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TRIBUNA

Yo seré el mesías de la humanidad recuperable

sábado 10 de diciembre de 2022, 19:17h

Nadie mejor que Giovanni Papini hace tantos años vio en la figura de Gog un proyecto para revertir la inhumanidad del hombre en favor de la bestia recuperada. Seguramente los actuales animalistas podrían leer, si aún no lo han hecho, este texto: “Todas las amarguras y maldades del hombre provienen de su depravación, es decir, de haber renegado de su depravación, es decir, de haber renegado se verdadero destino, de haber violentado su naturaleza originaria. El hombre es un animal, nada más que un animal, y ha querido convertirse, por una perversión única entre los brutos, en algo más que un animal. Ha cometido una traición, la traición contra la animalidad y ha sido castigado por esa prevaricación. No ha conseguido convertirse en ángel y ha perdido la beatitud inocente de la bestia. Por esto ha quedado suspendido en medio del aire, torturado, angustiado, enfermo, turbado y no satisfecho. Su única salvación está en volver al origen, reintegrarse plenamente a su naturaleza auténtica, volver a ser animal. Todos los grandes pensadores, desde Luciano a Leopardi, han reconocido que las bestias son incomparablemente más felices y perfectas que el hombre, pero nadie había pensado hasta ahora en elegir un método racional y seguro para operar la reunión con nuestros hermanos. Debemos volver a entrar en el paraíso perdido, pues el Edén no era más que un inmenso jardín zoológico. El paraíso que hay que reconquistar es la fauna.

- ¿Y yo qué puedo hacer?

- Concederme por algunos años la gran extensión desierta que posee en los montes Alleghany y darme un poco de dinero para los primeros gastos. Yo llevaré allí tres parejas inhumanas escogidas entre los miserables que no tienen oficio ni hogar, y les explicaré mi método. Método que consiste en acostumbrar gradualmente a nuestra especie a las condiciones de vida de los animales no domésticos.

Ante todo, nada de vestidos. Prohibición de cortarse el pelo, la barba, las uñas. Prohibida la posición erecta: deben acostumbrarse a andar a cuatro patas. Vedado el uso de la palabra y de todo lenguaje humano; deberán comunicarse conmigo y entre ellos solamente por medio de gestos, mugidos y aullidos. En el campo de experimentación no debe aparecer ningún utensilio, ninguna máquina, ningún objeto fabricado. Deben tender poco a poco a alimentarse de frutos, de raíces y de carne cruda. Naturalmente, no debe haber habitaciones o refugios de ninguna especie. Estará permitida la caza, pero sin armas, y la lucha cuerpo a cuerpo y diente contra diente entre ellos. Ninguna ley, ninguna moral, ninguna religión. Bestias libres bajo el cielo libre.

Yo creo que pocos años bastarían, si la vigilancia es continua, para obtener el embrutecimiento integral de estas criaturas y, por consiguiente, su plena felicidad. Todo lo que atormenta e inquieta al hombre bestia degenerada o corrompida, desaparecería por encanto, y mis pupilos recuperarían lenta, pero seguramente, la plácida inconsciencia de sus antiguos hermanos. Si este primer experimento, como creo, sale bien, se podría comenzar con probabilidades de triunfo el apostolado para el embrutecimiento total de la humanidad. Seguirían seguramente objeciones, reacciones, y hasta oposiciones violentas, por parte de los llamados intelectuales, verdaderos bacilos nefastos para nuestra especie. Pero estoy seguro de que la mayor parte de los hombres, tanto entre los ricos como entre la plebe, se convertirían rápidamente a una doctrina que responde a los profundos instintos secretos de la mayoría. Aunque los pedagogos del género humano hayan intentado torcer la sana animalidad primitiva con todas las drogas y sortilegios de la literatura, la filosofía y la religión, los hombres, sin embargo, han conservado la nostalgia del estadio bestial y, cuando pueden, vuelven con gusto, al menos por algunos minutos o algunas horas, a embriagarse con la pura voluptuosidad de los brutos. Son animales depravados y traidores, pero no hasta el punto de haber olvidado y destruido del todo la naturaleza primigenia. Apenas oigan mi voz, basada en la experiencia, se despertarán en ellos los elementos de comadreja y de mono y me seguirán como a un salvador. Yo seré el mesías de la humanidad recuperable. Los hombres descienden de los animales, pero han traicionado a sus padres. Yo conduzco de nuevo a su verdadera familia a esos hijos infieles y doy a todos la felicidad que habían perdido. Si en el nuevo reino la religión fuese admitida, me adorarían como a un dios.

- Perdone, le dije, usted me parece demasiado inteligente y demasiado altruista para volverse bestia. ¿Por qué no comienza el experimento por usted mismo, si cree verdaderamente que la animalidad es el sumo bien?

-No me ha comprendido. Como todos los redentores, yo debo sacrificarme para la felicidad de los demás”[1].

Y colorín colorado. No hace muchos días hojeé en una nueva librería posmoderna un libro titulado Manifiesto animalista. No lo compré, pero lo firmaba Giorgio Pollo. Me pareció verdaderamente notable que el autor de tal manifiesto animalista se llamase Pollo, un mínimo de sentido común y de instinto de supervivencia puede servir para frenar la decapitación de sus congéneres que, después de seccionada su cabeza por un tajo de cocinero, todavía sacan fuerzas para recorrer unos metros. Con un poco de suerte obtiene una subvención del Ministerio de Agricultura, o del Ministerio de Educación, pues este último no pasa de ser una granja para animales depravados.

[1] Papini, G: Gog. Editorial Plaza&Janés, Barcelona, 1962, pp. 219-222.

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