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TRIBUNA

El cine como reflejo del mundo actual

domingo 04 de diciembre de 2022, 18:15h

Nunca como a lo largo de los últimos veinte años las películas y las series de televisión han retratado acontecimientos recientes que, en épocas anteriores, jamás llegaban a convertirse en objeto de materia fílmica o, a lo sumo, tardaban un largo período de tiempo en terminar siendo narrados en formato audiovisual. Sin embargo, ello ha cambiado de manera radical en el siglo XXI. World Trade Center (2006) de Oliver Stone y United 93 (2006) de Paul Greengrass retrataron los atentados del 11 de septiembre de 2001; La noche más oscura (2011) de Kathryn Bigelow reconstruyó la minuciosa búsqueda de Osama bin Laden por parte de las autoridades estadounidenses; los documentales My Country, My Country (2006), The Oath (2010) y Citizenfour (2014) ahondaron en las consecuencias de la guerra de Irak y en los métodos de vigilancia sistemática que, en nombre de la seguridad, Estados Unidos instauró en toda la red de comunicaciones a nivel mundial; Espías desde el cielo (2015) de Gavin Hood mostró los problemas y dilemas que genera la creciente presencia de drones y de acciones a distancia en las operaciones militares; La red social (2010) de David Fincher, Jobs (2013) de Joshua Michael Stern y Steve Jobs (2015) de Danny Boyle ahondaron en las raíces y la naturaleza de las nuevas tecnologías, de internet y de las redes sociales; Inside Job (2010) de Charles Ferguson, La gran apuesta (2015) de Adam McKay, Wall Street. El dinero nunca duerme (2010) de Oliver Stone, Margin Call (2011) de J. C. Chandor y Malas noticias (Too big to fail) (2011) de Curtis Hanson describen a la perfección el desarrollo de la burbuja inmobiliaria, la crisis de las hipotecas subprime y las quiebras bancarias que se sucedieron a partir de 2008; Los fenómenos (2014) de Alfonso Zarauza, Cinco metros cuadrados (2011) de Max Lemcke, Cerca de tu casa (2016) de Eduard Cortés y Techo y comida (2015) de Juan Miguel del Castillo nos contaron historias que nos permitieron comprender el impacto y los efectos de la crisis inmobiliaria en España; The Company Men (2010) de John Wells estaba protagonizada por una serie de directivos que, tras el cierre de las empresas donde trabajaban, veían cómo perdían sus estatus y sus posiciones profesionales, situación que se había producido y se estaba produciendo en esos momentos en la vida real, con un alcance mucho más amplio que el recogido por el film, y que estaba teniendo como consecuencia el repliegue y desmantelamiento de las clases medias en los países occidentales; Comportarse como adultos (2019) de Costa-Gavras expuso cómo tuvo lugar la crisis de la deuda pública en la Unión Europea desde el año 2009, centrándose en el caso de Grecia; Lampedusa in Winter (2015) de Jakob Brossmann, Fuego en el mar (2016) de Gianfranco Rosi, Varados (2019) de Helena Taberna y Mediterráneo (2021) de Marcel Barrena trazaron los perfiles de la crisis de refugiados que ha afectado a Europa desde el año 2015; Cherry (2021) de Anthony y Joe Russo y Hermosa juventud (2014) de Jaime Rosales llevó a la pantalla cómo las generaciones más jóvenes en Estados Unidos y en España, respectivamente, vieron devastados su esperanza y su porvenir a raíz de las circunstancias sociales y económicas existentes; Leviatán (2014) y Sin amor (2017) de Andrey Zvyagintsev exploraron y reflejaron bien de forma directa bien de forma metafórica la deriva de Rusia provocada por el autoritarismo del régimen de Putin y Donbass (2018) de Sergey Loznitsa nos llevó a la situación que se vivía en las regiones de Ucrania ocupadas por Rusia desde el año 2014…

Pero, más allá del papel de la ficción audiovisual como documento histórico, como fotografía de unos hechos y unos sucesos concretos, lo que ahora me gustaría resaltar es cómo muchas series y películas han sido termómetros y sismógrafos, muchas veces anticipados, casi siempre disimulados y convenientemente camuflados, de tendencias de fondo que, en más ocasiones de lo que hubiera sido deseable, han sido negadas, ocultadas o minusvaloradas, cuando, al final, han sido decisivas en la evolución política y cultural de nuestras sociedades.

