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TRIBUNA

El culo de Cela

sábado 31 de diciembre de 2022, 19:51h

Siempre había oído que detrás de un gran hombre hay una gran mujer pero, si tal cosa fuera cierta, que no lo es, también habría que decir que detrás de una gran mujer hay un gran hombre, cosa que tampoco lo es. También se me había hecho creer que dentro de un buen escritor había un escritor “bueno” en el buen sentido de la palabra bueno, pero tampoco eso es cierto. Y voy a referirme en unos pocos ejemplos -sin ira ni afición- a un connotadísimo prócer, don Camilo, premio nobel de literatura.

Vaya por delante que ni quito ni pongo rey sobre la calidad de la obra de ningún escritor, pues resulta imposible introducir el sufragio universal en literatura, y que ni siquiera los premios sirven para mí de criterio inefable. Aquí no es objeto de mi reflexión la calidad literaria, sino el espíritu de finura, que diría Blas Pascal, del escritor gallego.

Para abrir boca, a nuestro laureado prócer se le ocurren de cuando en cuando afirmaciones tan grotescas como que “las ideas religiosas, morales, sociales, políticas, no son sino manifestaciones de un desequilibrio del sistema nervioso”. ¡Pero hombre, don Camilo, a un poeta lírico no le sienta mal un poco de religión! Además, dado su espíritu paradójico, tampoco le hubiera empachado coincidir con Joaquín Onésimo, aquel personaje de La familia de León Roch, de Pérez Galdós, que dice tan pancho: “Yo no soy de esos que se llaman católicos y admiten teorías contrarias al catolicismo; yo soy católico, católico”. Las mismas gracietas.

Por si le sirve de verdad, le recuerdo el artículo Sobre el santo, de José Ortega y Gasset: “Nunca olvidaré que cierto día, en un pasillo del Ateneo, me confesó un ingenuo ateneísta que él había nacido sin el prejuicio religioso, Y esto me lo decía, poco más o menos, con el tono y gesto que hubiera podido declararme: yo, ¿sabe usted?, he nacido sin el rudimento del tercer párpado, Semejante manera de considerar la religión es profundamente chabacana, Yo no concibo que ningún hombre, el cual aspire a henchir su espíritu indefinidamente, pueda renunciar sin dolor al mundo de lo religioso; a mí al menos me produce enorme pesar sentirme excluido de la participación en ese mundo. Porque hay un sentido religioso, como hay un sentido estético y un sentido del olfato, del tacto, de la visión, Porque es lo cierto que sublimando toda cosa hasta su última determinación llega un instante en que la ciencia acaba sin acabar la cosa; este núcleo transcientífico de la cosa es su religiosidad”. Cuando el diputado Ortega subió al estrado para dar uno de sus sesudos discursos, en el hemiciclo se oyó la voz de Indalecio Prieto: “Atención, habla la masa encefálica”.

Lo que viene a continuación no me lo han contado, lo he visto o vivido en persona. Resulta que el aciago demiurgo, que de grandiosos dones no es esquivo, según lo dijo Borges, quiso que el indiano don Camilo y yo impartiésemos una conferencia el mismo día y a la misma hora en la recoleta ciudad gallega de Orense, y que la prensa local publicase con grandes titulares a la mañana siguiente: “Camilo José de Cela, reposición”. ¡El sufrido público había tenido que encasquetarse con puntos y comas, tal cual, la misma conferencia del año anterior, porque Cela, sin celo, no se acordaba. Nunca más a cuento que este chiste en el caso de don Camilo: -“¿Y para que has ido? -Para dar una conferencia. -¿Y de qué vas a hablar, de lo de siempre?”.

También puedo contar esta otra anécdota por cuenta propia. Aquella vez coincidimos los dos en un vuelo hacia no recuerdo dónde y, en el sillón de delante del mío, ambos en clase turista, sobresalía un grueso cuello que resultó ser ni más ni menos que el de don Camilo, a pesar de la cantidad de cuellos del mundo que hubieran podido tocarme. Llega la azafata sonriente y le oigo decir: “Don Camilo, en nombre de toda la tripulación muchas felicidades, porque sabemos que hoy es su cumpleaños”. A lo que el felicitado, enfurruñado, responde con mal talante: “¡Qué grosería recordarle a uno que cumple años!”. Me dieron ganas de saltarle al cogote y arañárselo. Como él mismo hizo con aquel Mariñas, prócer de la prensa rosa, al cual, por haber comentado algo sobre él, le endiñó un cate con tanto acierto que dio con el citado en la piscina. Cuidado con don Camilo, que hiera podido decir algo tan fino como “te voy a pegar una patada en los cojones que te voy a arrancar la cabeza de cuajo”. Muy suyo.

Este noble bruto, experto en nadar y en guardar la ropa, directamente elegido por Juan Carlos I como senador real en la primera legislatura democrática, es el mismo que había oficiado con el Generalísimo como lápiz rojo de su gabinete de censura; para hombre de tantas tragaderas, pelillos a la mar: al fin y al cabo el primer manifiesto de Franco, definidor del “alzamiento” del 17 de julio de 1936, concluía con el eslogan “libertad, igualdad, fraternidad”. Para mí es arte aquello que me hace llorar, y en tal sentido debo reconocer que el prócer logró hacer de mis venas fuente.

En fin, lo más glorioso fue aquello de televisión pidiendo una palangana llena de agua para absorberla por su trasero. Si le dejan se hubiera puesto a orinar junto a las cataratas del Niágara esperando superar su caudal. George Orwell formaba parte de las milicias extranjeras que pelearon junto a los republicanos durante la Guerra Civil española. Una mañana, dentro de una trinchera en las afueras de Huesca, frente a él, un enemigo echó a correr semidesnudo, tomándose los pantalones con ambas manos, a lo largo de un campo yermo. A pesar de ser un blanco fácil, Orwell se abstuvo de tirar: “Había viajado hasta allí –dice- para disparar contra los fascistas, pero un hombre que se sujeta los pantalones no es un fascista, sino un congénere, un semejante”.

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