A los cincuenta años jubilarse apaciblemente de la vida constituía un júbilo, un jubillaeum, que con un cuerno de morueco convocaba a la fiesta. Anciano era sinónimo de persona notable por su dignidad; todavía en las primeras comunidades cristianas se reconocía simbólicamente al anciano como presbítero, que también significaba sacerdote. En comparación con las otras edades los ancianos supérstites son muy pocos, supervivientes áureos y testigos capaces de amonestar sobre los errores de la vida pasada. Había que “respetar las canas”.
Según Ortega, cuando más tarde la esperanza de vida pasó a ser de cincuenta años, las etapas vitales pasaron a tres. En la primera, hasta los treinta años, se toma conciencia del mundo; en la segunda, se procura remodelarlo; finalmente, desde los sesenta se va pasando del “todavía sí” al “ya no”. Los ancianos de hoy son oficialmente clases pasivas, un gueto del que no se debería salir. “¿Qué se habrá creído este viejo? ¡Que se vaya y nos deje en paz!”, “¡muérete ya, viejo!”. O, más piadosamente, “tú lo que tienes que hacer es irte a casa, a pasear, a jugar la partida, a ver la televisión”. Sin una cultura de la senectud activa, se condena a los vejancones como pesimistas tecnológicos, dinosaurios centenarios, que además rima con dinosaurios.
Jubilarse es sentirse inútiles. El estado de amedrentado caracteriza a las personas mayores, pues conlleva el prepararse para el adiós definitivo. Y los mayores aprenden a introyectar esta etiqueta vergonzosa asumiendo el estigma de ser una gravosa carga estatal y familiar. Guerra a los gerontogenes Cuando me jubilé me recomendaban que “disfrutase de la vida”, como si trabajar produjese cáncer. Decir que quien no respeta a un mayor es un imbécil, que un viejo es una biblioteca que arde, y que la dignidad de una sociedad se mide por el trato que procura a sus ancianos, escandaliza.
Por todas partes huele a distanasia de los mayores amparádose, en la insostenibilidad de la seguridad social: por mucho que hayas cotizado en vida, nunca tendrás dónde caer muerto. Si el incremento demográfico de la cuarta edad incluye a todos los mayores con dependencias físicas o pérdidas total o parcial de su autonomía personal.
Existen muchos vínculos entre la emigración y la vejez. Los viejos y los emigrantes son igualmente apestados, pues ambos son mensajeros de la miseria, aunque ni la edad cabe en un ataúd, ni la emigración en una patera. Pero no. Según Azorín, “la vejez en un escritor es la falta de curiosidad literaria, perder el apetito de comprender”. Si la vida nos interesara más y mejor… Pero llegar a viejo sin sabiduría ni ganas de tenerla, constituye el fracaso de la escuela y de la cultura en general. A peor escuela, peor senectud. Lo dijo Schopenhauer: “En la vejez, la experiencia y la instrucción deberían haber adquirido toda su riqueza: todo está aclarado. Por eso se saben más a fondo las cosas que ya se sabían de la juventud, porque para cada noción se tienen muchos más datos. Lo que se creía saber cuando se era joven se sabe realmente en la edad madura encadenados, mientras que en la juventud nuestro saber es defectuoso y fragmentario. Sólo el llegado a una edad muy avanzada tendrá una idea completa y exacta de la vida” (1). Pobre cascarrabias este Schopenhauer.
Pero entonces, ¿qué podríamos hacer con el regalo de la longevidad? Seguir viviendo, es decir, seguir empezando a aprender en lo que aún no nos habíamos iniciado Así tendremos una senecto-juventud dorada, más acogedora y con menos quejas. Semejantes viejos no están solos, sino que generan sociedad, amistad, porque son solos acompañados acompañando, sin la la angustiosa sensación de que nos falta tiempo. Son los ancianos dinámicos. Tiempo habrá para descansar. La madre le dice a Antonio: “Hijo, para descansar, es necesario dormir, no pensar, no sentir, no soñar...”, y don Antonio, que es poeta, responde: “Madre, para descansar, morir”. Muere antes, y menos feliz, quien se ahorró el cansancio. Descansemos en paz, muy cansados.
Si lo anterior es verdadero, entonces es falso que el mero desarrollo económico traiga consigo un pan bajo el brazo para los viejos. En su Posible situación económica de nuestros nietos, consideraba el señor Keynes erróneamente que “si la política económica se ocupaba de resolver los problemas a corto plazo, el largo plazo se ocupará de sí mismo”. Pero no. Los nietos de Keynes, o están criando malvas, o viven muertos en refugios para intentar sobrevivir al cambio climático. No vivirán en un mundo más opulento, ni con mejores servicios socio/sanitarios, ni con turismo pagado. No, no va a ser así, y en esto nos hemos equivocado casi todos, empezando por mí en El año 2000, publicado en 1971 con el pseudónimo de Ana D. Hernández para evitar la censura obligatoria.
Algunos hablan ya de la quinta edad, la del hombre de silicio para finales del siglo XXI gracias a la ingeniería genética. A este paso sólo nos van a adelantar en longevidad los gatos con sus siete vidas, por ser en Egipto animales sagrados. Haremos pipí y KK como ellos en una caja séptica, si es que funciones tan vergonzantes no hayan sido superadas por entonces. De momento una sociedad que, lejos de procurar centralidad a esos ancianos, los arrincona, cava cada noche su propia tumba. O nos cuidamos todos a todos, o el Apocalipsis nos arrastrará de los pelos, si es que para entonces no estamos ya calvos-calavéricos.
(1): Schopenhauer, A: Arte del buen vivir y otros ensayos. Edaf, Barcelona, 1985, p. 27.