“Jalífa tenía veintiséis años cuando conoció al mercader Amur Biashara mientras trabajaba para una modesta casa de préstamos propiedad de dos hermanos guyaratíes. Los prestamistas indios eran los únicos que tenían tratos con los mercaderes locales y se adaptaban a su forma de comerciar. Los grandes bancos pretendían imponer el papeleo, los avales y las garantías a la hora de gestionar los negocios, algo que los mercaderes locales no siempre veían con buenos ojos, pues se valían de redes y asociaciones invisibles para el común de los mortales. Los hermanos daban trabajo a Jalífa porque estaba emparentado con ellos por parte de padre. Decir que estaban emparentados tal vez sea exagerar, pero su padre también era de Guyarat, lo que para el caso venía a ser lo mismo. La madre de Jalífa era una campesina a la que su padre había conocido mientras trabajaba en la finca de un gran terrateniente indio donde pasó la mayor parte de su vida adulta, a dos jornadas de distancia de la ciudad”. Presentándonos a Jalífa arranca La vida, después, del escritor tanzano afincado en Inglaterra Abdulrazak Gurnah (Zanzíbar, 1948). Un comienzo que sin duda incita a seguir leyendo para conocer la historia y el destino de Jalífa, junto al de los otros protagonistas de la novela.
La concesión del Premio Nobel el pasado año a Abdulrazak Gurnah facilitó que su obra se fuera conociendo más allá del ámbito anglosajón. En nuestro país, Salamandra lo ha acogido en su catálogo, donde han aparecido Paraíso y A orillas del mar, y ahora La vida, después, el último título de su producción.
En La vida, después, junto al de Jalífa, conocemos el discurrir de Ilyas, su hermana Afiya y Hamza. Sus vidas se entrecruzan en una emocionante narración donde la Historia con mayúsculas y la pequeña historia se dan la mano. Nos encontramos en el contexto del colonialismo de África oriental a comienzos del siglo XX. Un colonialismo primero alemán, en el que se centra fundamentalmente la novela, y luego británico. Dos formas distintas de ejercer ese colonialismo del que, cree Abdulrazak Gurnah, aún hoy siguen vigentes sus consecuencias.
Tanto Ilyas como Hamza, por una u otra circunstancia sirvieron en el ejército alemán colonizador. Son dos askari . El primero, como otros muchos, cuando era poco menos que un niño fue reclutado a la fuerza. Transcurridos muchos años, vuelve a su pueblo y descubre que sus padres han fallecido y de su hermana se ocupan unos familiares que prácticamente la tratan como a una esclava. Por su parte, Hamza es vendido a un mercader, algo similar a lo que le ocurre a Yusuf, protagonista de Paraíso. Luego, recala en las mismas tropas y en él se fija un oficial alemán que explica a las claras el propósito de la colonización: “Estoy aquí, para tomar posesión de lo que nos pertenece por derecho propio porque somos más fuertes. Nos enfrentamos a pueblos atrasados y salvajes los que sólo se puede gobernar infundiéndoles terror [...] La schutztruppe es nuestra herramienta, como lo eres tú. Queremos convertiros en matones despiadados e insensibles que nos obedezcan sin vacilar y, a cambio, os pagaremos generosamente y os trataremos con el respeto que merecéis, seáis esclavos, soldados o parias. Pero el caso es que tú no eres como ellos. Tú te estremeces y miras y escuchas cuanto sucede a tu alrededor como si todo te atormentara”.
Cuando le concedieron el más alto galardón literario a Abdulrazak Gurnah, el jurado destaco “su conmovedora descripción de los efectos del colonialismo en África y de la suerte de los refugiados, en el abismo entre diferentes culturas y continentes”. En efecto, Abdulrazak Gurnah lleva a cabo una llamada de atención y denuncia sobre una de las grandes cuestiones del siglo XX y XXI, pero lo realiza con profundidad, sin obviar su carácter ambivalente.