Una reciente Reforma Electoral en México, parte de la interminable campaña presidencial en contra de las instituciones autónomas del Estado, a las cuales ha reventado, desmantelado o ignorado para concentrar cada vez más poder y recursos financieros, ha sido aprobada en medio de un clima de encono entre la sociedad defensora del Instituto Nacional Electoral y la turbamultas legislativa del partido oficial (Morena), cuyos legisladores actúan con la elicuencia de una manada de búfalos en estampida. Todo lo atropellan, todo lo derriban.
Y junto a eso la actitud del presidente de la Cámara de Senadores, Ricardo Monreal, por años mancuerna del actual presidente, quien como Suárez en el Tejerazo; dijo NO
Esta es una reflexión al calor de los hechos.
En diciembre de 1969, en la plaza de San Wenceslao en la capital de Checoslovaquia, un joven estudiante llamado Jan Palach se roció de combustible y se prendió fuego en protesta por la ocupación soviética en su patria e inició simbólicamente, con ese suicidio heroico, la Primavera de Praga. Años más tarde un muro se derrumbó en Berlín.
Hoy no existe ni siquiera Checoslovaquia. De Palach no quedan ni las cenizas olorosas a gasolina y carbón. Solo permanece su memoria. Tampoco existe la Unión Soviética.
Milan Kundera, el gran novelista eslavo quiso comprender aquel hecho no como un signo de la historia, sino de la novela. La novela de la realidad, la más extensa e intermimable jamás lograda.
La noche del miércoles pasado en el Senado de la Repoública, Ricardo Monreal, en un discurso tenso, breve, preciso y audaz, dejó en claro algo muy importante: todavía en la política hay quienes pueden inmolarse en cumplimiento de un compromiso con la Constitución.
A diferencia de sus compañeros del Movimiento de Reconstrucción Nacional, Morena, quienes en cuplimiento de una orden desde el Palacio atropellaron procedimientos y respeto a la ley, Ricardo Monreal, desde ese momento coordinador sin coordinados, antes de votar en contra de los dictámenes para desbaratar al Instituto Nacional Electoral, dijo con digna sencillez:
“…Aclaro que es un asunto estrictamente personal, no involucra al grupo parlamentario en el que participo, y es un asunto que me mueve a asumirlo con toda integridad y responsabilidad; incluyendo los desenlaces, las consecuencias o lo que de ello resulte.
“Asi ha sido mi vida pública y política. Nunca ha sido fácil para mi tomar decisiones.
“Y en el documento (prolijo legajo entregado a la presidencia) se expresa por qué razón creo que se vulnera la Constitución. Con seriedad, atendiendo la doctrina, la jurisprudencia, los principios generales del Derecho, afirmo y sostengo que algunas de las normas que pudieran aprobarse esta noche, pueden alejarse de los princpios constitucionales, y esa es mi defensa…”
Y así fue. Las normas que pudieran aprobarse; se aprobaron.
El alejamiento de los elementos constitucionales se consumó plenamente. La orgía gritona se llevó a cabo con la tipluda proclama de la senadora tlaxcalteca Ana Lilia Herrera, quien con la marca de la casa vociferaba fuera de sí, en abierto ejercicio del mérito de los decibeles:
“Este grupo parlamentario no es de sueltos. No es de traidores. Mexicanos: no más fraudes electorales, no más privilegios, no más democracia simulada, no más triunfos electorales haiga sido como haiga sido. Y que viva la 4-T.”
Monreal había dicho:
“…A nadie debe extrañarle que asumamos con integridad nuestros actos. No soy ingenuo y se a lo que me enfrento. Lo único que quiero es que se respete la Constitución. Gracias.”
Pero de su grupo no le dieron las gracias. Le endilgaron los calificativos de suelto de traidor, aun cuando su nombre no fue mencionado. Pero ni falta hacía.
En el discurso de la airada senadora morenista, hay una expresión cuyo sentido vale la pena analizar: este grupo parlamentario no es de sueltos.
Aquí la palabra suelto adquiere por contra, un sentido de sujeción. Quien no esta suelto (sin aludir a la diarrea verbal), esta sujeto, sometido, agrupado, congregado. Un liberto queda suelto. Un excarcelado, también.
Pero en esa perorata de incendio, la senadora se ufanó de su sumisión; no de su libertad. En su fondo semántico, libertad equivale a traición.
Sin embargo, ayer en la festiva ceremonia cotidiana de ensalzamiento de los propios logros, valores y categorías, el presidente abrió la muleta y templó la embestida de la obviedad: su oficina sembró la pregunta sobre la actitud de Monreal y su consecuente voto, como una rebeldía suficiente para su expulsión del partido, a lo cual el jefe de todos ellos contestó con ensayada sencillez: no lo vamos a hacer; nos dirían estalinistas.
O sea, ¿no somos estalinistas o no nos gusta el calificativo?
--¿Usted qué opina? ¿Qué opinión le merece que el senador Ricardo Monreal votó en contra de la reforma electoral que usted propuso? ¿Esto merece su salida del partido, de Morena?
--No, nada de purgas, por convicción, y además porque no queremos que vayan a usar una actitud de intolerancia para afianzar la creencia conservadora de que somos estalinistas, no, no, no.
“Nosotros tenemos una ventaja, una dicha enorme: tenemos un pueblo muy politizado que pone a cada quien en su lugar. No hace falta que ninguna autoridad, ningún dirigente, diría que ninguna instancia de disciplina de un partido decida sobre el comportamiento de un militante o de un ciudadano, porque existe un tribunal popular, ya la gente está más que consciente…
“…no pasa nada si un político toma una decisión. ¿Quién va a juzgar? El pueblo, la historia es la que va a poner a cada quien en su sitio”.
Pero mientras la señorita historia se asume como acomodadora en el teatro de los méritos nacionales, y pone a cada quien, en su lugar, el presidente dice contento:
--“Yo quiero, eso sí, agradecer a los que votaron por la reforma a la ley electoral. Ojalá y podamos poner sus nombres”.
Como si la docilidad obediente fuera el nuevo muro de honor legislativo. Bendito sea…