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TRIBUNA

Marcelino Menéndez Pelayo: el gran heterodoxo

jueves 26 de enero de 2023, 19:59h

Agapito Maestre acaba de publicar Marcelino Menéndez Pelayo. El gran heterodoxo[1]. Se trata de un libro excelente por su dominio magistral de la literatura española, por la fluidez de sus saberes, por el dominio de los mejores escritores españoles a los que conoce al dedillo y a los cuales pone en continua relación entre sí, por la bondad de su escritura, y por la brillante creatividad de su discurso en estilo indirecto. Dentro de ello, su autor, uno de los mejores conocedores del pensamiento español y latinoamericano, se centra en una inteligente descodificación de Menéndez Pelayo, hoy el summum de la heterodoxia en un océano de pensamiento único (o mejor, ningúnico) y correctamente incorrecto.

Este libro de Agapito Maestre, que es también el mejor de los salidos de su pluma, su obra de madurez, deleita con su excelente regate dialéctico en defensa de la superioridad de Menéndez Pelayo, y por ende como máximo ortodoxo, es decir, la opinión correcta sobre lo ideal de la sabiduría española; desde luego, lo de maestro sumo no puede dudarlo quien lea este libro. Don Marcelino es un energúmeno etimológicamente hablando: capaz de llevar a cabo una gran obra.

Frente a esto, la envidiosa fracasología está muy extendida, y ningún marmolillo quiere ser incluido en su amplio catálogo con dos secciones. Primero están los escritores paripintados para zarzueleros, lírico-bailables, autores cuyo fondo es la decoración y cuya decoración es el fondo, que piensan en una sola cosa, si es tonta mejor. Son los preferidos por lectores incoherentes y poco hechos, que viven en estado de ignorancia cuanto más comisquean a sus autores de temporada, y por eso en plena miseria cultural, mental y espiritual, sin la menor ambición intelectual ni transformadora.

Después vienen los filosofantes banales en su mediocridad pero más serios que una cacaforra y cuyas figuras altiriconas acarrean carretas de bibliografía que casi nunca han leído, retazos mal zurcidos, tristes coleccionadores de naderías muertas convertidas en algo por fuerza de la repetición y del plagio de la nada, que presumen de lo que no han pensado,. O sea, lo que Sigmund Freud vio en el cervantino Coloquio de los perros, al que consideró el escrito más acabado de la literatura moderna para estudiar el “espíritu cínico y escéptico”, un modelo de pensamiento crítico radical contra el racionalismo idealizador, más que propiamente idealista. ignorando que, según Menéndez Pelayo, “la autoridad se queda para otras esferas: en filosofía nadie posee sino personalmente aquello que ha investigado y en su propia conciencia reconocido”.

En cualquier caso, siendo una obligación de todo escritor pensar bien para escribir bien, y puesto que los esperpentos nunca harán el más mínimo conato de pedir perdón por sus horrendas páginas, merecedoras de ser quemadas de una en una, no estaría nada mal prescribirles un antídoto activador del mayor número de sus neuronas posibles, a fin de que sean necesarias cada una de ellas y evitable la cremación de sus garrapatos.

Tarea difícil en cualquier caso, pues la fracasología alberga bajo sus toldas dos clases de impiedad, la mansa, hipócrita y cautelosa, o/y la antojadiza y desembozada y desembozalada, la ausencia de vida profunda, en cuyo lugar solo cabe el mal humor, el mal genio del fracasado, y frente a las cuales ambas, venga a nosotros don Sancho: “Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias: vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante, y avive y despierte, y muestre aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes”. Mas ¿cómo lograr la conquista del ideal por un loco y por un rústico, la locura aleccionando y corrigiendo a la prudencia mundana, el sentido común ennoblecido por su contacto con el ascua viva y sagrada de lo ideal?

De todos modos, y sin que nada empezca ni amengüe el valor de la valiosísima obra de Agapito Maestre, osaré musitar si podría existir en algún rincón del alma ortodoxia sin heterodoxia, pues cada doxa, cada opinión remite a otra u otras, que algunas veces le resultan complementarias y otras sin embargo su antílogon. Nadie puede llegar a autodoxo u autodóxico, fuera del ente supremo autotélico que, de existir, sería capaz de explicarlo todo a partir de sí mismo. Cuando José Luis López Aranguren me llamaba ortodoxo, añadiendo que el fondo del saco lo tenía yo cerrado con un candado, me atrevía a responderle que en todo caso también él lo era, y por modo eminente, pues se proclamaba maestro de la heterodoxia, como si en ésta pudiera caber el magisterio, y como si de magisterio pudiera presumirse, ya que un magisterio es un magis, pero no un heteron cualquiera entre otros muchos. Y eso sin dejar de reconocer que las ortodoxias mal fundadas valen tan poco como las heterodoxias infundadas, la una y la otra válidas ambas para los aficionados y las aficionadas a las peleas de gallos, que son la otra versión de la misma pasarela.

Si no estoy muy equivocado, y puede que lo esté, ya sea como ortodoxo o como heterodoxo, aunque los mejores sean los ortodoxos -como no puede ser de otro modo según lo dicho- su opinión correcta estará siempre más o menos marcada por el fierro de la docta ignorancia, eso que Luis Vives denominó tan precisamente ars nesciendi, arte de no saber, del no saber con verdadero arte, lo cual dista mucho del “arte de poder llegar a no tener razón”, meta de los hermeneutas frívolos, que no es ortodoxia ni heterodoxia, sino todo lo contrario y ambas a la vez.

[1] Atlantis Ediciones, Narrativa Books, Madrid, 2023.

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