Tenía la entrada angosta de los negocios antiguos. Estaba su acceso encajado entre otras tiendas vecinas, bares, portales de los edificios de viviendas últimos por estar próximos al viaducto. Nada casaba con el ambiente de la calle. Parecía surgida a propósito de nuestro paseo, para que entrásemos y nos perdiéramos en el dédalo de su particularidad, haciendo que la imagináramos por encima de sus posibilidades.
Era verano, las acacias entoldaban las aceras con sus sombras. No recuerdo si mi amigo y yo nos acercábamos al centro o regresábamos con ganas de alargar la vuelta. El letrero detuvo la disyuntiva. Era una tienda de artículos de cine. Sobre un tablero negro, las letras titulando como la famosa película de Michael Curtiz. Como reclamo de curiosos y cinéfilos estaba asegurado que picásemos. Pero ahí terminaban los fuegos artificiales. Una vez entrados, el desencanto fue inevitable. Si había alguien detrás de un mostrador, si había mostrador, lo he borrado de la memoria. Tenía un segundo piso, con empinadas escaleras dibujando una ce. Ante el aspecto desvalijado, debí tomar como fiable la opción de bajar y dar esa oportunidad de más antes de salir y perder de vista la ilusión a punto de romperse. No mejoraba el asunto: la única bombilla ahondaba en la sensación de pobretería, de abandono que adensaba el aroma húmedo que se había posado en todas las revistas que allí descansaban. Era la morgue. Pero como la sorpresa no entiende de pejigueras, uno se alegró de estar ahí. La cantidad de papeles era indecente, pero hay que recordar que todo (lo) solitario es ilusionista, por tanto, la comunión fue inmediata. Hurgué en los viejos números de las conocidas y las raras. Todas tenían su solera, pero las que estaban apiladas de peor manera ―incluso en ese desorden parecía haber cierta armonía― eran de color alas de polilla. Comprar alguna era arriesgarse a que se deshiciera al contacto con la luz natural. Dijimos adiós, sin saber todavía si lo hicimos al vacío o si fue devuelto silencioso.
Ha debido ser fruto de la ensoñación o el mucho recordar la creencia de que fui a visitarla una vez más. Es probable. Uno tiene tendencia a inspeccionar más detenidamente aquellos lugares que parecieron ser algo y hoy son pero en un intento a medias de lo que fueron. La acción cometida hubiera sido idéntica en cada gesto. Habría bajado, revisado los montones, leído algunos artículos y después gracias, hasta luego, con despedida o runrún callejero.
El cierre fue echado hace años. El letrero, lo último en retirarse. Desconozco si alguno de los habitantes del barrio lamentó su desaparición. Uno conoció esa tienda en su estado de rato perdido, de tener la mirada y cabeza en otra parte, sin girarse a observar si algo cambió una vez se bajó la cortina metálica y los pasos dejaron polvo levantándose.