Un homiliario es un libro de homilías, y su autor se denomina homiliasta, homilista, u homeleta. En esto como en casi todo, una homilía es el sermonazo que me echan los que me molestan, pero no el que uno mismo echa a los demás con idéntico resultado. Sin embargo, la homilía pertenece al género parenético o exhortativo de tipo moral o religioso, y a veces ambas cosas al mismo tiempo, dada la relación íntima que en muchas ocasiones se da entre las convicciones éticas y las religiosas, se encuentren o no ellas enemistadas entre sí.
Las homilías son discursos de diverso calado y fuerza. Muchas veces quienes se suben al púlpito están vacíos de pálpito, y su presunta oratoria –sagrada o profana- es la de Fray Gerundio de Campazas, alias Zote, vana, banal, pesada, repetitiva, con hipérbaton o discurso demasiado largo, gritona, gesticulante, apocalíptica, tonitronante cual hijo de Zebedeo, con férula y látigo de dómine, causando la desbandada del personal, que se pregunta: “¿por qué nos culpa a quienes venimos, mientras los ausentes se van de rositas?”.
Tampoco faltan homiliastas del tipo omelette o tortilla francesa, blanda, suave, para convalecientes de hospital, alimento para enfermitos ya sin mordida, untuosas terapias que huelen a cerrado y a sacristía, como dijera Machado. Si la sal se vuelve sosa, no sirve más que para tirarla fuera y que la gente la pise. Unamuno lo sabía, y arrojaba puñados de sosa cáustica a los tibios para que despertasen. Homilía que no despierta, adormece.
Afortunadamente, otras muchas veces son también las homilías potentes piezas oratorias brillantes en la forma y hondas en el fondo, tan magistrales que pueden llevarnos a cambiar de vida y a tocar la gloria con los dedos, dando fuelle a los pulmones apagados.
Nadie podría negar que en todo convicto hay un apóstol, como el anarquista Fermín Salvoechea, “apóstol de Andalucía”, al martirio por la causa, aunque todo tiene un límite, el de la bomba, porque el terrorismo, religioso o antirreligioso, es una aberración. Indudablemente quien alberga convicciones y las profesa tiene derecho a poner en voz alta sus convicciones, e igualmente el deber de soportar las ajenas. Fuera de los no emotivos pasivos secundarios, todos manifestamos lo que somos o deseamos ser con mayor o menor capacidad de convicción y de profundidad y belleza.
Cicerón, un homilista excepcional, evitaba la macrología, esa exposición prolija e innecesaria que nunca ve el momento de terminar, pues resume lo resumido y vuelto a resumir, y por supuesto también huía de las perisologías del tipo “viva Pedro y no muera”, y de las perífrasis o circunloquios, así como de las catacresis o aplicaciones a una palabra de un sentido que no es el suyo. A determinadas gentes tan tiquismiquis como yo mismo se nos pone la mosca de la sospecha tras la oreja, pues no puede ser profundo lo que es feo, a mala forma malos contenidos. Un sermonazo mal preparado, improvisado superficial, me pone de los nervios.
De cualquier modo, todo esto depende bastante de los temperamentos y de los modos de ser, de la formación, del gusto por lo bien hecho, y sobre todo del respeto a la audiencia. Quien no sabe hablar debería callar, decía Wittgenstein. A mí personalmente me encantan quienes tajan la pluma y trinchan la perdiz sin marearla, como mi amigo Juan Luis Ruiz de la Peña, que fuera el mejor teólogo-escatólogo de nuestro país y tenía por norma escribirlas sin extenderse un minuto más de los siete, algo propio de los rétores clásicos, por su capacidad de armonizar belleza y profundidad. Lo bueno si breve dos veces bueno, lo malo si extenso dos veces malo. También me encantan la paronomasia, utilización de palabras de sonido muy parecido pero de significado diferente, lo cual puede resultar bastante lioso, dado mi defecto de no renunciar a una palabra bien dicha ni siquiera ante un público analfabeto, lo que me sitúa en la antítesis del “puesto que el vulgo es necio hablémosle en necio”. Pero necio es quien se acomoda a lo necio, como enseñó Unamuno.
Lo que no sin elipsis podría llamar “mi proceder homelético” no es el de acomodarme, sino el de dar coces contra el aguijón y resistir, aunque pierda las herraduras, algo a lo que denominaban los clásicos grecorromanos paremia. El libro de Aristóteles Perihermeneias, sobre cómo interpretar las interpretaciones, es un hermoso homiliario; cuando Aristóteles escribía sus perihermeneias mojaba la pluma con su inteligencia. Por comparación, cuán tristes son la anfibología, la ambigüedad: las homilías elegiacas, el treno que cierra con pretendidos broches de oro de algún epitafio sobre el sepulcro vacío. Cuando el contenido es malo de solemnidad, no hay épica, lírica, ni dramática que lo soporten. Los entimemas o silogismos imperfectos de los demagogos son las peores homilías.
Se qué por la boca muere el pez, y que quien censura -como acabo de hacerlo- las deficiencias ajenas queda obligado a evitarlas. Ojalá que mis homilías no sean más de lo mismo, aunque me conformo con que sirvan de isagogé o introducción a algo mejor. Espirse, hincharse, o envanecerse por el poder de la propia labia es de tontos. Se dice que Dídimo, gramático alejandrino (80 a.C, 10 p.C.) escribió unas 4000 obras, pero como parir tanto es inverosímil, cada una de ellas no pasaría de cuatro o cinco páginas. A decir verdad, la mayoría de los homilistas no pasamos de ser monos a una tarima encaramados, hacedores de epitalamios o poemas para quienes se casan y parten la tarta, copistas o bibliopolas cuando peroramos, o escribas cuando escribimos.
A san Agustín se le protestaba cuando sus homilías duraban menos de dos horas, y no pocas fieles iban preparadas con su silla con orinal incluido por si tenían la fortuna de que el sermón durase hasta seis horas. Fidel Castro agarraba el hilo de sus barbudas peroratas y enardecía a sus fieles. A quienes hay que temer es a los que comienzan con un “seré breve”, pues ganas dan de gritarles: “¡A ver si es verdad, recuerde mirar de vez en cuando al reloj de la pared!”. Con el curso del tiempo he comprobado que alegra ver finalizar al orador a la hora en punto, ni un minuto más, esté como esté el sermón. Basta con decir: “Les prometí una hora, y no habiendo sabido ser más exacto, dejo a ustedes la alegría de terminarlo”. Créanme, siempre lo hago para satisfacción de todos, pues quien en una hora no ha sabido sino arrancar a duras penas el motor no merece hacer perder más tiempo a sus víctimas.