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ORIENT EXPRESS

Historia de un himno

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 22 de enero de 2023, 19:21h

Como suele suceder en Hungría, todo comenzó con un poeta; mejor dicho, con un poema. Se titulaba “Himnusz” (Himno) y el autor era Ferenc Kölcsey (1790-1838). Nacido en Sződemeter, una de las localidades de la Hungría histórica en la actual Rumanía, trabajó en Budapest en un puesto a caballo entre notario y secretario en la administración pública. No tenía madera de burócrata. Le atraían, como a tantos liberales centroeuropeos, la literatura y la filología, es decir, dos disciplinas que definen a los grupos nacionales. Era el espíritu de la época: en 1814, Von Savigny había publicado “De la vocación de nuestra época para la legislación y la ciencia del Derecho”, en que señalaba cómo el Derecho civil, al igual que el lenguaje, las costumbres y la constitución, “son tan solo fuerzas y actividades singulares de un pueblo”. De todos modos, al final, quizás la verdadera pasión de Kölcsey no fuese la jurisprudencia ni la lengua, sino Hungría misma. Como buen liberal, participó en las polémicas y las controversias de un reino integrado en la monarquía danubiana que deseaba la independencia. Diez años después de la muerte de nuestro poeta, estallaría la Revolución Húngara de 1848 con la heroica lucha de Lajos Kossuth (1802-1894) y la romántica figura de Sándor Petőfi (1823-1849), el príncipe de los poetas húngaros, recitando el “Nemzeti dal” (Canto nacional) rodeado de patriotas.

Pero no nos adelantemos porque a Kölcsey se le debe el actual himno de Hungría, que este 21 de enero de 2023 cumple 200 años. Ese fue el poema que compuso nuestro hombre y es nada menos que una oración. Tampoco debe sorprendernos. Entre los húngaros, la identidad nacional y la cultura religiosa van de la mano. Esto no quiere decir que todos tengan fe, pero sí que, sin la fe, Hungría no sería lo que es. El texto manuscrito se conserva en la Biblioteca Nacional Széchényi y su letra es majestuosa y conmovedora. Comienza con una invocación -“Dios, bendice al húngaro”- para pasar a resumir la increíble historia de un pueblo que llegó a los Cárpatos y la cuenca del Danubio, abrazó el cristianismo, defendió a Europa de los otomanos y dejó para la posteridad la memoria de reyes humanistas como Matías Corvino. Por el camino, florecieron los viñedos de Tojai y rieron las aguas del Danubio azul y el rubio Tiszá. Cada vez que hoy un húngaro canta su himno, evoca una geografía y una memoria. Desde 1989, gracias a la iniciativa del pianista Árpád Fasang, este día se celebra el himno y la cultura húngara.

No servía cualquier música para un texto tan bello. En 1844, Ferenc Erkel (1810-1893) le compuso una música tan solemne que es difícil no ponerse de pie cuando suenan sus acordes. Aquel mismo año, Himnusz fue adoptado, por la vía de los hechos consumados, como himno de los húngaros. Quizás el Reino de Hungría no fuese independiente, pero los húngaros tendrían un canto que los representaba y que recordaría, invocando a Dios, la historia de su pueblo y el anhelo de un futuro mejor. Esto también es interesante: la letra de Himnusz no mira sólo al pasado, sino que se proyecta hacia el porvenir. Durante el periodo comunista, el líder Mátyás Rákosi (1892-1971), un verdadero criminal, trató de sustituirlo por uno acorde a la ideología de las democracias populares, pero no encontró nadie que quisiera componer una obra alternativa. Con la llegada de la libertad en 1989, Himnusz quedaría consagrado en la Constitución. Erkel, por cierto, también es el padre de la Opera Nacional Húngara.

Así que, ya saben: si alguna vez lo escuchan en una competición deportiva o en un acto oficial, pónganse en pie porque, la primera palabra, es nada menos que una invocación a Dios, y el resto del poema es la historia de un gran pueblo.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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