Reconozco que esta es la segunda versión de este mismo artículo. El otro les manda un saludo desde la papelera de reciclaje. Era un artículo gris, casi sin alma, y, como ustedes ya saben, a mí me gusta el rock and roll, —en todos los sentidos— y dotar de épica todo lo que cuento. Escribo esto en una lluviosa tarde de blue Monday así que allá va la dosis de storytelling inicial para que sigan leyendo.
Imagínense un David igual que yo pero con cinco años de edad. Ese David va a un colegio enorme, excesivo incluso en términos de distancias de un extremo a otro del patio. Suena el silbato que indica que las clases de reanudan y David va raudo hacia la fila cuando se da cuenta de que ha dejado su abrigo justo al otro extremo del patio. Corre y corre hasta la valla del final y recoge su chaqueta, vuelve corriendo y se encuentra con que ya nadie está en el patio. Es el último de cerca de mil alumnos. Llega a clase casi sin aliento. Nada más entrar oye gritos. Le ponen mirando a la pared, rebuscan en su chaqueta y encuentran unos cromos de “La pequeña Lulú”. El castigo por ser el último es cruel. Tan cruel que casi cuarenta años después David todavía lo recuerda de vez en cuando. La profesora reparte sus cromos entre todos los niños de la clase. David no puede girarse a ver porque está castigado cara a la pared. Sin embargo mira hacia atrás y contempla, horrorizado como todos sus compañeros son felices con sus cromos. No podrá reclamarlos, ya no son suyos. Los ha perdido. Tan solo le queda evocarlos de vez en cuando y el derecho al pataleo a destiempo un blue Monday en una columna de un periódico como este muchos años más tarde a modo de Rosebud particular.
¿Por qué comienzo así un texto que, en principio, es de agradecimiento cuándo lo que parece que estoy trasmitiendo es un hondo resentimiento por aquello? Tómenlo como un ejercicio paradójico; una especie de oxímoron viviente. Gracias, doña Ana. No solo recuerdo los momentos oscuros, sino que siento aquel como un hermoso tiempo de claridad. Y le soy sincero de verdad, a usted, a doña Julia, a la chica de prácticas con el pelo raro que nos ayudó a cazar una salamandra. A usted, a ellas y a todas las demás. Gracias por enseñarnos el hambre de descubrir, de aprender, de amar el conocer. De leer. Gracias, con total sinceridad.
En estos tiempos en los que la posmodernidad hace de las suyas, el agradecimiento sincero cada día se convierte más en una rara avis. Sin embargo el ex abrupto digital, la crítica sibilina o el calambur malintencionado copan los likes en un mundo francamente agreste para la buena intención, sobretodo en la virtud del elogio merecido, el real, el que no forma parte de una transacción y que luego no será echado en cara pidiendo contraprestación por el mismo. De entre estos no se me ocurre ninguno más pertinente que aquel que debemos hacer a nuestros maestros y maestras, sobre todo a los de la etapa de infantil, esos grandes desconocidos; mejor dicho, esas grandes desconocidas, ya que en su inmensa mayoría son mujeres.
Leo con admiración la carta de Camus a su maestro tras ganar el Nóbel en 1957. En ella le dice que sus esfuerzos y corazón siguen vivos en él, uno de los escritores referentes del siglo XX. Acordarse de su maestro tras un éxito como este no puede más que retroalimentar el buen papel que en el autor jugaron quienes intervinieron en su educación y que le enseñaron que el agradecimiento y el reconocimiento al esfuerzo ajeno es una virtud que habla muy bien de quien la lleva a cabo. Sesenta y cinco años después esta carta sigue siendo referente y ejemplo, algo que todo maestro debiera recibir alguna vez en su vida.
