos todos un poco cansados de tanto autismo, incluido el autismo de pareja?
Para mí mismo no quiero que me toquen los bigotes, aunque no faltarán quienes se apunten a este último grito. Todo placebo es bueno si funciona; si con agua va mejorando, sígale dando. Si nuestras barbas y nuestros bigotes están tan quemados por los drones iraníes asesinos, ¿qué mejor que unos buenos bigotes como escudo nuclear? Desde que aparecieron los primeros ordenadores que escandalizaban a los maestros temerosos de ser reemplazados por dichos robots, defendí contra viento y marea que mejor una buena máquina que un mal maestro. Que un mal maestro, no que un maestro bueno, se sobreentiende. Ampliando la situación, mejor una buena rata que un mal bicho humano como Putin o como Biden, los más devastadores roedores nucleares. Estas palabras pueden escandalizar a los patriotas puritanos, pero a la hora de la verdad también muchos de ellos prefieren perros y animales de compañía antes que amigos compañeros.
No vamos a decir, claro está, que no se presentarán peliagudas dificultades metafísicas con estos nuevos ratántropos o antropomúridos secuenciados bajo la lupa metodológica de Frankenstein. El problema va a ser cuando estos experimentos y otros venideros sigan adelante, cuando esos engendros de nueva generación hibriden y muten, y hasta dónde. Qué lástima que ya no me dé más de sí la vida para poder radiarlo con tanta verosimilitud como Orwell.
De todos modos, los seres humanos también mutamos, aunque en los últimos tiempos retrogradando demasiado: ¿podría ser al final que nuestro modelo psicomotriz de progreso sea el del cangrejo, en lugar del de la ratita presumida? No sé si Darwin consideró la involución de las especies como una de las formas de evolución, pero como distopía no debería ser descartada. Por lo demás, evolutivo es el paso del niño al adulto, pero involutivo el del adulto al viejo.
Aunque la letra R, de rata, y la letra P, de persona, se encuentran situadas en la línea superior del teclado de mi ordenador por espacios interteclares (t,y,u,i,o), últimamente –a la espera de la operación de cataratas del otro ojo- cada vez las veo más juntas, de tal manera que cuando pretendo darle a la R me sale la P, cuando a la P la R. Voy a tener que elegir entre modificar mi pabellón ocular, o el teclado en pertinaz rebeldía: cuarenta pelao, se menea el tinglao. A ratántropo nuevo, ojo nuevo y ordenador nuevo.