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TRIBUNA

Libreros

viernes 02 de diciembre de 2022, 18:44h

Esta mañana he tenido dos encuentros por mi barrio, un barrio corriente de Madrid en la margen izquierda del Manzanares. Camino siempre atento a alguna librería de viejo o inusual, aunque Madrid no sea Buenos Aires, la capital mundial, ni la calle Donceles de México, tan cuajada de recuerdos, tan presente. En Madrid los buenos libros viejos no suelen abundar, y cuando los encuentras parecen por su carestía piezas de anticuariado con unos precios desorbitados. Me deprime ese negocio de anticuarios buitres. A veces veo algún libro mío por aquellos anaqueles, olvidado y cubierto de polvo, en las filas de atrás como corresponde a un escritor secundario.

Tengo a los libreros de oficio, y ya casi sin beneficio (a los buenos libreros no hay que regatearles) por gente de la familia, algunos muy sabios, auténticos ancianos de la tribu, venerables guardianes de la historia de la humanidad; otros, a falta de estos atributos, divertidos, parloteadores, pintorescos e irresponsables, como un antiguo paracaidista que es casi genial.

Suelo tantear las reacciones de los libreros, que para mí no son armarios como los porteros de discoteca, ni generales con librea y antorchados como en los hoteles de lujo. Quienes allí acudimos con algunos galones, por viejos más que por sabios, gustamos del olor de sus guardapolvos modestos, y lamentamos cuando no los llevan; me encanta como a sus alumnos la raída levita de Kant, que olía a sabiduría.

Del libro, hasta las tapas son sagradas, como el Corán para los islámicos fundamentalistas, o como en las pirámides faraónicas egipcias, las tumbas embalsamadas y los gatos, sus animales sagrados, funcionales siempre a la búsqueda de algún ratón, pues los hay en abundancia cuanto mayor es la antigüedad del templo-librería. Lástima que la gente no sepa, o por prejuicios ideológicos no pueda procesarlo, que el libro en papel contamina menos que una búsqueda en Google, cada una de las cuales en ese medio supone una emisión de dióxido de carbono de al menos 0’2 gramos, mientras que imprimir un libro mediano 1’2 kgrs.

Nosotros, los que comemos su papel como los ratones (los libros no sólo son para leerse, si no te los comes no los lees), estamos con Unamuno frente al caballero Millán Astray, que buscaba la muerte porque no había leído un libro en su vida, inteligencia tarada al servicio de una patria que nunca será la de todos si es la de uno solo, a diferencia del libro que es universal en su particularidad.

La sabiduría es un templo y los buenos libreros sus vestales, pues antes de venderlo ya lo han leído, y antes de leerlo ya lo han pensado, y antes de pensarlo lo habían pensado. Somos planetas, en griego “caminantes”. Montag quemará libros, pero cada libro será una persona. Quien quema un libro quema a una persona, y a la inversa.

Bueno, pues esta mañana he tenido la fortuna de hallar dos librerías. Una moderna, de psicología y pedagogía. La conocía, pues el librero había sido alumno universitario mío, pero en aquel momento no se encontraba allí y, al término de mi visita, cuando ya salía, me dice su ayudante: -“Yo también fui alumno de usted”. –“¿Cómo, por qué no me lo dijiste al entrar, tan mal recuerdo te dejé?”. Me pareció tener alguna dificultad relacional, nunca encontró trabajo desde que terminó la carrera, y ahora vegetaba allí pasando penurias; de hecho me marché con tristeza, lamentando no haber sido mejor profesor para haberle ayudado a encontrar algún trabajo como filósofo.

El segundo encuentro (y no caen dos todos los días) fue en una repletísima y profesional librería feminista muy “total”, totalmente antitética también de mi propio sistema de ideas; lo cierto es que no cesaron de entrar clientes, algunos -más que para comprar- para apuntarse a cursos y talleres de todo tipo, cual corresponde, pues, sea de la ideología que fuere, la librería no es solo una expendiduría de papel impreso, sino un foco de irradiación para la mejora del mundo y el crecimiento de uno mismo. Siempre soñé con regentar esas tertulias de rebotica, y en buena parte así lo hice modestamente por el mundo a modo de biblioteca ambulante, o de caballero de la triste figura.

Pues bien, en esta segunda ocasión, absorto por el espectáculo, y luego de adquirir un libro que me está gustando mucho, le digo a la vendedora: “Enhorabuena; no pocos de los libros de anarquismo que estoy viendo aquí ahora son reprints que en otras editoriales he editado traducido, o prologado yo mismo antes en otras editoriales hoy inexistentes, no me importa que no me paguen derechos”. Pero ella a vender, casi ni me preguntó quién era yo. He perdido casi todo el interés por el ego, aunque el mero hecho de decirlo aquí indique justamente lo contrario, pero si alguien me hubiera dicho “Yo soy Abad de Santillán”, o “yo soy Vanzetti”, me habría inclinado si estuviera en pie, y si estuviera sentado me habría levantado. Porque ¿puede algún amante de la sabiduría desinteresarse por Sócrates cuando éste va a visitarle?. No digo que yo sea Sócrates, sólo coincido con él en ser feo, pero a los maestros, a los clásicos, a quienes han perdido la vista en apasionantes manuscritos, a quienes han investigado, transmitido la antorcha, padecido persecución por la justicia, dado la vida por una nueva humanidad, a esa silenciosa comunidad jamás laureada socialmente ni reconocida económicamente, yo la considero zaddiks, maestros del reino de los fines. Cuando matan a Sócrates, este ángel custodio que al parecer no escribió nada, pues su sola presencia era escritura, fue digno de ser alimentado en el Pritaneo. Y disculpen mis utopideces.

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