Vaya por delante que no desearía ni al peor de mis enemigos, si los tuviera, un cáncer de testículos, eso sería una venganza gitana, dicho también sin la menor sombra de racismo, tan sólo para señalar la capacidad destructiva de sus temidas maldiciones, de sus juros y de sus conjuros, a los que al menos hasta hoy han sido tan dados, aunque esto merezca la denuncia de SOS Racismo; al fin y al cabo, si no te acusan de antigitano te acusan de antifeminista, hoy vivir es ser acusado.
Vaya también por delante que vengo en son de paz a esta cuartilla, casi con bandera blanca. Ahora bien, yo con eso de los espermatozoides no simpatizo del todo, primero porque me da un poco de yuyu verlos ir tan ciegos y alocados para sacar el número uno de su promoción. Cada uno de los humanos vino al mundo por haber sido el más rápido de su camada, pero seguramente no para ser el más bueno, véase el caso antonomásico de los espermas de Adolph Hitler, el animal más veloz de la historia, una rata abominable. Tanta rapidez no puede ser buena, y menos aún orientada hacia la masacre de la raza humana.
Para mi gusto, tenía que haber habido entre los espermatozoides un diálogo procedimental como el propuesto por los académicos contractualistas John Rawls o Jürgen Habermas, del cual habrían salido los mejores gestores de humanidad, no sólo los más rápidos. Cuando no existe democracia, el animaloide termina haciendo honor a su animalidad organizando compulsivamente guerras de exterminio contra los judíos menos rápidos, et ita porro. Así que el animalario de los más rápidos me preocupa tanto como a los dizque científicos, que viven del recuento espermatozoídeo.
Lo indiscutible es que, te pongas como te pongas, la calidad de los espermatozoides de los varones, su virilidad, su masculinidad, está disminuyendo mundialmente en más del 50 % en los últimos 50 años, disminución que se ha acelerado en los últimos por culpa de ciertos estilos de vida nocivos (entre otros el de llevar los vaqueros demasiado ceñidos), y también de los productos químicos flotantes en el medio ambiente y que se cuelan en los calzoncillos. Tanta dieta científica, tanta báscula, tanto pepinillo, tanto footing, tanto jugo gástrico defraudado, tanta comidas, y mira cómo se lo paga el espermatozoide.
Mejor antes. Antes, los testículos eran lo más respetable, tanto que quien juraba ante el juez se echaba las manos a los antecitados tomándolos por testigos de descargo: no había testigo (testis) sin testimonium (juicio) de los testes (testículos). Eran los testículos, pues, el máximo valor de verdad en el terreno judicial, el definitivo iure iurando adigere. Si uno no decía la verdad por cojones, ¿quién podría decirla?
Ignoro cómo se cuentan los espermatozoides, en las escuelas no se hacen esos sumatorios, pero doy crédito a los científicos especialistas en partes bajas. Como fuere, el resultado de dicho conteo no es solo un indicador de la fertilidad humana, sino también de la salud y de la supervivencia de la especie, ya que los niveles bajos se asocian con un mayor riesgo de enfermedades crónicas, cáncer testicular, menor esperanza de vida, crisis global relacionada con el entorno y con la modernidad: “Los recuentos espermatozoideos no solo afectan a la fertilidad de los hombres, sino también con el síndrome de disgenesia testicular, la alteración hormonal y los defectos genitales congénitos. Esto no puede continuar sin control. Si no se mitiga este grave problema, podría amenazar la supervivencia de la humanidad. Se nos viene abajo el macho, hasta las chicas del género van a necesitar elevarlo, siquiera sea por propio interés. Dime de la potencia eugenésica de impugnas y te diré qué instinto de conservación tienes. Las autoridades sanitarias hacen llamamientos a la acción global para promover entornos más saludables para que nuestros espermas sirvan tan poco como un canario en una mina de carbón, aunque esto de vivir como un canario en una mina de carbón no pasa de ser una metáfora, sobre todo porque no sabemos si entre los estibadores canarios habrá habido muchos mineros como los que cantara Antonio Molina.
Pero, sobre todo, y para que lo entiendan bien los bocazas: el problema de los genitales no está en el tamaño de los melocotones, entérense los de testículos en ascensor, los que la tienen más larga, los machomanes de playa, los jefes de rancho que sobre sus caballos y a coces restallan la fusta a la voz de “aquí sólo mis chicharrones truenan”. Dicen que por la boca muere el pez, y será verdad, pero el humano muere por la pretendida hipertrofia de sus cojo/nitales, como el pájaro uyuyuí, así denominado por volar tan bajo que choca sus pesadas pudendas partes con las piedras haciéndoles sufrir mucho.
En cuanto a mí, la última vez que estuve de dieta me dijo el doctor: “Usted, los huevos ni tocarlos”, y mi respeto al galeno es tanto, que incluso en los urinarios públicos me pongo la mano debajo de la nariz para evitar su visión. Reconozco también que soy tan torpe, y sobre todo que estoy tan gordo, que ya no puedo agacharme para ningún tipo de exploración, profiláctica o no, ni siquiera para hacer la lazada de los cordones de las zapatillas.
En fin, que esto de tratar bien los huevos merece repeto. Por eso ya no pido en el restaurante ni huevos rotos ni huevos fritos, ni huevos pasados por agua, ni mucho menos huevos revueltos. Tengamos, pues, la fiesta de los huevos en paz, y el conteo del espermario que lo hagan otros si no hay más remedio: que alguien me los toque, porque yo solo ni sé, ni quiero, ni puedo.