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TRIBUNA

No le quemaron de milagro

domingo 22 de enero de 2023, 19:19h

Roque Barcia (1821-1885), seguidor de Pi i Margall, federalista castelarista, regeneracionista social, tribuno popular en la línea del pensamiento utópico fourierista. Tras el golpe de Estado de 1866, allanada su casa cuatro veces, dictado auto de prisión y busca y captura contra él, se exiló a Portugal durante la restauración absolutista y la tremenda persecución antiliberal del monarca Fernando VII, donde presidió la Junta de Exiliados Españoles.

Este hombre de físico mermado participó activamente en los preparativos de la “Gloriosa” redactando documentos y proclamas múltiples. Tras su actuación en el movimiento que acaba echando de España a los Borbones, Barcia reapareció en la Junta Central Revolucionaria de Madrid, llegando a ser jefe del independentista Cantón de Cartagena, tras cuya caída en 1874 no huyó a Orán en la fragata Numancia con el resto de integrantes de la Junta de Salvación Pública. Sin embargo sólo cuatro días después de la capitulación de Cartagena, publicó un documento condenando la rebelión cantonal, a pesar de haber sido él uno de sus principales dirigentes e impulsores. Después de esto, como era de esperar, quedó desacreditado para siempre como político. Retirado de la política, vivió luego varios años en el exilio en Francia dedicado a la literatura e investigando en las bibliotecas de Francia e Italia, muriendo en Madrid.

Hoy para casi la mayoría es un evaporado, un hombre-reliquia, sobre todo si lo comparamos con los asaltantes del Capitolio en USA y de los poderes gubernativos en Brasilia haciéndose un selfi mientras ensucian las instituciones en defensa de principios ilegítimos, pues esa parece ser hoy la revolución de los inconformistas.

Desde luego, no fue partidario de oxidarse para deshacerse, como sí lo hicieron muchos políticos católicos que adoptaron y siguen adoptando semejante tenor de vida, cuyos hijos adolescentes se hacen selfis sobre los aleros de los rascacielos y junto a la vía del tren: fábrica de niños trans, binarios que no se identifican como hombres ni como mujeres, ni como nada, sino hijos de políticos y políticos futuros, pues carecen de principio de identidad.

Como intelectual, la obra de Roque Barcia es asombrosa, escrita obviamente sin ordenadores ni artilugios facilitadores, algo que a mí me resultaría imposible, aunque fuera adinerado y como tal tuviese algún amanuense, lo que no creo fuera su caso. No le quemaron a él de milagro. Aquello sí era una censura y una caza de brujas en plena regla.

Por si fuera poco, Barcia recibió durante su vida ni más ni menos que sesenta excomuniones eclesiásticas ultramontanas por su forma de ver la religión, pin-pan-pun que él afrontó sin escapularios con la inscripción “detente, bala”. Además, nuestro personaje era muy religioso: “El pensamiento de Dios se encarnó en el misterio del universo, en la generación de todos los seres, en la armonía de esa naturaleza que nos asombra. Dios es la razón universal, la palabra sublime que se formula en los labios de la gran armonía, así en las flores del campo como en las estrellas de la noche”.​ ¿Esto merecía tantas excomuniones? Su cosmovisión se basa en el progreso indefinido de la humanidad, aunque nosotros mismos no alcancemos a verlo, y en su fe absoluta, inagotable, poderosa e invencible en el porvenir de la humanidad.​ Menéndez Pelayo le hubiera situado en el capítulo III, sección tercera, de su Historia de los heterodoxos españoles como un “gladiador literario” panteísta-krausista-protestante-liberal.

Y todo eso desde la opción por un cristiano social muy enfrentado a la funesta monarquía (“allí van leyes do quieren reyes”), y por supuesto con la iglesia católica tramontana de su generación: “No quiero la razón helada de Lutero ni de Calvino... Yo, hijo de Jesucristo, hijo de su Cruz y de su palabra; yo, con Jesucristo como creencia y como historia, quiero que la religión que adoro abra un juicio a los que se llaman doctores suyos y que sean medidos de los pies a la cabeza por el sentimiento cristiano”.

Barcia publicó entre otros muchos El progreso y el cristianismo, obra que fue quemada públicamente al igual que sus otros libros Historia de los Estados Unidos, Catón político, Las armonías morales y el nuevo pensamiento de la nación. Lo más sorprendente para mí al menos fue su condición de etimólogo esforzadísimo, autor del primer (no exento de alguna excentricidad) Diccionario General Etimológico de la Lengua Española en cinco volúmenes. Yo de todo esto no sabía nada hasta que me sacó de la ignorancia mi sabio amigo Amando de Miguel. Son más de 6.500 páginas en total, de letra pequeña que me obliga a esforzarme casi con lupa, con un encuadernado clásico y señorial, los cuales cinco apenas han cabido por sus dimensiones en mi estantería: 31 centímetros de alto por 18 de ancho, con cuyo peso ya casi no puedo físicamente. Son esos munificentes regalos que uno valora desde lo más profundo de su alma etimológica, buscadora de raíces.

¡Cómo agradecería yo una tertulia semanal entre quienes hemos aprendido y enseñado un poco, e incluso nos hemos querido! Una vida no ha culminado sin una academia de la lengua. Un mercador griego manda a su criado Esopo a comprar lo mejor para un banquete. Esopo cocina lengua porque con ella, dice, se alaba, se comunica, se reconoce a los demás. Es lo mejor del mundo. Cuando el mercader le pide que traiga lo peor, Esopo repite el menú. Ante el enfado del mercader, Esopo justifica que con la lengua empiezan las intrigas, se discute, se insulta. Es lo peor. Pues lengua de la cabeza a los pies es lo mejor y lo peor del ser humano.

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