Babel (2006) de Alejando González Iñárritu, con sus tres historias que se desenvolvían en tres puntos geográficos del mundo completamente alejados entre sí pero que, a la postre, resultaban entrecruzándose y encajando unas con otras, ya era una fábula precisa e ilustrativa sobre el alcance al que había llegado la globalización y sobre el hecho de que lo que sucediera en cualquier lugar del planeta podía repercutir de manera insospechada a miles de kilómetros de su origen. En un año tan relativamente lejano como 2008, la serie Breaking Bad (por debajo de su trama sobre la fabricación y la distribución de metanfetamina azul y el mundo del narcotráfico) ya nos transmitía indicios del estado de ánimo de frustración y hasta de resentimiento existente en muchos sectores de las clases medias, los cuales, ante la falta de cumplimiento de muchas de las expectativas generadas y estimuladas por el orden vigente, parecían dispuestos a salirse del sistema, a buscar sus fallas, pliegues y recovecos, para alcanzar el nivel de vida prometido y nunca satisfecho. Otra serie, Ozark, ha venido a mostrar (también de manera subliminal) cómo los libres y colosales flujos de capital han acabado provocando la desarticulación de las estructuras de muchas comunidades locales y, al mismo tiempo, en la medida en que han ayudado al blanqueo de las ganancias procedentes de actividades ilícitas, han sido un factor clave para la corrupción de todo el sistema político e institucional.

Tampoco el mundo de la cultura ha quedado libre de la disección y la crítica y, así, The Square (2017) de Ruben Östlund y Velvet Buzzsaw (2019) de Dan Gilroy suponen dos ataques demoledores contra las élites del arte y los dirigentes de las instituciones museísticas oficiales, respectivamente, en las que, por debajo de su fachada de apertura, liberalidad y sofisticación, latirían unos rasgos de hipocresía, mediocridad y, en muchas casos, hasta de pura avaricia que vendrían a desmentir la brillante apariencia que pretenden transmitir. Una cuestión esta, la de la pérdida de confianza en las élites, que está presente, a otro nivel en Steel Country (2018) de Simon Fellows. Este film, no estrenado en España, y que yo tuve oportunidad de ver en el FANCINE de Málaga del año 2018, es un thriller noir cuya trama se desarrolla en un antiguo pueblo industrializado (ahora en decadencia) del sur de los Estados Unidos. A raíz de la desaparición de un niño, un vecino (no especialmente formado ni preparado pero lo suficientemente suspicaz) termina descubriendo una turbia trama donde están implicados los personajes de más relevancia del lugar. También varios thrillers de acción como Dueños de la calle (2008) de David Ayer, 16 calles (2006) de Richard Donner y 2 Guns (2013) de Baltasar Kormákur inciden en ese sentimiento de falta de confianza en las autoridades, en estos tres casos de las autoridades policiales y de seguridad.

Un director como Paul Verhoeven, en Elle (2016), película protagonizada por Isabelle Huppert, supo plasmar los límites, las contradicciones y las incongruencias de la ideología de lo “políticamente correcto” a través de las vivencias de una mujer que, lejos de querer aparecer como víctima o como mera integrante de un grupo definido en función de rasgos identitarios, lucha descaradamente para conquistar y mantener su propia individualidad. En sentido contrario, la serie Sense8 de Lana y Lilly Wachoski era una provocativa reivindicación de la diversidad y una exploración de los conflictos que surgían a raíz de la existencia y reconocimiento de la misma.

Pero si, hasta ahora, hemos hablado de películas del presente que reconstruían el pasado inmediato y películas del pasado que anticipaban tendencias por llegar, cabe hacerse una pregunta: ¿hay títulos del presente que puede ser señales de lo que nos aguarda en el futuro? Yo siempre he pensado que Origen (2014) de Christopher Nolan es uno de ellas. ¿O acaso la confusión entre realidad y sugestión, entre percepción auténtica y estimulación onírica, que se da en la película no es, tal vez, un anticipo de lo que se nos puede avecinar con el metaverso?

Muchas veces, más de las que creemos, el cine y la creación, en general, no es solo expresión artística (que ya es mucho) sino también captación sutil de pálpitos sociales y pulsiones colectivas que, en un primer momento, puede ser mejor detectadas por la intuición que por el pensamiento y los discursos estrictamente racionales.

José Manuel Cruz

Escritor y crítico de cine

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