Mi amigo uruguayo-mexicano-universal ha publicado hace pocos días Anécdotas(1), un maravilloso libro de bolsillo con el que he disfrutado mucho porque con ironía, elegancia y delicadeza reproduce anécdotas que todos deberíamos conocer para reconocernos a nosotros mismos y para comprender la cercanía y la distancia asombrosa que nos vincula al ayer. Aesterni sumus, somos esternos, vale decir, de ayer. Xabier Zubiri enseñó que los griegos nosotros, pero tampoco sería falso añadir que respecto al siglo pasado somos el envés del siglo XIX. Vayamos al anecdotario. Y allá va el anecdotario.
“En 1841 Concepción Arenal se inscribe en la universidad y tiene que colocarse hasta dos corsés aplanadores para no llamar la atención”. Pobre mujer, qué sufrimiento físico y moral. Hoy el problema de las carnes tolendas ha quedado ampliamente solucionado: bustos fuera y ampliación plástica a fin de parecer más robustos.
“Para explicar cómo eran los católicos de antes, contaba Miret Magdalena que su tío José María exigía a su mujer que pesase las cantidades que, según los manuales para confesores, debían comerse en los días de ayuno. Años después le confesó que se quedaba muy tranquilo haciendo esto, aunque le extrañaba que esos días de penitencia comía más cantidad que los días que no eran de ayuno”. Tampoco hay que rasgarse las vestiduras; es lo mismo que pasa con la nueva ley en defensa de las mujeres, cuyo resultado es la aminoración de las penas de los condenados por agresiones sexuales, el tiro por la culata. Por lo demás, hay leyes que caen por su propio peso: ¿quién podría ayunar hoy de carne al precio que está el pescado, y lo barato del pecado?
“En cierta ocasión el caballo de la reina se encabritó y desmontó a su majestad, pero el pie de ésta quedó aferrado al estribo. Intervinieron dos oficiales y la liberaron, salvándola de una muerte segura, pero los valerosos soldados huyeron inmediatamente como alma que lleva el diablo saliendo del país para evitar la pena máxima en que habían incurrido por haber puesto sus manos sobre el sacrosanto cuerpo de su Majestad”. “La prometida de Felipe IV, María Ana de Austria, fue recibida ceremoniosamente en cada una de las ciudades que atravesó durante el viaje a Madrid. En cierto lugar el alcalde intentó regalarle un par de medias de seda, obra maestra de la artesanía local. Sin embargo, el mayordomo apartó la caja con las medias y declaró solemnemente: ‘Ya es tiempo de que sepáis, señor alcalde, que la reina de España no tiene piernas”. Nada más lógico que la ilación entre ambas anécdotas: en la primera, su Majestad se cayó del caballo porque no tenía piernas, seguramente iba montada a la grupa; en la segunda la plebe, que sí las tenía, huía con ellas, pies en polvorosa. Aunque la Monarquía se acerque, el pueblo se aleja de la monarquía. La democracia, pese a todos sus burdos tropezones, tiene piernas de más largo recorrido.
“Felipe III sufrió quemaduras mortales frente a su propia chimenea porque los cortesanos no lograron hallar a tiempo al grande España a quien correspondía mover el rey”. He ahí el espíritu de la democracia. Los parlamentarios cortesanos de hoy llevan años de batallas campales para resolver si puede más el Gobierno los jueces. Parece que esta vez quienes van a salir socarrados de sus poltronas van a ser algunos eximios jueces de los altos tribunales, pues entre sastres no se pagan hechuras. Moraleja: pongamos nuestras barbas cortesanas a pelar cuando veamos las ajenas a remojar.
“En una ocasión en la que José María Gil Robles estaba en uso de la palabra, un diputado le gritó desde su escaño: ‘Su Señoría es de los que aún usa calzoncillos de seda’. Gil Robles replicó: ‘Desconocía que la esposa de su señoría fuera tan indiscreta’”. La verdad es que hay dos tipos de dicterios, el procedente de sus señorías (SS) desdentadas culturalmente, doctores no doctos, señorías de Aguja y Tijera tituladas por universidades patito, sastres del desastre, y frente a ese esperpento el de humor elegante. Como no creo en Sus Señorías ni en sus señoríos, me fascina la sátira de personajes como Gil Robles o Manuel Azaña, antítesis de ministrines horteras de cuya boquita de fresa sólo emanan lindezas del tipo “ustedes los fascistas son terroristas”. El buen circo me divierte, el malo ni en pintura.
Tras topar con el parlamento, con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho: “Nunca tuvo más actividad la Iglesia española, no paraban de recomendar decencia y decencia, reglas de moralidad: 1. Las mujeres no llevarán vestidos demasiado estrechos que despierten las malas pasiones de los hombres. 2. Nunca llevarán vestidos demasiado cortos. 3. No deben ir demasiado escotadas. 4. Es vergonzoso que las mujeres vayan por las calles con manga corta. 5. Toda mujer que salga a la calle ha de llevar medias. 6. Las mujeres no vestirán ropas trasparentes o de malla en los lugares que la decencia exige vayan cubiertas. 7. Los chicos no deben ir por la calle con los muslos al descubierto. 8. Las muchachas no andarán por lugares apartados porque es inmoral y peligroso. 9. Ninguna mujer o muchacha decente ha de ser vista en bicicleta. 10. Ninguna mujer decente ha de ser vista en pantalones largos. 11. Lo que en las ciudades se llama ‘baile moderno’ está estrictamente prohibido. A 11 de julio de 1943”. De aquellos polvos (que pese a todo no faltaban), estos lodos. En la fracción de un segundo, al grito de “libertad para el peatón, bragas fuera”, cabalgaba el nuevo frente de juventudes. Lo malo de hacerse viejos es que nos coge ya muy mayores. A mí me hace llorar lo que algunos llaman arte.
(1): Mendive, G: Anécdotas. Editorial Mounier, Madrid, 2022, 121 pp.