www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Dahl vuelve a tener hype

domingo 26 de febrero de 2023, 19:18h

Crecí con Roald Dahl considerándolo como un autor travieso y subversivo e incluso un poco gamberro. En BOY (Relatos de infancia) leí por primera vez en mi vida la palabra “pedo” escrita en un libro, y disfruté mucho a la vez que me sentí reconfortado por ver que su colegio, una estricta y represiva escuela británica, era aún peor que el mío. Consideré a ese señor muy alto y calvo como un compañero de clase y de penurias coercitivas al que al final todo lo había salido bien y que además emanaba un profundo y contagioso amor por la literatura. Quise ser como él a pesar de que en esta obra hay maltrato físico y psíquico repleto de crueldad. En su biografía de infancia Dahl se muestra como víctima y confiesa años después de su publicación que él mismo mutiló este libro con sus recuerdos más traumáticos para poder ofrecer un texto que también pudieran leer niños y adolescentes. Una historia más amigable.

Luego descubrí El Superzorro, el cual se convirtió en uno de los cuentos que más veces he releído, recomendado y regalado. Es cierto que además de divertirme me hizo tener el debate moral acerca de si es bueno o no robar dependiendo de un fin más o menos noble. El zorro, es decir, el raposo, en mi tierra era el que atacaba a las gallinas, el que cruzaba la carretera de noche cuando nos acercábamos a casa, uno de los causantes de males y miedos de mi infancia; sin embargo en esta historia era un buen marido y padre de familia, mientras que los granjeros, aquellos que podían ser mis propios vecinos, eran los malos. Aún recuerdo sus nombres: Bufón, Buñuelo y Benito, y yo con nueve o diez años ya descolocado por culpa de un libro.

Y luego leí James y el melocotón gigante, Danny el campeón del mundo, Matilda, Las Brujas…. También Volando solo, la continuación de BOY, otro libro que me marcó y que aún conservo en su edición de Círculo de Lectores por ser un regalo de mi abuela y por haberme acercado por primera vez a una guerra que encara con optimismo y buen humor a pesar de los horrores que está viviendo con numerosas bajas entre sus jóvenes compañeros de la RAF. Pienso ahora que Dahl se autocensuró, pues es un relato dulce dentro del caos que toda guerra conlleva.

Charlie y la fábrica de chocolate tiene para mí la épica de ser un libro expuesto tras una vidriera de cristal cerrada con llave. Preciosa, bien surtida y apetitosa, pero para disfrutar tan solo contemplándola como si fuera una mariposa expuesta en una vitrina, tan muerta y a la vez con tanta viveza en sus colores. Cuando el cura decidió prestármelo abrió otro nuevo universo ante mis ojos. Aquello era pura magia y Dahl era un hechicero que podía hacerse conmigo cuando y como quisiera con sus páginas llenas de gamberradas, de niños orondos que se ahogan en ríos de chocolate espeso, y niñas repelentes que son lanzadas a la basura por ardillas a la vez que en la monotonía de lluvia tras los cristales de aquel enorme y frío colegio en las tardes nos aburrían con insulsas letanías decimonónicas y canciones de misa preconciliares.

Por supuesto que seguí leyendo a Dahl. Sin duda me sorprendí muchísimo al verle yéndose a ese cobertizo ínfimo que tenía en el jardín donde escribía sobre una especie de tabla sentado en su sillón orejero. El escribía auténticas obras maestras en ese cuchitril, y yo que lo tengo todo, —silla ergonómica, procesador de textos, nube para guardar archivos, flexo led, Spotify Premium para ambientar y cientos de diccionarios en línea— le doy la razón a Da Vinci cuando afirmaba que “las pequeñas habitaciones y refugios disciplinan la mente, mientras las grandes la debilitan”. Veo a menudo y con admiración un vídeo que hay en YouTube de Dahl preparando su santuario y ahí sí me siento un procastinador nato comparado con un gran maestro como él.

