Pocas veces conseguimos ponernos de acuerdo los que escribimos poesía, los que la leemos o quienes la estudian, respecto a qué es o cómo debe ser un poema para considerarlo tal. Sí encontramos la conformidad en que, independientemente del tono o estilo que se escoja, debe transmitir emoción. Sin esta cualidad, no es posible hacer balance alguno ni obtener una lectura favorable que saque algo en claro de las horas y esfuerzos que se hayan invertido.
Los escritos breves, como perlas que arrebatan con sus irisaciones, pueden contentarla, pero en su primer libro ha elegido soltar amarres y volcar en las páginas de su manuscrito algo más que la única firma de sus desvelos y pasiones. Y de ambos no hay escasez, pues La verdad es que estoy sola y que estoy ardiendo incorpora las características habituales de las creaciones líricas para envolverlas en su imaginación. Es la protagonista de este libro. La imaginación de Laura Ramos, con la que hace su apuesta. La creación en su sentido de traer de la nada unas formas, un lenguaje, un territorio. Nonú, lugar recóndito situado entre las mitologías privadas y las aprendidas de las civilizaciones hegemónicas. ‘Pactarlo todo/ como un milagro’, y obtener este notable debut.
¿Hay una predisposición a lo críptico, a lo oscuro a pesar de su luminosidad, que el lector no formado o no acostumbrado al conjunto de referencias puede aprovechar como rechazo? Por supuesto, pero ante este tipo de escrituras mi consejo es aprovechar, con más naturalidad que intención filológica, lo que nos es dado sin desentrañar más allá de la lectura. Cuando Ramos escribe ‘cuatrocientos años después nos encontraron/ sepultados bajo kilos de hojarasca/ dos amantes que negaron la marea’, no hace más alusión que a esa promesa de los amores eternos que llevan copando la literatura desde que el mundo fue sentido incompleto y algunos decidieron remediarlo mediante historias. El amor, las parejas, bodas y difuntos, el hecho de escribir y ‘ser poetas y jugar a pasarnos la pelota’, porque la autora ha entendido eso precisamente: las ficciones que se fabrican y requieren ese pacto invisible. Pronunciar un nombre sin decir el nombre, para garantizar lo que se espera aunque nunca sea visto (o leído).
Cuatro poemas sobre amar y morir. La tierra creada para los castillos en el aire. La alegría en distintos escenarios y el mecenazgo que la nutre. Tres partes de un libro que se ha escrito en un estado de profundo amor. No se malentienda, no me refiero a Ramos, sino a la dedicación puesta en el tapiz que se ha cosido entre lo bello y lo débil. Funciona aquí, pues, el resultado y la emoción que suscita. Sorprende la mirada, su desapego profano en las cuestiones oníricas, en las invenciones que no escapan ni al deseo ni a la soledad.