Escribo esta columna no solo para hablar de la buena costumbre de agradecer, ni tampoco del innoble arte de mostrar una admiración cuanto menos sospechosa, sino para poner mi granito de arena por la dignificación del papel de los maestros, estando este a día de hoy totalmente denostado por la sucesión de leyes educativas a cada cual más kafkiana que poco a poco han ido arrinconando las virtudes esenciales que ha de tener un buen maestro (creatividad, inteligencia emocional, capacidad de transmisión, capacidad de improvisación dentro de la planificación y, sobretodo, necesidad de seguir aprendiendo cada día, en cada instante) en pos de unas leyes con trasfondo ideológico en el que el último que parece importar es quien de verdad es el eje fundamental de toda labor educativa: el niño.
No es la primera vez que escucho lindezas tales como que las maestras de infantil solo se dedican a estudiar cómo hacer collares de macarrones o a pintar con plastidecor. Se ignora que el profesorado no estudia lo que enseña, sino el por qué enseñarlo, el cómo enseñarlo, el cómo atender a la diversidad de a quienes se lo enseña, el proceso mediante el cuál ha de enseñarlo, el qué nos dice el niño o niña cuándo lo está llevando a cabo, el cómo lo presenta. ¿Collares de macarrones?, permítanme que me parezca un insulto. Además de enseñar las habilidades académicas básicas, las profesoras de educación infantil también enseñan valores importantes como la amistad, la empatía y la responsabilidad. Ayudan a los niños a desarrollar su autoestima y a construir relaciones saludables con sus compañeros. ¿No les parece importante? Prosigo. En los últimos años han hablado de que son muchas las profesiones que van a desaparecer a causa de la tecnología. Es exactamente la misma amenaza que lleva más de dos siglos resonando para profesiones tales como la de operadores de máquinas, agentes de banca, conductores, artesanos, pinchadiscos… algún inepto ha hablado de que con la aplicación Teams ya no hará falta que ningún maestro enseñe a los más pequeños, ¡el ordenador lo hará!, claro, la radio por si sola también le dará las noticias sin ningún periodista que las recoja ni las narre y la pared de su casa se pintará ella sola también del color que usted quieras in que ningún pintor mueva el rodillo. ¡Mágicamente el niño aprenderá y su casa de color cambiará!
En su obra autobiográfica “El primer hombre” Camus habla de que en clase de su maestro, el señor Germain no se sentía como en otras en las que parecía que “se cebaba a un ganso”. El maestro acogía con simplicidad, compartía sus experiencias y las de otros niños que había conocido y les exponía sus puntos de vista, —nunca sus ideas—, para que los pequeños pudieran construir los suyos propios en un proceso de aprendizaje continuo no solo de materias, sino de cómo ser personas, integrantes únicos e irrepetibles de una sociedad que les necesitaba como individuos para progresar como comunidad.
Lejos de querer ser pelota con sus procedimientos por el mero hecho de quedar bien quiero significarme como compañero de trinchera de estas y de otras maestras y maestros que son auténticos héroes sin capa en el día a día. Todos sabemos quiénes son y que no necesitan más reconocimiento que el de los abrazos de sus pequeños. Unos abrazos con tanto valor que son capaces de hacer que el único azul de un blue Monday como este sea el que evoque el cielo de un día soleado, el mar en verano o unos ojos hermosos que nos miran mientras suena por ejemplo Bed of Roses de Bon Jovi, que es la canción con la que despido este día más triste del año.
Sin embargo mi storytelling no estaría completo sino finalizase con cierta intriga y una pizca de desasosiego. Leo la respuesta del señor Germain a Camus en la que subrayo este clamor: "Antes de terminar, deseo decirte cuánto me hacen sufrir, como maestro laico que soy, los proyectos amenazadores que se urden contra nuestra escuela. Creo haber respetado, durante toda mi carrera, lo más sagrado que hay en el niño: el derecho a buscar su verdad". Una verdad que los maestros de vocación se comprometen con su labor a que nunca tenga que dormir en una papelera de reciclaje.
Han pasado más de sesenta años desde esta carta, pero sé que nosotros somos discípulos del señor Germain sabedores de que el señor Germain, hoy en día, a pesar de la posmodernidad, de los años y de la LOMLOE, sigue siendo de los nuestros.