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TRIBUNA

El hombre, animalito...

lunes 19 de diciembre de 2022, 20:56h

Nuestra hija Esther, que ha dado la vuelta al mundo encantada con su trabajo como periodista, y cuya capacidad de observación es muy notable, pasión de padre aparte, me escribe lo siguiente desde Vietnam estos días: “Una anguila se escapa lentamente del balde donde fue colocada. Aterriza en el asfalto y va a esconderse debajo de lo primero que encuentra. Mientras tanto, su captora trasvasa unos peces de un recipiente a otro, y las motos pasan a su lado. Una señora coloca la casquería que vende en una bandeja sobre la acera mientras sus vecinos de puesto barren la acera y retiran el hielo de sus pescados. Unos pocos metros más allá, a la vendedora de durian le están quitando los pelos de las orejas, y un hombre escupe en el suelo al pasar. Todo esto sucede fuera de uno de los mayores mercados de Hue, la capital imperial de Vietnam, donde los niveles de higiene son los peores que he visto en mi vida. El otro día cené en un puesto en la calle que ni siquiera era puesto: banquitos de plástico sobre la acera y cajas de poliespán que hacían las veces de mesa ocupaban decenas de metros cubiertos por los residuos del anterior comensal. El encargado del sitio a veces recogía los platos y tiraba a la alcantarilla más cercana los hielos y restos de bebidas servidos en vasos de plástico. También dejaba sobre la alcantarilla los vasos, imagino que para recogerlos al final de la noche.

Esto no pasa solo en la calle. Los restaurantes medios también están sucísimos. No se trata solo de desgaste y humedad, sino de capas y capas de mierda que se acumulan y de las que nadie se encarga. Qué importante la higiene para vivir mejor, para el control de las enfermedades... Y que hayamos pasado una pandemia y sigamos así... El hombre, animalito...”.

Me resulta interesante que alguien ponga de relieve que no solamente somos “animalitos” por lo que ontológicamente seamos o dejemos de ser, sino por lo que hagamos o dejemos de hacer. Pequeñas cosas, en efecto, ponen a veces de relieve grandes aspectos de la condición humana y animal. Tras los gestos están las gesticulaciones, las gestas, las ingestas y las indigestiones, y hasta las Digestas jurídicamente romanas.

En los antiguos manuales de urbanidad escolar, deliciosos textos sobre el aprendizaje de convivencia y respeto, se encontraban descripciones del comportamiento infantil muy distintas a los usos y costumbres de hoy, donde todo es fluido: el sexo es fluido, el género es relativo, y los vestidos no dan para cubrir las carnes tolendas en Carnaval. Si a juicio de hoy la vieja escolarización era puritana, al de ayer la nueva es mala educación, ninguna educación. Las modas expresan modos de ser y de estar.

Platón, que no fue mal maestro de una buena escuela, definía al hombre como bípedo implume; se equivocaría o no, pero intentaba poner orden, al fin y al cabo, el mayor privilegio humano es el de dar nombre a las cosas, como cantaba Bob Dylan. Pero hasta eso se ha vuelto inenseñable para los pequeños animales. En efecto, en la tertulia Peñalva de Oviedo tuvo lugar una enconada disputa sobre la forma en que rugen los leones. Un grupo defendía que lo hacían hacia dentro, otro que hacia fuera. La polémica se prolongaba, se consultaban tratados de zoología, se preguntaba a los expertos. No había solución. Un buen día se enteran los tertulianos que llega el circo a Oviedo y deciden visitar la jaula de los leones para zanjar definitivamente la cuestión. Cuando uno de los contertulios ve desautorizada su opinión, se dirige indignado al león y le dice: “Así no se ruge”. Vaya usted a decir a un alumno “así no se ruge”, y te come vivo.

“Perdona, te voy a hacer una autocrítica”: “Tengo una hija de veinte meses que cuando vamos a la playa se dedica a tirar arena sobre la gente. Y me parece muy divertido. Por el contrario, cuando otros niños me tiran arena a mí, no me hace ninguna gracia. Esto es una prueba contundente de que mi hija, cuando tira arena, tiene mucha más gracia que los demás”. Y luego viene lo que viene, y que pague la factura el maestro armero.

Si a ciertas madres de drogadictos les dices que su hijo va a recuperarse de la sobredosis, notas en sus ojos un gran dolor, una silenciosa condena. Ayer entró uno agonizando con la jeringa colgada de la vena. En un par de horas estuvo listo y lo mandamos a casa. Al salir intentó robar un coche del aparcamiento rompió una ventanilla, y el guarda jurado en el forcejeo le partió un brazo. Volvió a ingresar en urgencias y el médico propietario del coche, que estaba de guardia, tuvo que arreglarle el hueso.

Y si intentas ayudar corrigiendo, lo menos que te llamarán será maléfico apóstol de la verdad a ultranza, cubriéndote de denuestos y muecas de asco. En esos contextos, es fácil que pierdas los nervios, o hasta la vocación. Dices: -“Ya sabes que yo voy con la verdad por delante, ¿o quieres que te mienta y te diga lo que quieres oír?” -“Sí, te replican dialécticamente; yo, quiero que me mientas. Miénteme”.

A veces todavía alguien pregunta: “-Pero tú ¿qué piensas? Para eso eres filósofo…” A lo que el interpelado responde, con temor y temblor: -“¿Yo, pensar yo? Quiá, yo estoy aquí únicamente para matizar, no tengo vocación de mártir: que los maleduquen sus progenitores, yo ya estoy jubilado y sin júbilo.

Es allí, en el tejado de los papás y las mamás, donde está la pelota, no sólo la pelota del play, también del fair play. Pero resulta más fácil echar balones fuera y quedarse con el way -el footing, el senderismo, la dieta- y con el clay haciendo manualidades y cerámica sobre los pies de barro. Moraleja: es más fácil llegar a ser delincuente en las maras que educar bien al animalito…

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