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TRIBUNA

Bestiario

martes 13 de diciembre de 2022, 19:51h

Imagina que entra ahora mismo por la puerta de tu casa un zombi babeando sangre en las comisuras de sus labios, o un extraterrestre de color verde con antenas, o un septímano, es decir, alguien con siete manos. En este último caso, ¿cuál de las siete manos le estrecharías para saludarle?, ¿le ofrecerías al zombi un vaso de tu propia sangre fresca tras la flebotomía?, ¿y al extraterrestre una ducha blanqueadora o unos rayos uva para que pueda ir a la playa sin asustar a nadie? Sin embargo, a ellos tú les causarías la misma extrañeza, y a duras penas mantendrían el tipo ante un feo bípedo implume como tú y como yo. Sin ir tan lejos, también el humano que no se adapta a sus propios congéneres se siente como un elefante en una cacharrería. Esto significa que la costumbre es la reválida de la realidad, y que es real aquello a lo que te has acostumbrado, e irreal aquello que nunca viste, “lo nunca visto”: aquel granjero jamás había visto una jirafa en su campo y salió despavorido al grito de “¡no puede ser!”. No sólo no puede ser, sino que además es imposible.

Y, sin embargo, lo visible llama a lo invisible, lo normal a lo anormal, y nuestras mentes se encuentran repletas de monstruos zoológicos que desbordan nuestros sueños, pues los sueños de la razón producen monstruos; Unamuno mismo llegó a preguntarse si más que soñadores somos sueños soñados por otros. Un buen psicólogo, es decir, un experto en anatomía patológica, debería de tenerlos en cuenta como esbozos proyectivos de lo que tememos o no deseamos ser. Licántropo y antropo conviven cercanos en cada yugular. Eso explica también por qué muchas bestias mitológicas se caracterizan por reunir atributos animales y humanos, otras reúnen simbólicamente la combinación teratológica de dos o más especies animales.

Ahuitzotl es una bestia que habita el fondo de los lagos y que engaña a sus víctimas simulando pedir auxilio para luego ahogarlas en las profundidades. La astucia y la malignidad no son un atributo exclusivamente humano, la supuesta inocencia de los animalitos nobles se esfuma del todo. Muchos animales son malos, dañinos, ponzoñosos y venenosos, y no adorables mascotas de compañía. También Anemait, bestia híbrida que posee el torso de un enorme hipopótamo, cola de cocodrilo, zarpas, cabeza y melena de león, mandíbula de cocodrilo, e inteligencia humana, pone de manifiesto el poderío del animal fantástico que anida en nuestros temores, porque la imaginación es pieza clave de nuestro particular bestiarios y nos convierte en animales fantásticos.

En el otro extremo Bagan, genio doméstico protector de los animales de granja, revela la necesidad de cuidadores que los animales humanos también tenemos, aunque a veces los benefactores –como en La granja de los animales de Orwell- terminen pasando a ser nuestros explotadores, entre el palo y la zanahoria.

Pero lo más común son los cartesianos genios malignos, por ejemplo Bagual, corcel negro que aparece por las tardes, posee largas crines, arroja fuego por los ojos y espuma por la boca generando huídas despavoridas. Se asemeja a esos otros travases, caballos de sólo tres patas y acéfalos, que aparecen durante las noches o en calles desiertas y que traen la infelicidad de por vida a quienes pisan sus cojitrancas huellas. ¡Cuánto pavor nos producen las carencias ajenas al destapar las nuestras, cuánto miedo al miedo! Del mismo modo Basilisco, la bestia híbrida mitad serpiente y mitad gallo, está cargada de malignidad con resultado de muerte para quien la mire a los ojos; “estas hecho un basilisco”. Tampoco faltan en este rubro los centauros, con su prodigiosa capacidad de fulminar. Representados con el torso y la cabeza de un hombre más el cuerpo de un caballo, combinan la naturaleza instintiva de un animal con el juicio y la virtud de un hombre. Y eso por no hablar de los cíclopes, gigantes de un solo ojo que quieren ver más de la cuenta, que se lo digan a Ulises.

Los cerdos no pueden estar ausentes de estos escenarios. Cuchivilu, bestia, con cabeza de cerdo y cuerpo de culebra, habita los pantanos, que son las ciénagas horrorosas de nuestras inseguridades, los enanos de nuestros deseos gigantescos. También abundan en los bestiarios los cinocéfalos, con cuerpo humano y cabeza de perro, e incluso los chupacabras, feos vampiros que atacan el ganado y los animales de granja.

Y todos llevamos dentro al fénix, ave del fuego, que se enciende a sí mismo cada cien años y muere entre las llamas para volver a renacer de sus cenizas, objeto de admiración de cuantos no quieren morir o creen en las transmigraciones. En un rubro parecido, la salamandra tiene la sangre tan fría que las llamas no la dañan en absoluto. No muy lejos se encuentra la hidra, serpiente inmortal de nueve cabezas, a la cual, por cada una que se le corta, le crecen otras dos, irreductible así a la guillotina.

En el terreno femenino las cosas no son menos espantosas. En efecto, las sirenas pueden aparecer mitad mujer y mitad pájaro o mitad mujer y mitad pez, siempre ambiguas y escurridizas. Representan la tentación y la seducción y distraen a los hombres de sus verdaderos propósitos, siendo cualquiera cosa menos dignas de fiar. También la harpía simboliza los aspectos más destructivos y negativos de la femineidad con su cabeza y tórax de mujer, pero alas y patas de buitre; por si fuera poco, también se la consideraba causante de la muerte súbita. La Baba Yaga es una vieja desagradable y cruel devoradora de niños. Pero la monstruosidad no conoce géneros. En efecto, el minotauro, toro en su parte superior, vivía en el laberinto de Creta, y tenía la fea costumbre de devorar cada año a veinte vírgenes elegidas al azar, y representa los instintos humanos más bajos. Tú ¿con quién soñarás esta noche?

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