Una misma historia -cruenta historia- ha dado pie a diferentes textos narrativos de esta autora francesa, Christine Angot. Con ellos ha obtenido diversos galardones en su país, alguno rechazado por improcedente para la obra, según la autora. Una semana de vacaciones (también publicada en Anagrama, 2012) obtuvo el Premio Sade; la polémica que generaría por su supuesta carnalidad tiene mucho sentido. Es una obra con mucha "chicha" descriptiva, pero es lo más alejado al concepto de placer –sádico- o no, que podamos imaginar.
Christine Angot ha hecho literatura a partir de un suceso luctuoso como es el incesto sufrido a manos de su padre, un hombre al que no conoce hasta sus trece años, y que provoca en ella una fascinación inicial (la que generaría en sí cualquier padre auténtico para una hija) añadida al orgullo que le provoca saberse -o sentirse- su hija.
Con Viaje al este completa algo parecido a una trilogía que inició con Incesto (1999), en que narra lo ocurrido desde la perspectiva del padre. Un amor imposible (2015) es la historia de una madre y una hija, la misma que servirá de partida para este Viaje al este (2022) que ahora comentamos, situación que resume la misma autora (y protagonista) en los inicios de la que tenemos entre manos: «Que la abandonase cuando se quedó embarazada después de haber querido tener un hijo con ella, la marginación resultante en la sociedad de la época, que se casara con una alemana unos años más tarde en circunstancias parecidas, todo estaba olvidado, relativizado, justificado.»
Viaje al este no justifica; nos da pautas para entender qué ocurrió, cómo ocurrió y quizá el porqué de la permanencia en el tiempo de esa dependencia hija-padre, una ligazón insana que ella no sabe romper, y que no acaba, porque antes siquiera que la muerte, el padre abusador se sume en el olvido (en modo alzheimer), que impide a la hija una confrontación sanadora.
La historia, el contenido de la novela, no es ningún secreto. Lo interesante es cómo lo aborda, cómo lo narra; cómo, en cada uno de sus textos, en los que efectivamente se repiten situaciones, anécdotas incluso, todo es diferente. Cómo la escritura de Angot aborda las diversas perspectivas, la del padre, la de la madre, la de la hija inmersa en la historia de la madre, la de ella misma sola ante su realidad y su futuro, algunas veces mirando desde el pasado, otras narrándolo en un presente absolutamente instantáneo, en que nos sumerge.
En Viaje al este nos lleva más allá de una historia narrativa, nos arrastra a encontrar, mientras ella se lo plantea, la trama narrativa con que dar forma a la historia, a los recuerdos, a su entrelazado, a la evolución que se produce en la misma autora y en su entorno, en sus parejas sucesivas y en su hija Leonore. «¿Recopilar las piezas dispersas, con ayuda de la trama narrativa, y presentar un entramado reconstruido y lógico? ¿O colocar las piezas unas junto a otras, como las de una vasija hallada en una excavación, para permitir a los demás que sepan lo que ocurrió?» son dudas que se plantea −nos plantea− y dan forma a un texto que pone en duda la narrativa de autoficción, la escritura testimonial e incluso el periodismo y el mal uso que los medios hacen -¿hacemos? - de él; manifiesta también la característica de su escritura: la claridad.
La memoria, el análisis, la identificación con la realidad, la construcción de la propia culpabilidad y la salida −o no− de la victimización, mientras el mantra que se repite, que le repite el padre es ese «nunca te impondré algo que no quieras hacer» que le lleva a la asunción de lo que ocurre, pero también a la queja −reproche− lo llama él, que la encamina al abandono. Quince años, quince, y queda abandonada, sola y por supuesto, sin dinero, en una estación de tren. Un enclave importante que le sirve, en este Viaje al este, para rememorar ese pasado y concluir la narración. No quiere justificar, no quiere explicarse; solo permite que nosotros penetremos en esa realidad y la vivamos desde dentro. Con sus contradicciones.