www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

El mundo es una montaña de mierda; hay que cogerla con las manos sin ensuciarse el corazón

lunes 07 de noviembre de 2022, 19:24h

No es que en España se hablara muy bien en el pasado, pues eso les está vedado a quienes nunca se lo han currado, bien sea por haber pensado abrirse el camino a machetazos sin más a la salida de las discotecas, o por haber puesto la mira en la magnanimidad del Estado de Vagos que les convierte en Sobradamente Preparados.

Y, si del hablar pasamos al escribir, aquí las cosas empeoran notablemente; no es que el idioma español resulte especialmente complicado en comparación con otros, en los cuales resulta dificilísimo redactar bien sin tener buen oído: la mayor barrera para escribir bien el idioma español está en las comas, y ahí la gente o se pasa o no llega, obligando el mal escritor al pobre lector a hiperventilar por exceso en el primer caso, o en el segundo a morir en estado de coma por ausencia de oxígeno, dada la distancia kilométrica entre una coma y otra, sin descansillos. La otra dificultad, la ortográfica, no tiene remedio, pese a los numerosos años de español cursados sin fortuna en nuestras escuelas primarias, secundarias o terciarias. Tampoco nos lo pone fácil la Real Academia de la Lengua, que, en lugar de limpiar, brillar y da esplendor, tira a la baja permitiendo escribir indistintamente sin “S” Psicología (ciencia del alma) y Sicología (ciencia del higo), y tantas otras.

Y, como los idiomas están en permanente evaluación, quién sabe qué escritura espera a los españoles en los próximos decenios; será para mear y no echar gota. Tampoco va a resultar fácil, en todo caso, encontrar el género literario entre tantas identidades de género, tan exaltado como fragmentado gracias a su pensamiento líquido y su sexo fluido, con resultado de género degenerado: qué buen regenerador será el que lo regenere.

La prosodia misma sufre tarascadas en los “medios”, así llamados porque comunican a medias, cuyas quiebras de ritmo por parte de los locutores y locutoras parecen una montaña rusa o un rompepiernas acústico.

Y esto por no hablar de los mensajes apocopados del lenguajete de los t.q.m, una jerga de inautenticidad encriptada para los dependientes de teléfonos móviles, mensajes y masajes a los que cabría denominar telefonía sin hilos dada su carencia de hilación y de ilazón, discurso interrumptus donde los emóticos, ay, se han comido a los demóticos. Resultado: que sólo manda el jefe de rancho: “aquí sólo mis chicharrones truenan”.

Pero haya calma, hoy escribimos peor que ayer pero no mejor que mañana, a tenor de la ley de bronce de la escritura; si algo puede escribirse peor todavía, se escribirá. Los lenguajes viven una plétora de agresividad creciente por influencia de otros países que no saben decir “madre”, sino “puta madre”, ni culo, sino “tu sucio culo”, ni caca, sino “me cago en tus muelas”. O sea, la chingadera.

Nunca se necesitó tanto horror como ahora para cagarse en la hostia y en Dios, aunque sin lavarse la boca con perborato antes ni después, una vez convertida ella misma en sucio albañal. Es de suponer que, en pleno diluvio o cacuvio universal, el omnicagante Cagancho diarreico se tomará a sí mismo como Dios, sin caer en la cuenta de que al hacerlo se caga en sí mismo. Al comemierda narcisista le encanta el tema. Glotón de sus deposiciones reformula el “pienso luego existo” con este otro: “Me cago, luego existo”. Ahora bien, ¿cómo sería posible pensar que el tiro de la deposición salido entre las dos piedras feroces podría llegar a alcanzar a Dios? Ni siquiera en las academias de tiro más antiteas se ha intentado disparar o disparatar con tanta elevación, pues a mayor elevación del fétido elemento tanto más rápida y certeramente desciende sobre el cagántropo que lo catapultó hacia lo más alto. En esta selva de varia elección los coprófagos teológicos fracasados, no habiendo podido lograr la muerte de Dios, al menos se contentan con cagar su icono, pájaros de mal agüero.

El metalenguaje de los cagamendioses va dirigido contra sí mismos y les implosiona interiormente, de ahí su condición de malhueles intrínsecos que arrojan sus porquerías contra todo lo que se mueve, pero se las tragan enteras. Del mismo modo les sale el tiro por la culata o el culete cuando engorrinan los ideales que les superan, maestros como lo son en el arte del resentimiento. La mierda genealógica no es más que la propia inmundicia de quienes no han sabido ser ni padres, ni adultos, ni niños, ni serán nada nunca. ¿Se ciscan en sus maestros? Al cagarse en ellos se convierten en aventajados alumnos de la mala leche.

Detrás de cada uno de los cagamendioses hay un Epimeteo fracasado, un cagarruto, no un Prometeo rebelde contra el Padre, ni un Hércules poderoso, sencillamente un asustado que lisa y llanamente se lo hace encima. Hay que erguirse ante los cagones de opereta, a ver si de una vez, tras de haber lanzado sus descompuestos residuos contra el universo, caen en la cuenta –más vale tarde que nunca- de que no se encuentran ellos mismos nada bien y se ponen a dieta severa de estupideces hasta que desaparezcan sus diarreicas cóleras.

El mundo es una montaña de mierda; hay que cogerla con las manos sin ensuciarse el corazón. La otra alternativa sería comerla si es que, acabada la inacabable guerra de Ucrania, hay suerte; como decía el pesimista al optimista: ¿tú crees que al paso que vamos habrá mierda para todos?

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+
0 comentarios