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LITERATURA

El regreso a los otros, de David Porcel Dieste

El regreso a los otros, de David Porcel Dieste
Miguel Ángel Velasco León
domingo 30 de octubre de 2022, 11:05h

Tras todo libro late el afán de comprendernos a nosotros mismos, de entender nuestro modo de ser y vivir. Afán que, inevitablemente, nos sitúa ante el mundo del cual formamos parte; un mundo habitado, ante todo, por otros seres humanos. La obra que presentamos no carece de este deseo, y el autor, David Porcel, se sumerge en las aguas de la vida humana buceando a pulmón. Las páginas avanzan de manera persistente, casi obsesiva, con la seguridad de encontrar una brillante perla, a condición de no buscarla, entre los remolinos que han engullido a los modos occidentales de habitar el mundo. Cuando sale a tomar aire se muestra, nos muestra, como seres indigentes, necesitados, que han de írselas apañando para vivir.

Resuenan ecos de Ortega, uno de los pilares del libro, pero el autor va más allá al considerar que estar en situación es el sustrato de la vida como ocupación, del ser circunstancial. Es lo que sustenta el modo de vivir, nos repite en varias ocasiones, y añade: tal situación humana es la de indigencia. Mas si vivir es estar en situación de indigencia, esta consiste en la necesidad de las necesidades y, como tal, es el motor de cualquiera de nuestras acciones y de nuestra vida entera.

Podríamos calificar este arranque como vitalismo estructural, aunque pueda parecer un oxímoron, o como situacionismo vitalista, sin que la palabra nos confunda, pues nada tiene que ver con el situacionismo de mitad del pasado siglo. La línea de descripción y crítica de la cultura presente lo emparentan con autores como Zygmunt Bauman, Michael Sandel o Byung-Chul Han.

A veces, la situación que nos envuelve condicionando el modo de vivir resulta irrefrenable, por ello “existen situaciones que, por su enorme poder de inclusión, pueden llegar a determinar las posibilidades de toda una generación, o de toda una época, como estar náufrago, exiliado o desamparado.”

En los capítulos siguientes el autor rastrea en nuestra historia los movimientos telúricos que han ido dando lugar a estas tres situaciones de indigencia, y lo hace -declara- apartándose del análisis observacional de cada época, que busca hechos acumulables con el fin de obtener una apropiación instrumental. En su lugar, busca la revelación nacida del encuentro desprejuiciado con nuestro pasado. Por eso el autor nos pide una mirada ingenua, no contaminada por la carga cultural que arrastramos sin darnos cuenta, para así entender nuestro vivir: la situación de indigencia en que siempre se encuentra el ser humano.

La declaración metodológica se concreta al máximo, explicitando que se aleja de tres prejuicios históricos: del cientificismo, que reduce todo conocimiento al mecanismo causal y a lo cuantificable; del funcionalismo, que exige a todo fenómeno el desempeño de una función para ser considerado real; y del esencialismo, preocupado obsesivamente por encontrar un fantasma, la esencia estática de las apariencias engañosas. Estas tres actitudes no solo bloquean la marcha de la filosofía, sino de la vida humana misma, de su comprensión y su conservación, verdadero objeto del libro de David Porcel.

El segundo capítulo, el más extenso, describe la transformación de nuestra indigencia desde el exilio hasta el desamparo, pasando por el naufragio. La situación de exilio, de quién está fuera de su patria y no puede retornar a ella es propia de la Antigüedad y el Medievo. A través de mitos, buen cine y literatura, el autor nos muestra cómo solamente los ingenuos, concretados en Sócrates, Aladino, Perceval o Scottie -el protagonista de “Vértigo” de Hitchcock-, emprenden el camino de retorno. Solo ellos merecen que las puertas del paraíso perdido les sean abiertas.

La Modernidad supone un cambio de situación vital, se inaugura la edad del naufragio. El ascenso del sujeto implica una nueva visión del mundo, convertido en objeto dominable por la nueva ciencia. El ser humano, hundiéndose en el peligroso mar de la duda, necesita una tabla a la cual agarrarse para practicar su dominio: el yo racional y consciente.

La crisis de la Modernidad dará paso al estar en situación propio de nuestro presente, la intemperie. “Si el siglo XIX es el siglo de la crisis y de la sospecha, el siglo XX es el de la barbarie y el absurdo”, nos dice al autor. Las tablas a las cuales nos aferramos durante siglos están podridas y nos han arrojado a la inhóspita playa del horror. “En la intemperie no hay patrias a las que volver ni apoyos a los que sujetarse.”

