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TRIBUNA

Doña Perfecta: retrato de una fatalidad

lunes 23 de enero de 2023, 19:43h

Es famosa la pregunta que se hace Santiago Zavala, el protagonista de la novela Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa, y que se convirtió en la frase emblemática de la obra: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”. Una frase que no es solo una interrogación con el objetivo de indagar en el pasado del país sino la expresión de un sentimiento amargo y doloroso, la constatación del callejón sin salida en el que el país parecía estar atrapado y para el que no se vislumbraba ninguna solución (viendo, por cierto, lo que el Perú ha vivido en los últimos meses, no hay dudas de que la misma pregunta podría volver a ser realizada y continuaría siendo igual de oportuna y pertinente). En cada ocasión que, desde que leí por primera vez la novela hace veinticinco años, esa frase vuelve a mi memoria, no puedo evitar que un pensamiento no deje de asaltarme: ¿no podría hacerse la misma pregunta en relación a nuestro país? Es decir, ¿podríamos interpelarnos y plantearnos en qué momento se jodió España?

Si en la obra de Mario Vargas Llosa no se terminaba de encontrar el momento preciso en el que la historia de Perú se torció para siempre, en el caso español todas las miradas, tras un mínimo análisis, y descartando visiones y perspectivas basadas en los prejuicios y las ideas preconcebidas, tendrían que dirigirse al siglo XIX, una centuria en la que la mayoría de los países que hoy disfrutan de los más altos niveles de libertad, estabilidad y desarrollo consolidaron unas precisas visiones nacionales que terminaron siendo compartidas por el grueso de las opciones políticas en liza. Ello sucedió en Reino Unido, en Francia, en los Países Bajos y en Japón (en los países escandinavos, procesos similares quedaron materializados en las primeras décadas del siglo XX), tuvieron lugar las reunificaciones de Alemania e Italia y hasta Estados Unidos, tras haber vivido la Guerra de Secesión entre 1861 y 1865, fue capaz de acabar cimentando con solidez la unión del país y aflorar como clara potencia emergente de cara al siglo XX. España, en cambio, atravesó dicho período, con el preámbulo de la derrota en Trafalgar en 1805 y el triste broche de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898, desangrada por el hecho de que las diferentes alternativas ideológicas no llegan a coincidir en un proyecto nacional común sino que cada una de ellas tiene un proyecto nacional propio con escasas posibilidades de acuerdo o consenso. Fernando VII no aceptó la visión aportada por la Constitución de Cádiz de 1812, retornando al absolutismo; a partir de 1833, el carlismo se enfrentó a las diversas opciones liberales que pugnaron durante el reinado de Isabel II, reinado que, a su vez, se vio convulsionado constantemente por la enconada rivalidad entre moderados y progresistas; el Sexenio revolucionario fue un combate desaforado entre monárquicos y republicanos, entre unitaristas, federalistas y cantonalistas, entre partidarios de una república parlamentaria y una república presidencialista, sin que ninguna de las alternativas lograra un mínimo de consolidación y firmeza… Y solo la Restauración canovista logró aportar unas dosis suficientes de estabilidad política aunque a lo largo de las décadas siguientes no fue capaz de resolver de manera satisfactoria ni los problemas esenciales que ya sufría el país ni los nuevos problemas que hicieron acto de presencia en el tramo final del siglo XIX y principios del siglo XX.

