El sábado 4 de noviembre de 1922, el arqueólogo británico Howard Carter supo de un escalón asomándose en la arena removida en derredor de manera fortuita por un niño, Hussein, que trabajada en sus excavaciones. Despejados un total de 16 peldaños, la escalinata labrada en la roca lo condujo a una tapia que, tras quebrar los sellos reconstruidos, lo dirigió a un pasadizo que lo guió a una antecámara saqueada, uno de cuyos muros perforó, aún no autorizado, 19 días después, en presencia de su mecenas, Lord Carnarvon y más personalidades; introduciendo una vela de luz trémula por la cavidad, tumefacto, mascullando asombrado sus históricas palabras: “sí, veo cosas maravillosas” al tener frente a sí el ajuar funerario intacto de un faraón que yacía en un espacio hasta ahí no pisado por nadie en 33 siglos. La frase sumaba al “¡Eureka!”, al “¡Tierra!”, a “es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la Humanidad”. Era un sitio dos veces saqueado mas no su sarcófago, resguardado en un tabernáculo de órdago.
Revelado el recinto, relanzó y masificó la egiptomanía, la tutmanía, el regusto por el antiguo Egipto y la siguiente centuria, evolucionó la ortografía encriptada del ignoto dueño de aquellas maravillas: Tut-ank-Katon, Tutankatón, Tutankhamón, Tutankamón, el rey Tut, el Rey-Niño, “La viva imagen de Amón”, que sigue alimentando nuestro interés y la más absoluta y genuina curiosidad. La tierra de Kemet entrelazada con la de Duat, himeneo manifiesto de nuevo en toda su magnificencia y suntuosidad, luciendo boato y leyenda sin par en aquel reputado muestrario aprovisionado, deslumbrante, pese a su calidad hoy cuestionada.
El peculiar tropiezo con la tumba tutmosida hace cien años (la KV62), aquella señalada jornada –una superficie pequeña, modesta, quizá no destinada a él y cuyo embalsamamiento revistió severos errores– impactó en su momento, no solo en el sensacionalismo del hecho inusitado, sino que también inspiró desde maneras en el naciente art decó a incrustarse particularmente en la moda o sugirió historias, donde cuyos autores propalaron leyendas reavivando mitos y supersticiones que, a la postre, proyectadas al cine y al mundo editorial, remarcaron semejantes manifestaciones, alardeando efectos y consecuencias de presuntas maldiciones contra los profanadores de aquel sepulcro, desbordando en suma a la egiptología, para irrigar otras áreas del quehacer humano. Todo ello resulta llamativo, al tratarse de una de esas legendarias figuras históricas que destilan impenetrabilidad y fascinación, aún sin méritos propios. Acaso sabemos más del descubrimiento que entraña el centenario, que del personaje al que alude, ajuarado de forma tan esplendente y apenas, acorde a su rango. Lógico: su menaje sumó 5398 piezas y diez años tomó describirlas y clasificarlas, acrecentando el aura de ese individuo de 19 años, casi desconocido. Se reveló a la masa un paraje con el hipogeo más reducido y cuasi intacto edificado en aquella necrópolis del Imperio Medio, como es el increíble, inhóspito y depredado Valle de los Reyes, más expuesto al expolio milenario que al olvido.
Sí, la celebridad ancestral de marras perteneció a la XVIII dinastía, careciendo de fulgor por no ser un destacado gobernante. Si bien, la figura del Rey-Niño goza de una vitalidad asombrosa, pasó a la Historia, sobre todo, porque se localizó su última formidable y prodigiosa morada –gran aporte para la egiptología y la Historia misma– apenas intocada, libre del facineroso saqueo tradicionalmente presente en las sepulturas circundantes, acercando así a la Humanidad, virginales objetos pregoneros del esplendor del Egipto faraónico, revitalizado justo en el periodo del infortunado monarca descubierto. Y su moblaje y enseres luctuosos fascinantes, permitieron adentrarse en la quintaesencia de la cultura mortuoria del antiguo Egipto, revelando detalles de su concepción, tratamiento, incorporación y avituallamiento para emprender el camino al más allá, desvelados frente a los ojos extasiados del mundo incrédulo del siglo XX. Es uno de sus hitos y la máscara refulgente de 11 kilos áureos recubriendo a su mayestática momia – de cuyo semblante Carter la reseñó como “triste, pero tranquila”– continúa irradiando misterio, al ser la exoticidad más valiosa y sublime de la civilización egipcia y una de las más emblemáticas del quehacer humano, alabada por su portentosa hechura en los compendios del arte universal, ilustrando sus distintivas portadas.
