Pertenezco a un selecto club de lectores exquisitos. Un club que increíblemente lee a Galdós en 2023, comenta acaloradamente “San Manuel Bueno, mártir”, habla con un nivel crítico elevado de la poesía de Houellebecq y que me ha hecho ir urgentemente a la librería en varias ocasiones, la última para comprarme “Guerra y Paz” de Tolstoi, cuyas 1840 páginas en edición de tapa dura ya me estoy metiendo entre pecho y espalda.
Este curioso círculo se llama Goodreads Club y, les soy sincero, desconozco como he entrado en el mismo, pero aquí me quedo. La lectura sigue siendo salvavidas aunque hayas aprendido a nadar. Si se acaba el mundo que me pille bailando, y si no, que sea leyendo.
Las tertulias literarias han existido desde tiempos inmemoriales, sin embargo comenzaron a popularizarse durante el Siglo de Oro. Démonos cuenta de que en aquella época funcionaban como una especie de academia de humanidades en la que, además de recomendar lecturas, se aprendía a escribir no solo literatura, sino letras con un sentido lógico y unitario. Estamos hablando de la época en la que el libro era un artículo de lujo, el manuscrito copiado corría de mano en mano aunque ya comenzaban a proliferar las primeras imprentas, y en realidad algunos libros clave de la historia de la literatura tardarían mucho tiempo en ser traducidos y aún más en ser impresos y conseguir ser leídos por el escaso porcentaje de la población instruida que sabía leer.
Más tarde fueron los nobles los que auspiciaban a los escritores en sus casas para que leyeran en público sus composiciones a la vez que mataban el hambre típico de todo escritor con las viandas que el anfitrión les iba ofreciendo. Arte por comida. Créanme que a día de hoy conozco de primera mano una de esas tertulias en la que, doy fe, entre té, pastas y mistelas, se disfruta también de la buena y grata compañía además de las extravagantes composiciones de algunos de sus miembros más echados para adelante.
En el romanticismo surgen los cafés literarios en España, que es hacia donde quiero virar. Aquí el vinazo barato, el cortado que dura toda una tarde y los sabañones son marca de la casa que no puede faltar en ninguna tertulia patria. En nuestra historia literaria hay lugares totémicos para todo escritor que se precie. La bohemia tiene el nombre de El Café del Gato Negro en la calle del Príncipe, el Café Lyon, el Español, el Roma o el Jorge Juan, y por supuesto, el Café Gijón cuya vida literaria tantas y tantas veces hemos leído o imaginado los aprendices de juntaletras de provincias como yo.
Precisamente en mi lluviosa ciudad del norte tuve la oportunidad de asistir a varias de estas tertulias. Hay una veterana y reconocida, muy venida a menos en los últimos tiempos, a la que asistí una vez. No les gustaban los que no teníamos pedigrí en su tribu. Eso se conseguía con los años, el callo y el peloteo al pope de turno. Luego encontré un cartel en un bar de copas pidiendo gente para colaborar en un fanzine. El fanzine tenía su propia tertulia y allí descubrí artefactos literarios fundamentales para ser quien soy hoy. Lem, Conrad, Capote, Chirbes, Dickinson, Pizarnik o Andreu. Situacionismo, futurismo, dadaísmo o punkbizarrismo astur. Todos estos autores y corientes salieron de aquella tertulia en la que cada uno de nosotros llevaba un libro para enseñar a los demás, para prestarlo o para regalarlo. Hice tribu y empecé a escribir. Conocí a mucha gente y sacamos unas joyitas numeradas a mano al precio de dos euros que nos costaba horrores vender, pero que siguen sorprendiéndome hoy, diez años después, por su calidad en cuanto a la forma pese a lo artesanal de todo su proceso. Un lustro antes había escrito también en otro fanzine con un presupuesto irrisorio –menos de diez euros por tirada—, y también tuve ocasión de practicar el dadá literario en una hoja parroquial, en una revista de cocina y en otra que se regalaba a los pacientes de un hospital privado; pura aleatoriedad: los comienzos nunca fueron fáciles.
Hablaba de las tertulias, y desde que la del fanzine acabó como el rosario de la aurora no había vuelto a sentir esa necesidad de leer algo y leerlo ya porque parece que soy el único ser humano que no lo había degustado todavía. En el Goodreads club estamos comentando ahora mismo sobre “Los detectives salvajes” y la obra en general de Bolaño, ese loco del pelo rizado que vendía souvenirs en una esquina de Blanes a la vez que creaba historias ambientadas en México puliendo su estética melancólica en cada línea. Alguien dice que es aburrido y difícil de seguir, yo afirmo que “2666” es una obra maestra, todo un tour de force solo apto para valientes, pero que su creación en general no me parece tan deslumbrante como a otra gente que lo idolatra en redes sociales a diario. Otro miembro habla de su conexión con Vila-Matas. Alguien más dice que qué se le recomendaría de este último y otra persona habla de “Doctor Pasavento”. Más y más recomendaciones, más y más libros para leer y tan poca vida, tan poco tiempo con el trabajo, los críos, el vermú de los sábados, la tarde de fútbol de los domingos…
Se me olvidaba comentarles. El Goodreads Club en realidad no existe como lugar, sino que es algo virtual. Se trata de un grupo de whatsapp al que fui invitado por haber entrado en otro grupo de guisos y frituras donde 186 participantes de los cuales solo conozco personalmente a uno de ellos mostramos nuestras proezas culinarias más o menos vistosas para la cámara. De ahí un día hablé de libros y entré en el Goodreads Club. 18 miembros, solo conozco el nombre de un par de ellos. Todos son números de teléfono y algún icono o nombre suelto. Mandamos fotos solo de páginas de libros, de portadas, de poemas. Enseñamos orgullosos nuestra caza mayor en las bibliotecas, librerías de viejo y rastros. Estoy leyendo más últimamente y creo que leo gracias a whatsapp. Intercambio conocimientos con desconocidos gracias a whatsapp, comparto lecturas gracias a whatsapp. Hablo de filosofía gracias a whatsapp. Aprendo gracias a whatsapp, entiendo a los que son capaces de enamorarse y de ver películas en pareja y en la distancia por whatsapp, —sí, eso me han dicho que sucede—, y es que, en definitiva, creo que si el fin del mundo llega y no me encuentra ni bailando ni con un libro en la mano, me pillará wasapeando y posiblemente conociendo nuevos productos culturales que de otra forma sería imposible que llegasen a mí. Los designios de la literatura son insondables. No demonicemos la tecnología si nos ayuda a transitarlos. Todo está en cómo se usa y en quien se usa. Leamos. Compartamos.