Si Conversación en La Catedral se desarrolla en un momento crítico de la historia del Perú, la presidencia del general Manuel Odría entre 1948 y 1956, para la reconstrucción de la atmosfera ideológica y social de la que hemos considerado época clave del devenir español contamos con una importante novela de un cronista excepcional: Doña Perfecta de Benito Pérez Galdós, publicada en 1876, es decir, dos años después del advenimiento de la Restauración y la llegada al trono de Alfonso XII. La novela nos traslada al microcosmos de una villa ficticia, Orbajosa, y a una situación muy representativa de esos años: la protagonista que da título a la obra, una de las representantes de las fuerzas vivas de la localidad, imbuida de una mentalidad tradicionalista y conservadora, ha acordado que su hija Rosario se case con su primo Pepe Rey (hijo del hermano de Doña Perfecta), un joven ingeniero que, tras haber estudiado fuera de España, ha asumido las ideas y convicciones de la modernidad europea. Casi inmediatamente, los puntos de vista de Pepe Rey chocan con los del pueblo, en general, y con los de su futura suegra, en particular, provocando una espiral de tensión que conducirá a un desenlace trágico.

En esta evidente metáfora de la realidad española del momento, podríamos pensar que Galdós, en función de sus propias afinidades ideológicas, dibuja un simple retrato de “buenos” y “malos” en el que Pepe Rey sería todo un dechado de razón y virtudes frente a la intolerancia y cerrazón de los sectores más ultramontanos. Pero el autor, dando una temprana muestra de su habilidad y talento literarios (y cabe decir que también de su perspicacia sociológica), introduce un matiz decisivo: en sus fricciones con los vecinos de Orbajosa, Pepe Rey actúa con una soberbia y una arrogancia que se convierten en los principales factores de su perdición final. Tal como acaba admitiendo en una carta dirigida a su padre: “He tenido la debilidad de abandonarme a una ira loca, poniéndome al bajo nivel de mis detractores, devolviéndoles golpes iguales a los suyos y tratando de confundirlos por medios aprendidos en su propia indigna escuela”. Galdós no demuestra ninguna simpatía por los sectores conservadores de la localidad pero, al mismo tiempo, se recrea en relatar con minuciosidad los errores y torpezas de Pepe Rey, de quien debiera ser heraldo del progreso en el lugar y termina actuando con la misma rudeza y prepotencia que los vecinos a quienes detesta.

Desde este punto de vista, Doña Perfecta puede ser leída como un retrato de la polarización ideológica que parece ser inevitable en la sociedad española y que, a día de hoy, como en el último cuarto del siglo XIX, casi pasa por ser rasgo distintivo de nuestro país. Todos los intentos por crear proyectos políticos conciliadores (la Constitución de 1812, la Unión Liberal de O’Donnell durante el reinado de Isabel II, la Restauración canovista o el régimen de la Transición de 1978) acaban siendo desbordados antes o después por la creciente presión ejercida desde unos extremos que intentan imponer proyectos alejados de un consenso básico sobre las cuestiones esenciales de la vida nacional. Lo más sorprendente de todo es que la obra fue escrita solo dos años después de la instauración de un régimen político que buscaba poner fin a la polarización permanente que había convulsionado al reinado de Isabel II y, como una negra profecía que intentara advertir de los peligros que acechaban a dicho empeño, venía a afirmar que esa polarización volvería a surgir y que los intentos que se estaban llevando a cabo iban a devenir en la más absoluta inutilidad. En la actualidad, cuando la misma situación vuelve a repetirse, nuestra polarización no puede verse frenada por el reflejo del exterior porque, desde ese exterior (tal como se aprecia en Estados Unidos, con los tormentosos mandatos de Trump y Biden, o en el Reino Unido, con el Brexit y todos los acontecimientos posteriores), nos llegan ejemplos de polarización similares que realimentan nuestras propias tendencias divisivas y no ofrecen modelos a seguir. Ello significa que la sociedad española solo cuenta con sus propias fuerzas y con sus propios grados de cordura y sensatez para escapar de una deriva de tensiones políticas e ideológicas crecientes. Podemos releer Doña Perfecta de Benito Pérez Galdós como, a la vez, aviso, diagnóstico y arquetipo para comprender los mecanismos y las consecuencias fatales de la atracción por los extremos: ciento cuarenta y siete años después de ser escrita, esta novela nos puede seguir ofreciendo lecciones valiosas y relevantes para el complejo momento actual.

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