El Mercado del Arte
Luis Racionero
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luisracioneroterraes/13/13/19
jueves 09 de octubre de 2008, 21:57h
La ya famosa subasta del taimado Damien Hirst, celebrada el Sotheby’s para ahorrarse pagar comisiones a los galeristas ha soliviantado a más de un amante del arte, que yo sepa dos, tan significativos como Robert Hughes y Mario Vargas Llosa.
Las protestas inteligentes de ambos se estrellan, como ellos mismos reconocen, contra el muro del todo vale, de la ausencia de criterios para avaluar las obras de arte. Ese muro protector de la incopetencia fue alzado por las vanguardias de principios del siglo XX, que abolieron no sólo la pintura figurativa o la música armónica, sinó las teorías estéticas merced a las cuales se podían evaluar las obras de arte. La disolución ha sido tal que ya no tenemos modo de saber ni siquiera si algo es arte o no lo es. La última y repulsiva disolución es la de animales en formol de Damien Hirst. ¿Cómo se ha llegado a tales esperpentos?.
Lo que antes eran obras de arte se han convertido en meras mercancías de un valor cambio enorme y valor uso sin importancia. Antes de 1910 esto no era así, pues la obra se apreciaba por su valor uso, a saber, el placer que proporcionaba, la intensidad de emoción que comunicaba, las intuiciones que apuntaba.
Para comprender el valor uso de una obra hay que partir de una definición sobre qué es el arte, la cual ha sido cuidadosamente destruída y desprestigiada por las vanguardias. El arte es el lenguaje de las emociones – como la ciencia lo es del pensamiento racional – el arte es una dialéctica entre el objeto y el perceptor que transforma el estado de ánimo de éste, aumentando su vitalidad, su tensión emotiva y su intuición. Se trata de un fenómeno de resonancia entre el objeto y el sujeto que ha sido descrito por las teorías de la empatía – proyección de emociones subjetivas en la obra-teoría gestalt- el sujeto completa rasgos de la obra en el proceso de percepción – teoría simbolista- la obra despierta arquetipos del subconsciente personal o colectivo.
En arte no hay progresos, sinó propósitos, dice Gombrich. Desde el bisonte de Altamira al toro de Picasso, no es la técnica lo importante sinó las intenciones del creador, que adopta el estilo más adecuado a sus propósitos. No es que los italianos del Renacimiento supiesen pintar mejor que los egipcios, es que se proponían representar la realidad con otros fines. Entre los sucesivos propósitos del arte se pueden apuntar: vitalidad en el paleolítico, armonía en época clásica, realismo en el Renacimiento, expresión durante el romanticismo y revelar lo que no se ve, ahora.
En el siglo XX se rompe con el propósito realista y emotivo para dedicarse a explorar lo que no se ve: la estructura interna, el mundo subatómico, lo subconsciente. Eso fue la vanguardia que llenó todo el siglo XX y rompió los criterios de realidad con que se calibraban las obras de arte.
Cuando ya no hay criterios, es imposible decidir qué es y qué no es arte, refiriéndose a la obra en sí. Serán los “marchands” y los propios artistas quienes conferirán valor a las obras por medio de campañas de relaciones públicas. Si expongo en la galería X, el crítico Y dice que es arte, y el millonario Z lo compra a alto precio, aquello es arte.
Estamos ante un entramado de galeristas, exposiciones y museos por medio del cual se otorgan famas y prestigios, se fomentan carreras y se alzan precios, sea cual sea lo que se vende, tanto da un urinario al revés, como una tela en blanco como una vaca en formol.
¿Habrá manera de acabar con este embaucamiento colectivo, como pedía Vargas Llosa en su pertinente artículo?. “El escándalo de la subasta de las obras de Damien Hirst muestra que el arte moderno es un gran mercado en que todo anda revuelto: lo genuino y lo falso, los creadores y los payasos”. Sí, es verdad, pero cómo salir de ello?. “La única forma de salir de la behetría en la que nos hemos metido por nuestra generosa disposición a atender la demolición de todas las certidumbres y valores estéticos por las vanguardias de los últimos ochenta años, es propagar el subjetivismo, tratando de juzgar por cuenta propia, en contra de modas y consignas”.
Aquí Vargas Llosa está en la teoría de Eugenio Montale “La Segunda Vida del Arte”, que es el impacto que la obra causa en el receptor. Ese es el criterio último y certero. Si la obra emociona, sobrecoge, choca, conmueve, inspira, transforma, es arte, sinó es un trasto.
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Escritor
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