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TRIBUNA

La noche de Halloween y el día de todos los santos

martes 01 de noviembre de 2022, 18:40h

Velas, telas de arañas, murciélagos, búhos, brujas, gatos negros, fantasmas, calaveras, todo cuanto genere miedo o terror, junto a exorcismos para repeler a los espíritus malignos que durante estas fechas visitan el mundo de los vivos es Halloween (All Hallow’s Eve, Víspera de Todos los Muertos). Esas cosas tienen lugar durante la noche del 31 de octubre, fecha en que -no habiendo ya más espacio en el infierno- los muertos caminan ya sobre la tierra, Walpurgisnacht entre los alemanes. Ahora el demonio ha llegado a casa, el conjunto de todas las pesadillas se ha expandido por sobre la faz de la tierra. Todo lo que da miedo, los peores sueños hechos realidad se concitan en esta celebración. Que nadie escape al sufrimiento, que ninguna lágrima lo enjugue, que no haya desperdicio ni ahorro de malignidad. Que las calabazas talladas simulando cerebros humanos tengan el formato de una cara con una sonrisa grotesca.

He vivido todo este espectáculo durante años en el país más afecto a la muerte, México, con sus caravanas de zombis a lo largo de kilómetros y kilómetros. La afición tanática resulta exagerada en un país como México, donde ya no se necesitarían esas exhibiciones, pues la realidad supera a la ficción bastando a veces con salir a la calle para contemplar matazones, balaseras, violaciones, secuestros, cuando no personas ahorcadas colgando de árboles o de postes de teléfonos, o embutidas en tambos con la cabeza seccionada encima. En fin, cualquiera de las entradas a USA desde México están sembradas de cruces a lo largo de kilómetros.

En esta situación, y con Halloween pisando los talones de cada ciudadano, no puedo por menos de preguntarme con todo respeto, dado mi amor a ese país: ¿es que no tenían suficiente con la realidad para reduplicarla con semejantes necrocelebraciones?, ¿por qué aman tanto el hedor de sangre estancada?, ¿será que desean ver las ciudades convertidas en cementerios donde cantar mariachis? Prefiero pensar que todo eso es un desesperado mecanismo de exorcización del mal para evitar el mal que tienen encima, un ludibrio catártico a vida o muerte, la invocación de un imaginario desesperado e incierto donde un clavo saca a otro clavo, la escenificación de una gran hecatombe sacrificial del mundo al que seguirá un apocalipsis para empezar de cero, la pervivencia, en fin, del mito del eterno retorno en sucesivos círculos propio de las teogonías mesoamericanas.

Al fin y a cabo, ese complejo mundo respondería en alguna medida a la historia de México (y de otros países), pero en el caso de España esta celebración de la festividad no corresponde a nada, a no ser a la admiración mimética que importa todo lo que rige y está vigente en USA, el país difusionista por excelencia, con su enorme capacidad de inculturación. Quizá también porque en estos últimos que corren no tengan ya nada de extraño los ritmos paganos donde el nihilismo es un esqueleto con la cabeza bajo el brazo acompañado de su huesuda catrina.

Lo cierto es que Halloween, Víspera de Todos los Muertos, precede al 1 de noviembre, Día de Todos los Santos y también de mi propio cumpleaños. En la celebración eucarística de este día el nuevo párroco ha vuelto predicar que los santos son los que están el cielo junto a Dios, sermón teológicamente platónico más que cristiano, que ignora que Santo sólo es el Señor, y ni siquiera el Santo Padre, como llaman algunos o muchos al Papa. En realidad, santos son todos los que siguen al Santo, que es Jesús, aunque se trate de un seguimiento imperfecto. Santo es el Señor, Dios del Universo, y los demás somos pecadores santificados por su amor, gracias al cual nos sigue llamando vírgenes de Israel, aunque andemos cubiertos de herrumbre de vuelta de la enésima prostitución. El hecho que haber nacido yo mismo el día de todos los santos lo prueba fehacientemente, haciendo fe.

La exhibición de la mugre de Halloween es en algún sentido la pagana o aldeana exhibición que de la santidad hacemos en otras iglesias. Cuando éramos estudiantes de bachillerato se nos demostraba la supremacía del catolicismo sobre todas las demás religiones porque teníamos más santos que todas ellas. Definitivo.

Hoy, en mi cumpleaños, rodeado quevedescamente con la paz de los difuntos con los que converso en un país que ya está en otra cosa, con humildad oso musitar que creo en mi santidad por el amor de Dios en el amor de Dios, pese al frecuente diagnóstico negativo que proyecto sobre mí mismo no sin razónDios en que creo me incluye en su vida eternamente amorosa por el sí de su eterna creación. Creo en Dios, señor y dador de vida eterna, pues vida que no fuese eterna tampoco sería buena vida. Creo en Dios porque aspirar a algo menos sería poca cosa para un ser digno. Creo en Dios porque sin él tampoco creería en mí. Y creo que si Dios no existiera yo tampoco. Lo cual no significa que crea tanto más en Dios cuanto menos crea en mí, lo cual, por decirlo con Borges, me desatisface.

Mañana día 2 es el día de todos los difuntos, lo cual sigue en el calendario religioso cristiano al día de los santos. Vida y muerte se copertenecen y son convecinas. No sin gran respeto, y aunque resulte tautológico, creo que el camposanto es el cementerio de todos los seguidores del santo y de toda la gente de buena voluntad. Me daría miedo un tanatorio después del cual nos llevaran a un corralón de muertos, a un pudridero donde oliese a azufre como en Halloween, en vez de oler a santidad. A estas alturas de mi vida, me pregunto si es decente esperar olor de la Gloria de Dios cuando en esta tierra sólo el tomado el botafumeiro para incensarme a mí mismo. Sea como fuere, deseo gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los seres humanos de buena voluntad.

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