Si dirigimos nuestra mirada hacia Howard Carter, no fue brillante, mas su tráfago evoca tenacidad, espíritu de sacrificio, firmeza por no desistir evitando el desfallecer por el sacro intento por desentrañar el remoto ayer, remontando desasosiegos y abatimientos naturales ante los fracasos en su búsqueda a contrarreloj. Nótese, echó mano de la luz eléctrica y de la fotografía para legarnos las condiciones en que halló efectos, utillaje y atalaje en su estado original, para después proceder a su meticulosa limpieza. No era un aventurero cazatesoros ni un saciamorbos, por mucho que Lord Carnarvon acaso sí lo fuera en su casposa mirada británica decimonónica tan incompatible con un Egipto efervescente que, justo ese año 1922, cesaba al protectorado británico, lo cual suponía perder en pro del país del Nilo, cualesquiera hallazgos alcanzados a partir de entonces. Justo a tiempo para que el afamado enterramiento faraónico fuese resguardado por Egipto, no sin jaloneos, mereciéndolo para sí, atesorándolo como uno de los erguidos centinelas hieráticos situados a las puertas de la estancia penetrada ese otoño de 1922, siendo tal hazaña la punta de lanza para que arqueólogos demanden un siglo después, la devolución de muestras tan preciadas como la Piedra de Rosetta, aludida en esta su columna “Desde ultramar”, semanas atrás.
No yerro afirmando que Carter es como Cristóbal Colón. No cejó en su intento, iba al límite en los apoyos (justo en 1922), requirió elevar rogativas para que no se truncase su esfuerzo y, al final, su proeza es un portento digno de emular. Cada cual cambió el mundo a su modo frente a las adversidades que sus respectivas empresas enfrentaron. Y ambos, no necesariamente sacaron gran raja de su labor. Siempre, sin duda, guardando las debidas distancias entre ambos sujetos.
Aquella reunión de impresionantes e inesperadas antigüedades de exquisita confección y distinguible origen, que cien años después son fácilmente identificables por la profusa difusión de que han gozado, dada la atracción que nos despiertan, suponen ser irremplazables. Inventariadas, fotografiadas y pormenorizadas por largo tiempo, engrosaron irrefrenablemente el imaginario sobre semejante hacienda. Obras cuajadas de notabilísimas incrustaciones, extraordinarios jeroglíficos, simbolismos sagrados, de un derroche en trazo y dorados prodigando fulgentes preciosidades a diestra y siniestra, localizadas en un estado de conservación muy notable; ornamentos, utensilios e instrumentos necesarios para el traspaso y permanencia en la otra vida, son testimonios de insospechada trascendencia, cuya insuperable belleza y grandilocuente mensaje de grandeza y poderío atestiguan palpables prototipos de una sensibilidad artística y de un refinamiento repletos de recovecos, detalles, paramentados, opulentos, labrados con una pureza y un denuedo sobresalientes que, por cuya singularidad, para Carter algunos resultaron desconocidos por su rareza, formas y expresiones.
De aquel cuasi abracadabrante y embebecedor tesoro de prominentes artículos de significativa creación, deambulante entre museos, me embelesan el trono ceremonial, las dagas de bellísimas empuñaduras, los anillos, el carromato y sus sandalias. Otros componentes resultan fabulosos, por supuesto. Cada cosa nos descubre una antigüedad gloriosa de gran señorío y jerarquía. Y su ataúd final recubierto de múltiples féretros va derrochando potestad y enigma. Cada cual más primoroso que el precedente, según se interiorizaba a su túmulo, hasta que afloró el de oro macizo. Tut yace aún en su emplazamiento sepulcral. Su corazón extraviado suma a las incógnitas acerca de las causas de su peculiar muerte, con un exiguo reinado caótico inmerso en la vorágine del retorno a los viejos dioses.
Y transcurrió un siglo. Todavía falta cumplir el centenario de la apertura oficial de la huesa (febrero de 2023) y el encuentro con sus despojos amojamados, acaecido en 1925. Acaso, falte más tiempo para descubrir si, de verdad, la maldición del faraón es real o solo una fábula como todo apunta. Lo que no se agota es su misticismo. Los textos modernos omiten que en su mejilla momificada había indicios de una picadura, justo como la que se produjo en la respectiva de Carnarvon. Sepa si sucedió lo hoy callado sin que el lejano pasado nos responda.