Y sí, es cierto que Dahl ha hecho grotescos comentarios antisemitas, y en 2020 su familia, la misma que ahora admite que su obra se mutile, pidió perdón con la boca pequeña quizás por miedo a que el autor y toda su obra —y el legado económico que va con ella—, sean cancelados, pero esto va más allá. Conocemos decenas de artistas metepatas, deplorables como personas. Todos los humanos tenemos aristas y navegamos en contradicciones capaces de hacer que escribamos los versos más bellos y a la vez cometamos acciones execrables; sin embargo creo que en este caso el trasfondo va más allá de las palabras y de la persona y la clave parece estar en que Dahl ya no interesa a los más jóvenes. En su descargo he de decir que en sus obras también se destila antibelicismo, feminismo e irreverencia además de un elogio a la inteligencia, a la resolución de problemas, a la generosidad, a la igualdad entre personas sean quienes sean, etcétera…

Sin embargo este tipo de literatura parece no interesar entre los más jóvenes hoy en día. La rebeldía ahora es un capítulo de Élite y los niños duermen viendo en las televisiones de sus casas productos como La que se avecina o ese reality en el que en una isla todo el mundo pone los cuernos a todo el mundo, —permítanme que no pierda mi tiempo buscando el nombre del susodicho programa—. Así alimentamos a nuestros jóvenes intelectualmente. Quitémonos la venda de una vez y sintámonos culpables en parte de ello. A pesar de sus trescientos millones de libros vendidos Dahl siempre fue repudiado y criticado por sus libros; esta nueva oleada no es nada nuevo sino un nuevo hype para que hablemos de lo mismo como si nos sonase a nuevo, ya que al final parece que se mantendrán los textos originales en todos los idiomas pero se harán unas nuevas versiones adaptadas para aquellos que, como dice Irene Vallejo en su fragmento viral de esta semana de El infinito en un junco, quieran salvar a los más jóvenes de las malas ideas haciéndoles así incapaces de reconocerlas hasta que tarde o temprano tengan noticias de ellas. Censuramos por un lado y dejamos hacer por otro. Estos son tiempos contradictorios. Posmodernidad líquida. Lo que antes parecía estable ahora se sostiene a duras penas sobre un cieno cada vez menos espeso.

La literatura tiene la misión de entretener, instruir, ayudar a imaginar y también de incomodar. Mi maestro y maestro de muchos en el arte de difundir literatura, Juan José Lage, lo plantea muy bien con una pregunta en el aire en su última columna para La Nueva España: ¿se trata de preservar el idílico paraíso de la infancia o darles a conocer tempranamente los problemas del mundo y prevenirlos?, y culmina con una cita de Rafael Sánchez Ferlosio al enterarse de que el Pinocho de Collodi iba a ser manipulado para rebajar sus partes más violentas: “La novela moral es literariamente inmoral en la medida en que la intención bastarda se interfiere con la intención legítima; esto es, en la medida en que para servir a la ejemplaridad siempre se manipulan, quiérase o no, de uno u otro modo, los acontecimientos.”

Soto Ivars dice en su columna de El Confidencial que esta vez se ha hecho caso al clamor popular porque hemos levantado la voz y colocado la palabra “idiota” donde corresponde. El caso es que Dahl lleva treinta y dos años fallecido y están corriendo ríos de tinta sobre su obra ya reeditada docenas de veces y que se ha llegado a vender a dos libros un euro en una librería de viejo de mi ciudad. Volvemos a hablar de Dahl. Vuelve a estar en los escaparates de las librerías. Se ha reeditado otra vez más y encima sale con una nueva versión “no ofensiva” ideal para seguir sentando las bases de una generación de cristal que parece sentirse a gusto cerrando los ojos ante la realidad del mundo que le rodea mientras que otros ojos, —-piensen a ver los de quien o quienes— se iluminan con toda esta polémica con el símbolo del dólar, del euro o de la libra, o de todos a la vez, no me queda claro. Quizás lo que mejor resuma todo este embrollo sea aquella pintada mágica y definitoria de una pared de Alcalá de Guadaira que decía aquello de “Emosido engañado”.

Denle una vuelta, a ver si son tan mal pensados como yo.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (7)    No(0)

+
0 comentarios