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TRIBUNA

Ser maestro: Charles Péguy

jueves 17 de noviembre de 2022, 20:05h

Escribía Péguy: "En mi época, en la mayoría de los oficios se cantaba". Hoy se refunfuña. En aquel tiempo los salarios eran de una bajeza de la que no cabe hacerse una idea. Y sin embargo todo el mundo comía. Había en las casas más humildes una especie de holgura cuyo recuerdo se ha perdido. En el fondo no se pagaba. Y no había nada que pagar. Y se podía enseñar a los alumnos. Y se les enseñaba. No había esta especie de horrorosa estrangulación económica que hasta el presente cada año nos da una vuelta de tuerca más. No se ganaba nada, no se gastaba nada, y todo el mundo vivía. No había ese estrangulamiento económico de hoy, frío, científico, regular, constante.

Nosotros hemos conocido obreros que tenían ganas de trabajar. No se pensaba más que en trabajar. Iban, cantaban. Trabajar era su alegría y su raíz. Nosotros hemos conocido un honor del trabajo conservado intacto a lo largo del tiempo, lo mismo en el trabajo en su conjunto que en el detalle. Esa piedad de la obra bien hecha, hasta sus más estrechas exigencias. Yo he visto durante toda mi infancia poner asientos nuevos a las sillas exactamente con el mismo espíritu y con el mismo corazón y con la misma mano con que ese mismo pueblo había tallado sus catedrales.

En esa misma felicidad del oficio convergían todos los más nobles sentimientos. Una dignidad. Una bravura. No pedir nunca nada a nadie, decían. Pues pedir trabajo no era pedir. Era lo más normal del mundo, lo más natural, reclamar, ni siquiera reclamar. Era ponerse tranquilamente cada uno en su lugar en un taller. Esos obreros no eran siervos. Trabajaban. Un palo de una silla tenía que estar bien hecho. Era algo sobreentendido. Hacía falta que estuviera bien hecho en su ser mismo. Una tradición sobrevenida de lo más profundo de la raza, una historia, un absoluto, un honor quería que ese palo de silla estuviese bien hecho. Cualquier parte de la silla que no se viera se hacía exactamente con la misma perfección con que se hacía lo que se veía. Era el principio mismo de las catedrales.

Un respeto a los ancianos, a los padres, a los parientes. Un admirable respeto a los hijos. Naturalmente, un respeto a la mujer en cuanto que mujer. Un respeto a la familia, un respeto al hogar. Y sobre todo un gusto propio y un respeto al respeto mismo. El honor del hogar y el honor del oficio eran el mismo honor. Todo era un acontecimiento sagrado. Todo era una tradición y una enseñanza, todo estaba legado. Todo era una elevación, interior, el sueño y el despertar, el trabajo y el poco de reposo, la cama y la mesa, la sopa y la carne, la casa y el jardín, la puerta y la calle, el corazón y la llave, y los cubiertos sobre la mesa.

Y un sentimiento increíblemente profundo del honor deportivo. No solamente la idea de hacer lo mejor, sino la idea, en lo mejor, de hacer rendir lo más posible. Un disgusto sin fondo por la obra mal hecha. Un desprecio más que de gran señor para aquel que hubiese trabajado mal. Ni siquiera se les pasaba por la cabeza esa idea. Riendo, para hacer rabiar a los curas, decían que trabajar es rezar, y no sabían cuánta razón tenían al decirlo. Su trabajo entero era también una oración. Y el taller era un oratorio. Todo era un bello rito. Estos obreros hubieran sido sorprendidos si se les hubiese dicho que algunos años después los obreros –los compañeros- se propondrían oficialmente hacer lo menos posible, y que considerasen tal cosa como una gran victoria.

El sueño social de Péguy era el de remontar esa energía desde el pueblo hasta las clases más altas, contaminadas por el espíritu burgués de tranquilidad, de lucro y de discordia. Ahora bien, ve expandirse y propagarse un contagio inverso al que él esperaba en este pueblo en el que había puesto toda su esperanza. Ese mal radical al que denomina espíritu burgués, reino insolente del dinero, mediocridad intelectual, pensamiento sumario y acción brutal, confort y olvido de las grandes causas, que poco a poco se extiende entre las masas. A aquel espíritu revolucionario, a aquel afán de justicia, se le desvía descaradamente hacia una desafección del trabajo honesto. El antiguo aristócrata ha devenido un burgués adinerado. En cuanto a los obreros, sólo tienen una idea, la de llegar a ser burgueses.

La revolución será moral o no será, decía Péguy, y no pensaba que eso fuera un método para reemplazar las ideas por ordenanzas, las iniciativas por tomas de partido aprioris, las virtudes por violencias. No es al pueblo, sino a la burguesía, a sus agentes, ya estuviesen disfrazados de defensores o de amigos del pueblo, a quienes atribuía el nacimiento y la protección del mal. Pero estimaba al pueblo lo suficientemente alto como para no engañarlo con literatura electoral y como para situar la preocupación por su integridad moral antes incluso que por el éxito de sus reivindicaciones.

Péguy no creía que todo estuviera echado a perder. Pero era necesario detener el movimiento de caída. Ahora bien, cuando buscaba la supervivencia de aquellas viejas cualidades, las encontraba entre los campesinos, luego entre esas pequeñas gentes fieles a sus “místicas”, amantes de su oficio, limpios, buenos y honestos, sabedores de lo que era la amistad: los profesores y los maestros de enseñanza secundaria, al menos aquellos cuya preocupación dominante no era la de llegar a cualquier precio a la enseñanza superior: “De todos estos pueblos los mejores eran tal vez todavía aquellos buenos ciudadanos que eran nuestros maestros. El personal de enseñanza primaria era el civismo mismo, la dedicación sin medida al interés común”. Contrariamente a semejantes intelectuales, a semejantes políticos, procedían del pueblo sin haber salido de él, conservaban no sólo el contacto con él, sino también la savia: “Aquellos funcionarios, aquellos maestros no se habían separado del pueblo. Ni del mundo obrero y campesino. Ni de ninguna manera hacían ascos al pueblo. Ni de ninguna manera deseaban gobernarle. Apenas conducirle. Hay que decir que querían formarle. Tenían derecho a ello, pues eran dignos. No lo lograron, y eso significó una gran desgracia para todo el mundo.

Salidos del pueblo, hijos de obreros, de campesinos y de pequeños propietarios, también ellos mismos de algún trozo de tierra, seguían siendo el mismo pueblo, no endomingado solamente un poco más aliñado, un poco más puesto en su sitio, un poco más ordenado en los bellos jardines de sus casas en la escuela. Ante todo, no se las daban de listos. Estaban justamente en su lugar en una sociedad bien hecha.

Péguy había conservado al respecto una imagen deliciosa a la que llamará la época heroica del uniforme: “Nuestros jóvenes maestros eran hermosos como húsares negros. Esbeltos, severos, ceñidos. Un largo pantalón negro con una orla violeta. Un chaleco negro. Una larga levita negra bien derecha, bien tallada, con dos palmas violetas cruzadas en la espalda. Una gorra chata, negra, con dos nuevas palmas cruzadas en el reverso por encima de la frente. Era como un inmenso depósito gubernamental de juventud y de civismo. El gobierno de la República estaba encargado de proporcionarnos tanta juventud y tanta enseñanza. El Estado estaba encargado de proporcionarnos tanta seriedad. Aquella escuela normal constituía un reservorio inagotable”.

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