www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

La ausencia de los mejores

Juan José Laborda
x
1718lamartingmailcom/12/12/18
lunes 07 de noviembre de 2022, 19:22h

Común y contagioso es que las personas con las que tenemos confianza acaben por confesarte que están pesimistas ahora, tal cómo está el mundo, aunque la mayoría de las veces recalcan que España, hoy por hoy, ha vuelto a ser un país con más problemas que esperanzas para el porvenir.

Llevo años escuchando que los políticos de hoy son peores que los de mi generación. ¿La generación del 1978, por la fecha del gran acuerdo? Me resisto a creer que sólo la menor cultura política de los actuales, explican el juicio negativo que sobre ellos tienen sus electores de hoy. Las causas y las consecuencias se anudan y mutan siempre, durante los cruciales períodos históricos, y por eso, la gran ocasión que fue la aventura de cambiar la España posfranquista en una democracia avanzada, ese hecho, desde luego, nos transformó en políticos notables a personas que hoy, probablemente, estaríamos sucumbiendo a la mediocridad de los tiempos grises de este presente.

Retengamos que el éxito de la Constitución de 1978, y la alternancia política de 1982, agigantan las figuras de los dirigentes y representantes, hombres y mujeres, de aquellos años.

La constatación y la queja consiste en que en este momento fallan o no aparecen las élites. La Real Academia define élite: “minoría selecta o rectora”.

Hoy en día existen corrientes de opinión críticas con las élites, especialmente en su actividad o función rectora. La democracia creía haber resuelto el problema de las minorías que mandan o gobiernan: la mayoría elegía a los mejores, y por eso su poder se aceptaba como legítimo.

La historia, como siempre, en su discurrir, demostraría que los ideales democráticos se realizaron en la práctica de manera distinta. En este asunto de la selección de las élites, los partidos políticos, una realidad imprevista para el originario pensamiento liberal, terminarían generando oligarquías, en vez de aristocracias democráticas. Ante esa decepción, la reacción habida, frecuentemente, fue buscar en las elecciones directas o plebiscitarias el método para esquivar el control de las minorías rectoras de los partidos políticos, la oligarquía del aparato.

Esa fue la desconfianza que llevó a Eduardo Madina a exigir que los militantes eligiesen en directo al secretario general del PSOE. Compitiendo en unas elecciones primarias con Pedro Sánchez, Eduardo Madina sospechaba del método tradicional de elegir delegados; perdió a pesar de aplicarse su propuesta de nuevo procedimiento, y entonces se dio el paso definitivo en una senda que concluiría con el modelo de dirigente que sólo responde ante los afiliados-electores, que objetivamente, no es sino un modelo de dirigente que no está controlado por ninguna institución, sea su ejecutiva, el comité federal o el congreso federal; ese dirigente no trabaja en equipo, y está condenado a decidir solo. El caso es que esa novedad fue imitada por otros partidos, pronto se comprobó que el remedio era peor que la enfermedad, y hubo menos democracia que nunca.

Volvamos al problema de las élites en España. Hace unos años, antes del empeoramiento con el Brexit y la pandemia, Alan Stoga (1951), un prestigioso intelectual y consultor norteamericano, vinculado profesionalmente con Henry Kissinger (1923), opinó, en una conferencia en Madrid (patrocinada por la Universidad de Deusto), que el principal problema europeo era que sus élites no estaban a la altura de los tiempos y de sus desafíos mundiales. Personas que estuvieron en aquella ocasión con él, discutiendo con detalle su argumento, recuerdan que Alan Stoga dijo algo así como que España necesitaba urgentemente disponer de “una fábrica de élites y de dirigentes”.

Tanto en España, como en el resto de la UE, la preocupación por la baja calidad de las élites ha saltado de las reuniones selectas, a la opinión pública. Una de las más reputadas asociaciones de nuestra sociedad civil, el “Círculo cívico de opinión”, ha encargado redactar su último Cuaderno al historiador Juan Francisco Fuentes (1955), para analizar el tema del famoso libro de José Ortega y Gasset, España invertebrada, justo cuando se cumple un siglo de su primera edición.

Juan Francisco Fuertes, cuyo trabajo, Meritocracia y cuestión territorial (En el centenario de España invertebrada: una reflexión actual), aborda el estudio histórico de las élites. En 1922, señala este historiador de nuestros días, todavía no se utilizaba el galicismo élite, y Ortega empleó otros significantes. Juan Francisco Fuentes escribe: “el tema prioritario no es otro que lo que el autor denomina “La ausencia de los mejores”, título de la segunda parte del libro, dedicada a la abdicación de las “minorías egregias” en el desempeño de su liderazgo natural.”(Egregio: del latín, el que se sale del rebaño).

Juan Francisco Fuentes nos permite comprender los cambios históricos, y las continuidades, que España ha experimentado de 1922 hasta el presente. Es genial la cita con la que inicia su artículo: “El pasado es impredecible”. Este proverbio ruso contiene, en su brevedad, una valiosa lección sobre las consecuencias de adaptar el pasado a nuestras propias obsesiones”.

Efectivamente, la “invertebración de España”, en el libro de Ortega, y en nuestra realidad de un siglo después, parece ser consecuencia del fracaso de la organización territorial del Estado. Sin embargo, Juan Francisco Fuentes, señala que Ortega en su libro de 1922, la “invertebración” que más le preocupa, la raíz de los males españoles, es la que procede de la ausencia de las élites; aquejadas entonces de corporativismo, y en nuestros días, borradas por la videopolítica (Giovani Sartori), descalificadas por el empoderamiento de los demagogos, y sustituidas por influencers, celebridades humanas, pero también animales o robots; en resumen, se ha sustituido el pensamiento crítico, por los argumentarios de los jefes de prensa.

Conclusión provisional. La “invertebración” autonómica, que día a día se manifiesta escandalosamente con exigencias, peticiones, negociaciones, y ausencia de cualquier signo de solidaridad, de los políticos nacionalistas, parece probar el fiasco del Estado de las Autonomías. No niego la desazón y el hastío que siento cada vez que eso ocurre. Sin embargo, creo que hay un problema con las élites nacionales, nacionalistas y regionalistas, más que un problema entre las regiones o autonomías con el Estado de la Constitución de 1978. En mi opinión, en el fondo se trata de un problema con los partidos políticos. La capacidad de los partidos políticos de resolver sus problemas electorales, a cualquier precio, pueden hacer estallar el sistema político, incluso el Estado. Cameron convocando un referéndum sobre el Brexit, o Artur Mas disolviendo el Parlament para presionar a Rajoy, son patéticos ejemplos. En España, a diferencia del federalismo de Alemania, las Comunidades Autónomas sólo se relacionan con el Estado a través de los partidos políticos; en Alemania los Lander se relacionan con el Estado federal a través del Bundesrat, la segunda cámara o senado federal. Este gigantismo acromegálico de los partidos políticos, afecta negativamente a la función de las élites sociales, y reduce la política a desnudo poder.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (7)    No(0)

+
1 comentarios