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LA BÁMBOLA

Paco Bezerra frente a todas las bocas abiertas

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
miércoles 23 de noviembre de 2022, 19:28h

Llega el susto azul, el relámpago azul, la furia azul, el escalofrío letal por los dedos manchados de tinta. Paco Bezerra (44 años) compila su teatro completo hasta la fecha: Velocidad mínima (La Uña Rota). Gasta melena rizosa de Camarón, chándal y oro, playeros y anillos, osadía y obreraje. Cuando le llamaron para darle el Premio Nacional dijo al ministro que no sabía lo que era ese premio y que no se había presentado, el hombre le explicó paciente que no había que presentarse. Cuando le preguntan sobre tus textos explica cómo los griegos también escribían sin acotaciones. Es el eslabón siguiente a Juan Mayorga, teatro literario, texto y solo texto, triunfo en América y Europa.

Su poética principal es aquella por la que advierte no escribir Teatro sino Literatura dramática. Ello sorprende a críticos y a las señoras que en el metro le miran con cara de si me vas a robar el bolso. Bezerra habla claro: el solo escribe texto, su lucha es con las palabras, y lo otro, el teatro, es de quien sube la obra a un escenario. Confiesa que sus padres no saben realmente a qué se dedica, y que sufren un poco por eso de que no abriera un bar a la salida del pueblo, en Almería. Hace tiempo que la Literatura dramática le da techo en el centro de Madrid, comida y muchas peticiones para eso mismo, subir a escena el oro con todos los honores. Es Literatura oral, palabra en acción, pero mucho más vanguardia y tradición. El corazón de Fedra, escrita en seis meses, superó las cien representaciones en un parpadeo y llegó a todos los confines del país. Grooming, sin embargo, tuvo un accésit en el Lope de Vega, y estuvo a punto de rechazarlo, por carecer de dotación económica e impedir enviarlo a otros concursos, fuente primera del manantial, el bisni absoluto.

Paco Bezerra defiende un calambre, un teatro de las preguntas, un espectador que duda, ajeno maniqueísmos, lo bueno y lo malo, clavado en la butaca como en el mejor potro de tortura. A los absortos por su talento, todos con la boca abierta, les responde tan pancho que solo se dedica a eso, y que uno catorce horas al día haciendo pasteles, pues es inevitable que alguno le salga cojonudo. El creador es un obrero de las palabras, ajeno a lisonjas huecas, piropos fáciles y sonajeros. Busca el pulso de su época, el encuentro con la calle; esa luz donde, a la manera de Lope y Calderón, la vida va por delante, la vida salta en cada diálogo, la vida abre la espesura y solo ella juzga. Pasó de Ventaquemada, con mucho fuego de camioneros, a la vida de Santa Teresa de Jesús, a la que llegó a ver en alguna “rave” bajo manto de niebla nocturna, caramelitos de esos de colores y brutal desparpajo femenino. Desde el 2011 su obra se representa regularmente en 17 países, traducida a decenas de idiomas. Un sueño y una pesadilla.

Confiesa haber aprendido mucho de José Ramón Fernández, quien daba clases en el Laboratorio de Teatro William Layton (también Mayorga o Amestoy en la Resad).Tiempo seguido a conocerle se traslada a París, vive como puede en el barrio de Jaurès, algunos ingresos como asistente de conversación en un instituto, y frente a una cerveza fría y en la atmósfera de un bar de barrio, asiste a los disturbios en El Ejido, su tierra lejana española, embrión de lo que sería Dentro de la tierra (futuro premio Calderón de la Barca). Es el creador de las suelas de viento, el dramaturgo de la prisa y la vida, el ladrón de fuego, siempre “orejero” como decía Lalanda, el oído pegado al suelo y la pared para que la vida no se escape. Tras ganar el Calderón le dice Guillermo Heras: “El texto está muy bien y aprovecho para darte mi enhorabuena. Puedes estar orgulloso pero, desafortunadamente, me temo que, en este país no hay director capacitado para llevarlo a escena”.

No es nueva la corriente dentro del río revuelto por los tiburones: incomprensión, desprecio, etiquetas de autor rural debido a sus dos primeras obras (Ventaquemada, Dentro de la tierra), miopía, estigmatismo y ceguera. Giran exitosas las criaturas siguientes como Grooming, La escuela de la desobediencia y El señor Ye ama a los dragones. Paco Bezerra acuña una marca. El pequeño poni ya lo convertiría en una estrella internacional: Chipre, Buenos Aires, Atenas, Londres, Caracas, Polonia, Montevideo, Grecia, Suiza. Una fuga sin fin.

Escribe Paco Bezerra en las palabras liminares de esta valiosa joya al desnudo: “Cuando escribo, soy como esos peces que se sumergen en lo más profundo del mar y se quedan a vivir bajo el fango; necesito sentir el peso del lodazal sobre mí, aplastándome. Se me hace muy complicado salir de una ciénaga para meterme en otra. Cuando escribo, lo único que me pide el cuerpo es resistir y permanecer, no moverme del sitio, a la espera de que el empeño y la insistencia terminen por dar su fruto”. Un francotirador, un obrero completo de las palabras, secundando por una hoguera apagada que a veces cobra vida: “Escribir teatro puede llegar a ser realmente peligroso”. Confiesa en sus conferencias que no paga Autónomos, al estar los derechos de autor exentos de IVA, por lo que le quedará en el futuro una pensión de mendigo. Será el mendigo más lujoso de la chusma: algo así como un visionario, el hechicero salvaje de la tribu al que las palabras siempre otorgaron calor, amparo y supervivencia. Paco Bezerra: unos dedos que no dudan. Velocidad mínima: luciérnaga o linterna para estos tiempos oscuros donde los virus crecen a escondidas y la miseria no descansa. Cierre la boca, lector, por ahí también entra el bicho cruel.

Diego Medrano

Escritor

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