“Si estando en el exilio el ser humano había mirado a los dioses para buscar la salvación, y en la soledad del naufragio, contando con sus solas fuerzas, a sí mismo, ahora, en plena intemperie, el desamparado mira a los próximos.” A través del Sartre de El existencialismo es un humanismo, del Camus de La peste y el Heidegger de Carta sobre el humanismo, también a través del cine de Hitchcock -una vez más- y de Coppola, del pensamiento de Jünger, Semprún y Primo Levi, Porcel levanta el cadáver del naufrago moderno y da fe de su completa intemperie. Sin embargo, su mensaje se nutre del optimismo de un nuevo humanismo: nos descubrimos entre ruinas, pero también empujados hacia los otros, buscando el amparo de los desamparados, lo cual nos trae “una esperanza, pues es precisamente en la irrupción de lo elemental cuando aparece la posibilidad del cuidado y del acompañamiento.”

Estamos ante el humanismo del nosotros, de lo común, donde se hace posible el abrigo y el cobijo mutuos. En dos ámbitos encontramos consecuencias positivas de la situación antropológica de intemperie: primero en el de una nueva ética, de la empatía, del cuidado y la atención. Segundo, en el de una nueva política, que se concretó en la idea de supranacionalidad: unas naciones unidas, una Europa común, un mundo regido por las mismas leyes. Ambas dimensiones se encuentran en el ideal de los derechos humanos y su función regulativa. Aunque, los ecos de una Ilustración kantiana suenan con tanta fuerza en esta bisagra que estorban la conexión de ambas esferas.

Pero las situaciones epocales varían y ello sucede en nuestro presente con el desamparo. La tercera parte del libro nos muestra cómo la atención y el cuidado, que permiten el nosotros creando comunidad, se están convirtiendo en rara avis merced al avance de las pantallas, que mediante refinados algoritmos nos dominan y aíslan. Hoy quienes se ocupan del próximo y construyen comunidad, aparecen como seres excepcionales; “lo que ahora es virtud antes era lo normal”.

Hace décadas temíamos que las máquinas pudiesen ser como nosotros, un humano mecánico, hoy nos damos cuenta de que el peligro es otro: que el humano se parezca a las máquinas, que acabemos reducidos al automatismo sin conciencia. Porque sin los otros toda conciencia languidece y se maquiniza. La interconexión total es sinónimo del aislamiento completo, “a mayor conexión, mayor alejamiento.”

Los cambios presentes descritos bien pueden hacernos volver la vista atrás, pero la tentación del pasado como solución queda excluida. No es posible dar marcha atrás y volver a situaciones anteriores: “no está en la mano del hombre transitar de una situación a otra, ni siquiera situarse o liberarse de ella, sino tan solo decidir qué hacer estando en ella.”

Sabemos que las características de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación y su actual empleo, la cuarta revolución industrial que quiere conectarlo todo, están tras la crisis de la intemperie y su lado positivo, la comunidad. No sabemos, aludiendo a Ortega, si se trata de una crisis matutina, que anticipa la mañana, o vespertina, que anticipa la noche. El autor apuesta por prevenirnos ante las transformaciones para conservar la posibilidad de un humanismo del cuidado. “Es la mejor resistencia frente a las fuerzas corrosivas de la conexión.” La única que puede mantener vivo el nosotros.

El autor confía en la mañana y las páginas recorridas apuestan por un humanismo en la línea de pensadores tan diferentes como Marina Garcés, J. M. Esquirol o J. L. Molinuevo. Aunque declare en la introducción que no se trata “de proporcionar al lector herramientas con las que transformar el mundo, sino de darle la oportunidad de que vea más de cerca sus transformaciones y pueda prevenirse ante ellas”, en realidad, ¿qué mejor herramienta podía ofrecernos que la comprensión de nuestro presente?

El libro de Porcel va más allá de una investigación sobre la condición humana y resulta, sin pretenderlo, una pequeña filosofía de la historia. Los ciclos humanos, el problema del progreso, el motor de la acción humana y, con ella, la cuestión del sujeto de la historia y de su sentido son asuntos que atraviesan la obra de principio a fin. En su indagación busca apoyos en la literatura y especialmente en el cine; no es casual que la primera nota del libro sea de uno que se ocupa de cine y filosofía. A lo largo de sus casi doscientas páginas Hitchcock, Kubrick, Cronenberg, los hermanos Coen, Coppola y Ridley Scott, por un lado, Camus, Borges, Semprún, los hermanos Grimm, Jünger y Steiner, por otro, se pasean entre filósofos.

A pesar de la opción del autor por conservar lo positivo de la intemperie, e intentando ser fieles a su planteamiento, tal vez sea estéril toda comprensión y toda acción, pues los mecanismos que transforman la situación vital de los seres humanos avanzan de manera inexorable y nos traerán, sin duda alguna, un nuevo modo de indigencia. Tal vez el desamparo esté mudando en aislamiento y, ¿quién sabe?, tal vez los indigentes futuros reencuentren la urgente necesidad del regreso a los otros.

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