La fuerza y delicadeza del paisaje español (hay prolijos listados de flora y fauna castellana) quedan sabiamente desperdigadas por los once capítulos de Viaje a la Alcarria, pero, al mismo tiempo y bien calzados, su autor no evita plasmar episodios de brutalidad, violencia y barbarie. Un ejemplo paradigmático lo tenemos al cierre del capítulo VII cuando, antes de dejar Budia, el viajero ve a un mendigo, adolescente y tonto, al que siguen docenas de muchachos y que lleva descalabrada la cabeza. Una vecina se asoma a una ventana y grita: «¡Lástima no reventases, perro!». En diálogos que reflejan la escasa cultura y falta de civilización, en aquella época, de los campesinos alcarreños se perciben los afanes regeneracionistas de un joven Cela –cómo buscaba ya encauzar su potencia literaria en la mejora y modernización de España.
Nuestro Nobel escribe este inmortal libro de viajes de tal modo que quien en él queda absorto piensa que no es nada, que puede hacerlo él y eso –aunque no parezca– resulta complicadísimo. Claridad e ir directamente a las cosas…, lo sencillo es lo artístico. Frente a otros libros suyos barrocos (y no menos excepcionales como San Camilo, 1936 u Oficio de tinieblas 5) en Viaje a la Alcarria se desechan oscuridades que, a veces, denotan malos entendimientos. Aquí las cosas se colocan una después de otra, tal como se piensan y dándoles la debida extensión. Aquí la dificultad está en pensar bien.
Las doce localidades de la Alcarria que vemos pasar sin tregua a través de las 160 páginas de este viaje (por orden de aparición: Torija, Brihuega, Masegoso, Cifuentes, Gárgoles de Abajo, Trillo, Viana de Mondéjar, Budia, Casasana, Sacedón, Pastrana y Zorita de los Canes) lo hacen a través de una prosa limpia, socarrona a ratos, sencilla, familiar, con hondo sabor al terrazgo. La ironía del autor se presenta como una sonrisa discreta, culta, dulce y fina; no como esa risa sarcástica y superficial que todo lo echa a broma.
En la dedicatoria a Gregorio Marañón, otro ilustre viajero, el autor de este libro avisa: «La Alcarria es un hermoso país al que la gente no le da la gana de ir. Yo anduve por él unos días y me gustó. Es muy variado, y menos miel, que la compran los acaparadores, tiene de todo: trigo, patatas, cabras, olivos, tomates y caza. La gente me pareció buena; hablaban un castellano magnífico y con buen acento y, aunque no sabían mucho a lo que iba, me trataban bien y me dieron de comer, a veces con escasez, pero siempre con cariño».
«En la novela vale todo, con tal de que vaya contado con sentido común; pero en la geografía, como es natural, ya no vale todo, y hay que decir siempre la verdad, porque es como una ciencia». Esta descripción geográfica e histórica que acaba siendo el Viaje a la Alcarria (abarca diez jornadas que van del 6 al 15 de junio de 1946) tiene otro propósito no menor: la necesidad de mejorar el conocimiento del país. El filósofo Montesquieu ya advirtió de cómo los castellanos, que habían hecho descubrimientos inmensos en el nuevo continente, desconocían su propio país. Para el novelista gallego igual desinterés se mantenía el pasado siglo. Y la base del bien entendido patriotismo es la geografía… No podemos amar España sin conocerla.

Usando la tercera persona narrativa, refiriéndose a sí mismo como «el Viajero», Cela refunda el género de la literatura de viajes. Este viajero brega con toscos labriegos, buhoneros atrabiliarios como el «Mierda», pedantes estudiosos, alcaldes llanotes como el de Pastrana, redichos adolescentes, posaderas suspicaces; pero también con carreros honestos, con muleros que comparten viandas, con cicerones de pueblo, con «cónsules» de la Alcarria –así el «Rata» de Cifuentes–, o con agradables viajantes de comercio, como Martín. Por no perder su respeto Cela mantiene la suavidad en las formas evitando mostrarse fiero o sobrado (sabiendo de antemano que, aunque unos y otros le escuchen pacientes, al final del discurso se experimenta que nada les ha persuadido, que todos permanecen indolentes en su estado de abatimiento).
Para su libro «más sencillo, más inmediato y directo», en palabras de su autor, y, según el filólogo catalán Antonio Vilanova, «auténtico, lleno de sugestión poética, de gracia entrañable, escrito con simplicidad clásica, exento de toda afectación literaria y rebosante de ternura y humor», para este hito de nuestra literatura que es El viaje a la Alcarria, Camilo José Cela incluyó un cancionero con veinte composiciones líricas de carácter popular, algunas adaptadas y cantadas por Luis Eduardo Aute en la versión que, para RTVE, hizo Antonio Giménez-Rico (un inmenso Joaquín Hinojosa da vida al viajero). Cierro esta reseña conmemorativa con unos de esos versos, tan sentidos:
Por el monte Trascastillo
llega un hombre hasta Durón.
Lleva ya mucho camino
entre espalda y corazón.
Camina como un suspiro,
le loquea la razón.
Dice llamarse Camilo
y ser su pueblo Padrón.
Al hombro lleva el hatillo
y, a remolque, la ilusión.