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TRIBUNA

El niño Lorca

viernes 18 de noviembre de 2022, 19:05h
Actualizado el: 18/11/2022 19:30h

Debajo de las alas del dragón hay un niño.

Caballitos de cardio por la estrella sin sangre.

El unicornio quiere lo que la rosa olvida,

Y el pájaro pretende lo que las aguas vedan.

Federico García Lorca

Federico García Lorca, niño enamorado del dolor, del duende que no es gnomo ni taconeo flamenco, sino oscuro arraigo de pies calientes y gélidas manos de caricia que viajó al extranjero. Crujido lóbrego, y sombrío arraigo a una tierra que germina ramajes de arteria mientras aúlla escarnios de perdedores y malditos. Hermosos y malditos, a la Fitzgerald pero en sus antípodas, a los que cantó un niño grande enamorado del dolor.

Primero, los calés, malditos de Guardia Civil y navaja vespertina, en su Poema del cante jondo, en su Romancero gitano. Más tarde, en magnética eclosión, esos gitanos yanquis del algodón y el navío triste y hoy, ahora, ya, del cuello mordido por rodillas de perro zafio y hambriento: los negros, con su nívea dicción de aleluyas y esclavitudes susurrada en la olvidadiza memoria del tiempo. Siempre, los zíngaros del amor que no se atreve a decir su nombre, atropellados por escarnios de pueblo hostil y burla zafia, inventándole con las manos sombra de pájaros que estrellan la libertad contra los paredones encalados en que se fusilan todas las infancias.

Federico García Lorca, niño enamorado del dolor y la muerte. Tan enamorado que la buscaba como zahorí, perdido ya el palo de la alegría en las alcantarillas de la gran ciudad. Tan enamorado que la presentía en cada esquina de los versos que de su piel brotaban como pedradas de seda en la sien del temblor. Enamorado de una muerte que encontró o le dio encuentro, pero a la que se abrazó de inmediato para permanecer por siempre niño.

Aunque su adiós fue asunto de engendros que, por desgracia, siguen engendrando monstruos que hoy ansían ametrallarnos el sueño. El sueño de la razón produce monstruos, gritó Goya, aquel otro niño oscuro del pincel y la rabia sorda. Pero resulta que el de lo irracional engendra más terribles, ignorantes y aberrantes bestias.

Que la muerte del poeta fue asunto de engendros, decía. Y que, de él haber vivido hasta conocer el nuevo siglo, habría permanecido por siempre el niño que fue y aún se esconde tras títeres de cachiporra y gesto locuaz de felicidad impropia. De él haber vivido, seguiría jugando a florecer la sonrisa de los hermosos malditos y agrietar la de quienes desean engendrarle una sutura en los labios para que permanezcan por siempre mudos.

Así, como niño, se entregó a un juego de metáforas locas de surrealismo e imágenes que danzan zapatos de mordisco y miedo en ese tan paseado por encima y poco caminado Poeta en Nueva York tras cuya cópula, más que lectura (ese libro lo he violentado por todos los orificios), no pude yo jamás volver a ser el casi niño que le acariciaba las páginas sin saber, aún, que acariciaba La Poesía.

Es bueno para la humanidad saber que hay niños que hasta el fin renegarán de todo lo nefasto que implica coronar el campo base de la edad adulta, antes de iniciar el descenso que coronar todos los vértigos. Al menos, para mí, es milagro seguir mojando la piel en el mismo mar de desarraigo y nervio en que moja la pluma ese niño Lorca que, en sus páginas y entre mis latidos, seguirá por siempre jugando.

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