Los paganos alemanes celebraban contra el día de Todos los Santos la Noche de las brujas, las cuales volaban sobre escobas, gatos o cabras hacia la sajona Sierra del Harz para festejar su orgiástico aquelarre relatado por Goethe con Fausto y Mefistófeles como protagonistas En aquella Walpurgisnacht los amenazados lanzaban al vuelo las campanas de las iglesias, encendían fuegos para protegerse de los malos espíritus, las puertas eran adornadas con crucifijos y ramos de hierbas, las escobas con las cuerdas hacia arriba, los hombres solteros dando latigazos en las casas y, para proteger al ganado, se colocaba sal en el umbral de los cobertizos.
En el quinto acto de la escena primera Shakespeare describe al príncipe danés Hamlet regresando del destierro de Inglaterra y pasando por un cementerio donde habla con un sepulturero que le informa de la muerte de Yorick, bufón de la corte y amigo de la infancia del propio Hamlet, que ahora sujeta su calavera en la mano mientras recuerda sus virtudes y reflexiona sobre la muerte y el paso del tiempo: “¡Ay! ¡Pobre Yorick! ¿Qué se hicieron de tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes que animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya de músculos, ni siquiera puedes reírte de tu propia deformidad. ¿Cuánto tiempo dura un hombre en tierra sin pudrirse?- Aldeano: A fe, si no está podrido antes de morirse (porque hoy día tenemos muchos cadáveres con un mal francés que apenas aguantan hasta que les entierran), os dura unos ocho años, o nueve años. Un curtidor os dura nueve años. -Hamlet: ¿Por qué ese más que otros? -Aldeano: Pues señor, porque tiene la piel tan curtida con su oficio que no deja pasar el agua mucho tiempo. Y esa agua es una cruel corruptora del hideputa del cadáver. Aquí tenéis ahora esta calavera, que lleva en tierra veintitrés años. -Hamlet: ¿De quién era? -Aldeano: De un hideputa de tío loco: ¡La peste se lo coma, bribón de loco! Una vez me echó por la cabeza un frasco de vino del Rin. Esta esta mismísima calavera, señor, fue la calavera de Yorick, el Bufón del Rey. -Hamlet: ¿Esta? -Aldeano: La misma. -Hamlet: Déjame ver. Ay, pobre Yorick: yo le conocí. Era un tipo de ingenio infinito, de fantasía estupenda; me llevó a espaldas mil veces, y ahora ¡cómo me repugna al pensarlo! El estómago se me revuelve. Aquí colgaban los labios que besé no sé cuántas veces. ¿Dónde están ahora tus burlas, y tus cabriolas, y tus canciones, y tus chispazos de alegría, que solían hacer a toda la mesa lanzar una risotada?”.
La historia de las dos Españas podría definirse como la de las dos calaveras, una roja y otra azul, cuya exhumación nunca concluye. Los desenterradores de por aquí andan contando cada fémur recuperado como una victoria post mortem sobre quienes lo arrojaron a la fosa con un par de tiros. ¿De quién será esta cabeza, a quién corresponderá el ADN de este sujeto? La rabia todavía aún hiede, seguimos unidos por las madrugadas de aullidos silenciosos; las mismas que sirvieron para fusilar a los vivos sirven ahora para recuperar a los muertos, pero con idéntica nocturnidad y alevosía. Unas están marchando a Cuelgamuros (¡qué manía por colgar a la gente!) y las otras vagan para siempre transterradas del Valle de Josafat, si alguna mano piadosa las desestercola con los propios dientes, única forma de rehumanizar a los inhumados antes de ser deshumanizados.
En el flamante Ministerio de Calaveras los funcionarios provistos de asépticos guantes se disponen hay a catalogar cromáticamente los restos: al centro izquierda los rosados, hacia el rojo del espectro, con un poco de brillantina, los de la extrema izquierda. Un auténtico Museo de los Horrores en modo gemeres rojos. Y que se apañen como puedan los fusilados de Paracuellos del Jarama, que los trasladen a los huecos que han dejado “libres” sus anteriores inquilinos, al fin y al cabo la tumba estará todavía calentita y solucionaríamos el problema de dos epitafios al precio de uno, ambos con la misma azada, ahorro que podría emplearse en comprar más y más efectivas armas para la próxima guerra mundial, nuevo rumor de ángeles.
El muerto al hoyo y el político al boyo. Al fin y al cabo, lo más reaccionario es echar la culpa de todo a los partidos políticos, pobres sufridores, pues la culpa de todo el tibilorio está en que hay en España muy pocos carpinteros: si los pusiéramos a todos ellos a construir ataúdes, a destajo, problema resuelto. Los políticos simplemente son poderosísimos animales mnemónicos, cavan el odio hasta la última morada catártica, lo que no parecen tener es tanta inteligencia como memoria, y también carecen de voluntad para desestercolar la tierra con sus dientes. Los políticos, elefantásticos por su continua presencia en los medios, ni siquiera con ayuda del elefantiásico priapismo del que tanto presumen; sólo les está vedado hacerse el harakiri sin echarle la culpa al partido enemigo. Pequeños monstruos en su mayoría, servatis servandis.
Mi madre era de derechas y católica “a machamartillo” como Menéndez Pidal; mi padre republicano de izquierdas, colaborador con la Institución Libre de Enseñanza, al que tocó miliciar en el campo rojo. Ambos, con todos nosotros, sus hijos sufrieron cada entierro de cada lado; después de la república, la guerra y la pertinaz sequía, todos hemos sido metafóricamente huérfanos de ambos bandos, pero ¿dónde habrá que firmar para que no exhumen-inhumen-reexhumen del humus de la tierra nuestros restos mortales?
En fin, a estas alturas cada vez me cuerdo más del pragmático barbero que tenía distintas tarifas: la normal por hacer el servicio sin más; la segunda, según diera conversación al cliente o no; la tercera dándole la razón; para la propina, las alabanzas, tanto si el bien pelao era de la Fai como si de la Failange. Un auténtico homo sapiens.