La dedicación de Joaquín Sorolla al retrato es la protagonista de una exposición en el Museo del Prado, que reúne 23 pinturas.
"Su trabajo en su primera juventud con el fotógrafo Antonio García le familiarizó con la captación atenta del natural, aspecto que tuvo presente en su pintura ya en los años de su formación. Su desempeño le convirtió, en la primera década del siglo XX, en uno de los grandes retratistas de referencia internacional", explica el museo.
Buena parte de los retratos reunidos, se incluyen ahora en esta exposición, que conmemora el centenario del fallecimiento del artista. Su visión se completa con las obras que forman parte de la colección permanente en la sala 60 A, aneja a esta, que se enriquece con el préstamo de la Institución de Libre Enseñanza del retrato de Francisco Giner de los Ríos, y en la 62 A, que reúne los retratos de artistas del siglo XIX, entre ellos cuatro pintados por Sorolla.
La contribución de Sorolla a este género "revela, a menudo, su inspiración en los maestros antiguos, señaladamente Velázquez, según pudo verse en la exposición que organizó el Prado en 2009". Se percibe, explica el museo, en los negros y grises de El pintor Aureliano Beruete y de María Teresa Moret, quizá sus dos mejores retratos, así como en la ambigüedad espacial del primero. De modo más explícito, la referencia velazqueña aparece en María Figueroa, vestida de menina y en La actriz María Guerrero como La dama boba.
Entre sus retratos masculinos figuran escritores (Rafael Altamira, Jacinto Felipe Picón y Pardiñas, Aureliano de Beruete hijo, Cossío), médicos (Francisco Rodríguez de Sandoval, Joaquín Decref) y pintores (Martín Rico, cuyo retrato ha sido adquirido por el Prado este mismo año, Aureliano de Beruete, Juan Espina, Antonio Gomar). En algunos cuadros (Jacinto Felipe Picón y Pardiñas, El pintor Antonio Gomar, El doctor Joaquín Decref) Sorolla utilizó un formato horizontal que le permitió ofrecer encuadres novedosos y dar un movimiento especial a las figuras, a menudo inclinadas hacia un lado.
En el retrato femenino, Sorolla desplegó una especial sensualidad (Mercedes Mendeville) y un fastuoso colorido (María de los Ángeles Beruete y Moret). Ambas obras, ejemplos de efigies de damas del gran mundo, denotan la atención del artista a los requerimientos del género. Ante otras damas distinguidas como María Teresa Moret, amiga del pintor y su familia, o Ella J. Seligmann, esposa de un conocido anticuario, pudo ofrecer una interpretación elegante y certera, con una fina sensibilidad cromática de negros, grises y blancos.
También destacó como retratista de niños, según atestiguan las efigies de Jaime García Banús y María Figueroa. "La facilidad para la captación del natural en un instante, en el que el retratado se hace presente con una intensa sensación de realidad, es característica de todas estas obras. En ello Sorolla no solo era fiel a su visión naturalista sino también a la profunda percepción de lo individual propia de la gran tradición pictórica española".