A nadie le sorprende ya el doble rasero de determinados políticos a los que no se puede hacer o decir lo que ellos han estado haciendo y diciendo al que está en la bancada de enfrente. Sin incidir demasiado, porque seguro que ya han escuchado mucho al respecto, ¿qué diferencia hay entre lo que ha venido haciendo Podemos desde que tienen peso político en este país contra miembros del PP, Ciudadanos y Vox con lo que han hecho últimamente algunos políticos a Irene Montero?
Acudir al terreno personal para atacar políticamente a un miembro del partido contrario es despreciable venga de quien venga. Si no es usted político, probablemente estemos de acuerdo en que no todo vale en política. Pero tan criticable es lo que dijo Carla Toscano de Vox a Irene Montero de Podemos como lo que hizo anteriormente, por ejemplo, Pablo Iglesias de Podemos con Ana Botella del PP. ¿Es mejor Iglesias que Toscano? ¿Alguien ve la diferencia entre el insulto fácil de uno y el de la segunda?
Si nos ponemos “puristas”, según el código penal “progre”, tiene más “delito” el exvicepresidente del Gobierno por su condición de hombre. ¿Podríamos llamarlo “violencia política machista”? ¿Lloró Montero cuando Iglesias ejerció su violencia política contra Botella?
Pero es que además, y no libro a nadie, el insulto en el Congreso, en los pasillos del Congreso, en las salas de prensa del Congreso y en cualquier ocasión en la que haya un micrófono o una cámara delante, se ha generalizado desde que los partidos que nos vendieron que habían venido a regenerar la política hacen uso de los medios propagandísticos -y no- de comunicación.
Carla Toscano no es la primera que insulta. Algún diputado del PP ha mostrado su incontinencia insultando desde el banco de diputado, pero ya hemos escrito desde esta tribuna sobre innumerables intervenciones del actual secretario de Acción de Gobierno Institucional y Programa de Podemos, Pablo Echenique, o de la hasta el mes de julio vicesecretaria general del PSOE, Adriana Lastra, con los que el insulto se naturalizó hasta el punto de ver como normal que el rival político sea un “fascista”.
¿Llamar “fascista” a alguien es algo malo, es un insulto? Parece que sí. ¿Llamar “fascista”, como hizo Irene Montero, a la bancada de Vox y del PP es un insulto? Parece que sí. Entonces, ¿qué es más violencia política, llamar “fascista” a un rival político o mentar a la pareja sentimental de una ministra o alcaldesa? ¿Hay ya definidos grados de violencia política?
Claro que hay grados... El terrorismo, el genocidio, la pena de muerte o una guerra son clases de violencia política. Pero, bajando de nivel, no será lo mismo llamar “inútil”, como hizo el PP la semana pasada a Montero, que calificar de “corrupto” al político o funcionario de otro partido. Creo que hay diferencias.
Pero que no piense la ministra de Igualdad que ha inventado algo nuevo aceptando que quede en el Diario de Sesiones este episodio de “violencia política”. Lograr un objetivo político por esta vía no es nuevo. Sí hay, sin embargo, otras formas de violencia política que no se habían popularizado hasta ahora.
Aquí en España, en democracia, aprendimos la palabra “escrache” gracias a Podemos. Antes, nadie solía hacer manifestaciones populares de protesta de hostigamiento e, incluso, acoso contra un político en la puerta de su casa. La entonces líder de UPyD, Rosa Díaz; la también entonces vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría; o la que fuera delegada del Gobierno en Madrid y luego presidenta de la Comunidad, Cristina Cifuentes, bien lo comprobaron.
Ahora ya, tanto Montero como Iglesias lo han sufrido. Pero claro, la superioridad moral y ética de los partidos de izquierda motivará siempre que se critique lo que sufran ellos, aunque lleven años haciendo lo mismo.
Menos llorar por una determinada violencia política y más trabajar para que no vean reducidas sus penas agresores sexuales y violadores, como ha confirmado el Tribunal Supremo.